lunes, 20 de octubre de 2008

True Blood, Piloto

Se puede decir que True Blood es transgresora...


...pero no del modo en que me gustaría que lo fuera.

domingo, 19 de octubre de 2008

Dos decepciones y dos títulos horrendos

Ya ni de los grandes te puedes fiar. Después de un añito bastante triste de cine, solo se salva de la quema el extraordinario El Caballero Oscuro y la sorprendente Escondidos en Brujas, llega otoño y a estas alturas ya suelen pasearse por la cartelera películas brillantes para hacer más llevadero el frío y tener un lugar donde resguardecernos de la lluvia. Pero en vista de que los nuevos talentos se hacen esperar, pues cogemos con más ganas si cabe los estrenos de los grandes, esos cineastas que no saben lo que es fallar, que nunca decepcionan. Estoy hablando de gente como Woody Allen o los hermanos Coen. Pues resulta que ya ni en los clásicos puede confiar uno.



Vicky Cristina Barcelona -¿pero qué clase de título es este?-


Me apunto en tareas pendientes hacer una entrada con los peores títulos de películas de la historia del celuloide (lista encabezada por el indiscutible El inglés que subió una colina pero bajó una montaña) y la cinta ésta, o postal, o lo que sea que ha hecho Woody Allen en su Vicky Cristina Barcelona tiene por méritos propios que formar parte de esa entrada. Lo mejor: Penélope se merienda al resto del reparto y sus discusiones en español con Bardem son de reírse a carcajadas, pero no por el ingenio sino por la frescura. Lo peor: Es la primera película de Woody Allen desde Annie Hall que no parece de Woody, con todo lo que eso significa. Una película construida a base de tópicos y clichés.



Burn after reading -¿se puede ser tan idiota?-

Durante un par de décadas los hermanos Coen han conseguido algo realmente admirable: que me tome igual de en serio sus dramas que sus comedias. Pero se han confiado demasiado... Los ramalazos cómicos de Barton Fink, Fargo o El Gran Lebowski arrojan tal inteligencia, brillantez y sofisticación que dejan a Burn After Reading (no por traducirlo va a tener más sentido) en pañales. Hasta ahora los personajes de los Coen podían ser torpes, tercos o cabezotas, siempre tiernos, pero nunca subnormales. Hasta ahora los personajes de los Coen eran gente corriente haciendo idioteces, pero en su nuevo film los personajes son idiotas integrales haciendo idioteces -grave error-. Lo mejor: La pareja Malkovich-Tilda Swinton. Lo peor: Los sobreactuados personajes de Clooney, Brad Pitt y Frances McDormand (que suele ser estupenda).



¡Cuidado que no digo que sean malas películas! Es más si se ven con una cierta perspectiva ambas ofrecen un complejo entramado de personajes y personalidades que bien reflejan el amor y la estupidez, respectivamente. Pero digo yo que a señores como los Coen y Allen siempre hay que pedirles algo mejor. Y más cuando estamos sumidos en esta asquerosa mediocridad.

domingo, 12 de octubre de 2008

It´s DEXTER Time (IV)

"Soy uno de ellos (...) en sus sueños mas profundos"



Fíjense que a mi me gusta definir la narración cinematográfica como la suma de ritmo y tensión. Y como no soy ni un académico ni nada por el estilo tomaré prestadas las a su vez definiciones de ambas variables. El ritmo es un flujo de movimiento controlado o medido, sonoro o visual, generalmente producido por una ordenación de elementos diferentes del medio en cuestión. Y la tensión es toda demanda física o psicológica fuera de lo habitual y bajo presión que se le haga al organismo, provocándole un estado ansioso. Quizá influyan otros factores, pero si un guionista (o realizador, o montador, o como le quieran llamar) domina éstos dos su obra tendrá garantizada una cuota de éxito de forma irresistible.

Cuando me toca hablar de Dexter no puedo evitar pensar que además de una actuación -la de Michael C. Hall- de sombrerazo, para arrodillarse, besar por donde pise, y santiguarse hasta tres o cuatro veces; además de una elegante dirección -la de Michael Cuesta-; además de una brillante novela -la de Jeff Lindsay- en la que se basa; no puedo evitar pensar que además de todo eso, la primera temporada de Dexter alcanza la máxima calificación en cuanto a ritmo y tensión se refiere. ¿Las consecuencias? Tu culo en el sofá, tus uñas en la boca, tus babas en el babero, tus tripas pidiendo un respiro, y ese alivio que comienza por la cabeza y te sale por los pies convertido en gozo cada vez que una temporada echa el cierre. Éso es a lo que yo llamo una narración vertiginosa, vibrante, feroz y cruelmente entretenida. Y todo lo dicho sobre la primera temporada vale para la segunda que, sorprendentemente es tan buena o más si cabe que la primera.
La serie ha sido censurada en algunos países y directamente prohibida en otros por miedo a que su carismático personaje principal cale hondo en la mente de algún descerebrado y tienda a imitarle cometiendo sus fechorías (no olvidemos que un simpático descuartizador sigue siendo un asesino). Pero yo estoy entre los que prefieren encontrar en su poderoso mensaje una alegoría, varios siglos después, la de un ser supremo -como dios- que es capaz de dar vida y también quitarla, que puede juzgar por encima del Bien y del Mal, así en mayúsculas. Porque ante todo Dexter saca a relucir una moral sofisticada, con capacidad para (auto)cuestionarse absolutamente todo, y para evolucionar con respecto al tiempo en tres fases bien diferenciadas: infancia (se rige por un código preconcebido), adolescencia (invadido por las dudas) y madurez (aceptación de sí mismo). Me hace gracia los que llaman a psicópata a Dexter. A mí me parece el tipo más lúcido que he conocido en mucho, pero mucho, tiempo.

Altamente recomendable. Resumiendo: una sinfonía sutil y diabólica de la sangre. Siempre fresca. Siempre excitante.