martes, 25 de noviembre de 2008

My Blueberry Nights (2007)

El nuevo (y elegante) punto de partida de Wong Kar-Wai


Gracias a madre-internet (bendita) y sus famosas descargas ilegales podemos disfrutar de la última película de Wong Kar-Wai, porque un error mayúsculo de distribución o de programación o de quien sea, nos ha privado de ver un film con un reparto muy atractivo y dirigido por un señor que ya se ha convertido en piedra de culto del cine oriental. Pero ahí no acaba la cosa, My Blueberry Nights aún no tiene fecha determinada de estreno, lo que significa que -suponiendo que pase por cartelera- llegará a las salas españolas dos años después de su estreno en EEUU, como si se tratase de un país tercermundista. Pero por supuesto el coste de la entrada se mantendrá inamovible. Una vergüenza.

Pues la última película de Wong Kar-Wai, nostálgica y melancólica, es también su primera incursión en el cine americano. El director chino es un referente por su estilo visual marca de la casa con techo en la espléndida dilogía -no sé si se dice así- formada por In the mood for love y 2046. Aunque My Blueberry Nights queda lejos de la maestría de las ya citadas, es ésta una incursión elegante, como no podía ser de otro modo en el cine de Kar-Wai, en un nuevo abanico de posibilidades, el panorama de Hollywood acoge con los brazos abiertos las cadencias exóticas, los ritmos melódicos con los que lleva deleitándonos más de una década.

Aquí el director de Happy Together utiliza un particular póker de actores, cuatro caras reconocibles, y pone a debutar a una sorprendente Norah Jones sólo superada por dos de esos rostros que no se olvidan fácilmente: Rachel Weisz y Natalie Portman. La primera (futura chica Amenábar) es cuestión de gustos, aunque su duelo de miradas y su historia de des-amor con David Strathairn sea lo mejor de la película. La segunda (confirmada su presencia en la próxima de Jim Sheridan) es inapelable, indiscutible. Portman es toda una diva generacional.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Gomorra (2008)

La ley del más débil


Dicen los entendidos (yo ni lo soy, ni me gustaría serlo) en este mundillo de la corrupción y de las mafias que no hay en ellas ni rastro del glamour y la elegancia que nos mostraban las magistrales películas de Coppola y Scorsese, y sí mucha de la sucia y maleante realidad-estercolero que ofrece Roberto Saviano en su novela Gomorra, aquí adaptada al cine. No es un film espéctaculo, en Gomorra hay que entrar con paciencia, con la predisposición de dejarse acongojar por las imágenes cercanas al neorrealismo italiano de Rossellini o Luchino Visconti.

Los tres estamentos de la mafia: sangre, dinero y poder, quedan emparentados en los relatos que se cruzan (no de manera forzada), hacen que sea inútil intentar condensarlos en una sinopsis. No hay historia en Gomorra, todo lo que tenemos son las devastadoras imágenes de la cruel ley callejera, lejos de los despachos. Con el estilo inconfundible del cine de Meirelles a medio camino entre Ciudad de Dios y El jardinero fiel, más cercano al didactismo del documental que al entretenimiento del thriller, con una impactante ejecución de escenas, pero sin embargo nunca cine hipnótico en el que poder sumergirse.

Puede que todo lo que nos narra el director Matteo Garrone sea cierto, puede que nos muestre un fiel reflejo de aquello que ocurre en el "sistema" de la Camorra, pero uno sale del cine con una pregunta que deja un sabor bastante agrio: ¿realmente me interesa lo que me están contando? Pues entonces poco importa la verdad. Aunque sea así de triste.


lunes, 10 de noviembre de 2008

Caperucito Obama

Caperucito Obama, la loba Palin, la abuelita y el cazador McCain


A pocos días de presenciar un acontecimiento de relevancia histórica, el alzamiento de Barack Obama como presidente de los EEUU, o lo que es lo mismo, un hombre negro al frente de la mayor potencia mundial, quedará en el tiempo del mismo modo que el último de los evangelistas, el primero de los faraones, el marinero que no creyó que la Tierra fuera plana, o el hombre que puso un pie en la Luna.

América, que en los últimos años no ha hecho sino reforzar la imagen que tiene de sí misma como la tierra de las oportunidades –ya lo decía Rocky– no ha dudado en ofrecer a una mujer, Hillary Clinton, la posibilidad de ser la candidata demócrata para las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos del 2008. De hecho, la esposa del ex-presidente Clinton era favorita hasta la caída en tromba de B. Obama, que dividió al partido demócrata, y aquello se transformó en una carrera de fondo entre una mujer blanca y un hombre negro por convertirse en el ¿hombre? más poderoso del mundo y mudarse a La Casa ¿Blanca?(hay veces que el lenguaje nos juega una mala pasada). Todo suena paradójico... y cruel. El caso es que en esa carrera a fondo, Obama acabó sacándole dos cuerpos de ventaja a Hillary y el resto es historia.


¿Los motivos? No cuestiono la capacidad de Obama como buen político y orador, pero es indudable que los motivos de su repentino éxito se deben a algo más que a lo estrictamente ideológico. Es su frescura, es su imagen –en parte también idealizada–, la imagen del cambio, the change que él mismo pronuncia y que se ha convertido en uno de sus lemas de campaña. O ese otro Yes, We Can que nos recuerda que Obama tiene mucho de predicador cristiano y tiene un éxito enorme en su parroquia. Porque Obama se confiesa creyente en Dios. No creo que los estadounidenses tengan problema alguno en optar por un presidente negro para su país, Morgan Freeman (y Denzel Washington, y Sydney Poitier..., y demás precedentes cinematográficos) tiene mucho que decir al respecto.

Y si esta historia ya tenía tintes de película de Hollywood, y de cuento de hadas con Obama disfrazado de Caperucita con la cesta bien cargada de una participación que podría ser histórica y que jamás llegará a manos de su abuela fallecida una semana antes; llega Sarah Palin como el aguerrido lobo que sopla para defender la casita de McCain. Para colmo alguien dice aquello de que hace unos cuantos años, cuando Barack Obama todavía era un niño que iba a la escuela primaria, le preguntaron qué le gustaría ser de mayor. Presidente de los Estados Unidos contestó el pequeño Barack. El resto es Historia. Así, en mayúsculas.