viernes, 27 de febrero de 2009

The Wrestler (2008)

Cicatrices del tiempo


"¿Qué ocurre cuando se apagan las luces del escenario, cuando los fans dejan de aclamar a sus ídolos, cuando todo el mundo vuelve a sus casas y la magia del espectáculo enmudece? Entonces volvemos a la realidad, abandonamos la catarsis que nos evade de nuestras vidas cotidianas y las estrellas se despojan de sus disfraces y ornamentos, convirtiéndose en personas de carne y hueso, con sus alegrías y sus penas, como cualquiera de nosotros. Y muchos son los astros apagados, sepultados bajo el peso de la edad o las consecuencias físicas y psicológicas de décadas de entrega a una jauría humana que siempre pide más." (José Arce: La Butaca)

Evidentemente este fragmento no es mío, pertenece a la crítica The Wrestler: La tragedia del Ave Fénix que realiza José Arce en LaButaca.net, y lo he escogido porque no hay mejor manera de describir el argumento de la cuarta película de Darren Aronofsky, y de muchas otras -lo que la hace tan convencional- que retratan el descenso y/o resurrección de idolatrados mitos escénicos. Aronofsky (patinó en Réquiem por un sueño, se lució en La fuente de la vida) rinde aquí su difícil carácter al del luchador hastiado Randy Robinson, arrancando desde su espalda en la travesía por el dolor y la soledad de un tierno Mickey Rourke de rostro desfigurado por las peleas del tiempo.

Un engranaje argumental convencional que ya hemos visto muchas veces (sin ir más lejos, el primer Rocky) esconde un tratamiento rudo y resignado del héroe. El final no es lacrimógeno, no hay resurrección, ni redención posible. Es un salto para abrazar el dolor físico como el único posible. Aunque no sea éste el que más duele.


lunes, 16 de febrero de 2009

Slumdog Millionaire (2008)

Grata y colorida aproximación a Bollywood

A sus 18 años, Jamal se ha convertido en uno de los concursantes más jóvenes de la versión india de "¿Quién quiere ser millonario?". El chico, un huérfano de los suburbios de Bombay, va contestando correctamente a las preguntas para sorpresa de todos, incluido el presentador, que está seguro de que hace trampas. Cuando está a punto de ganar los 20 millones de rupias, Jamal es detenido e interrogado. La policía quiere descubrir por qué sabe tanto, pero para ello hay que oír su curiosa historia.

Hay una cosa que hace diferente a Slumdog Millionaire de la media de películas que se estrenaron este año, esa cosa que hace de lo lejano -el exotismo de la India- algo cercano, gracias al concurso televisivo que nos es de una cotidianeidad inusitada. Es el montaje. Y su frescura no se agota hasta el final del metraje. Que sus imágenes se colarán entre las mejores del año no cabe duda, pero a esta grata sorpresa se le quedarían grandes los Oscar (sería una injusticia ver a Danny Boyle arrebatándole la estatuilla a David Fincher).

También hay escondida una historia de amor en la que no profundiza porque Slumdog Millionaire no es un romance propiamente dicho, sino un cruel drama. Esta es una película que nos cuenta lo que ocurre cuando la suerte se cruza con el destino, y todas esas pequeñas cosas que arrastramos para alcanzar ese momento. Me viene a la cabeza ahora mismo una pregunta que cuanto menos inquieta. ¿Hasta qué punto podemos confundir la suerte con el destino?

Lo mejor: una brillante y vibrante primera hora. Lo peor: El bailecito bochornoso made in Bollywood con el que nos despide. La última película del director de Trainspotting es una cinta vistosa, original (pero ésto me temo que es mérito del libro en el que está basada), que se ve con agrado, pero es moda pasajera. Hay que ver Slumdog Millionaire aunque sólo sea para presenciar como una película rara y modesta fulmina sus aspiraciones y se convierte en la revelación del año.

martes, 10 de febrero de 2009

El curioso caso de Benjamin Button (2008)

Esplendor y ocaso



Y cayó. La tercera obra perfecta (por esquivar aquello de maestra) de David Fincher es la menos contundente de las tres, aunque la más autoconsciente de serlo. Brad Pitt y Cate Blanchett son algo más que caras bonitas, ponen rostro a una espléndida fábula (mismo calificativo merece el libreto de Eric Roth) sobre el paso del tiempo. Nada perturba en Benjamin Button.

Durante su primera mitad todo es alarde de técnica y perfecto acabado visual. Pero es en la segunda mitad donde, ya asumido el lujurioso diseño de producción y coincidiendo con el esplendor de los cuerpos, la película verdaderamente se vuelve conmoción. De ahí en adelante el relato es una constante batalla a contrarreloj que acaba donde suelen empezar todas los demás relatos.

Qué importa entonces si el complejo entramado de narraciones superpuestas o Fincher creyéndose Jean-Pierre Jeunet con un preciosista anhelo por el detalle funcionan como lastre. No puedo buscarle los defectos a una película que tanto regala, que no se agota en el intento de ser cada plano mejor que el anterior. 

Muchas son las secuencias memorables y las imágenes para el recuerdo. Benjamin conoce a Daisy, él es viejo, ella, una niña. Benjamin sabe que es especial pero no comprende si es virtud o defecto. Una madrugada en un hotel. Un atardecer. Una bailarina que se desliza bajo la luz de la luna. Alguien atropella a otro alguien. Benjamin aguarda impaciente y asustado, mientras Daisy da a luz entre gritos. Benjamin se disculpa por todas las cosas que le hubiese gustado hacer con su hija, y no pudo. Daisy recuerda que hay cosas que sí permanecen en el tiempo, que son para siempre. Ya sólo queda poner el lazo. Pero eso ya lo descubrirán ustedes.

Partiendo de la base de que Benjamin Button tiene sus limitaciones como cine comercial -al igual que cualquier película las tiene- y sin embargo dentro de sus propias limitaciones se exprime al máximo y el resultado es extraordinario.


No es el mejor film del -llamémosle así- excelente David Fincher, aunque sí es su obra más popular y asequible, una éxitosa (y redonda) incursión en el mainstream, transformando la fantasía en épica crepuscular -con repertorio de atardeceres incluido-, su visionado es imprescindible e inolvidable.

La película se mueve entre dudas y nos abandona con una certeza. Entre todos podemos hacer que Benjamin Button transcienda su tiempo y perdure en la memoria como el clásico que merece ser.


domingo, 8 de febrero de 2009

Lo mejor del 2007

10.- Los Cronocrímenes (Nacho Vigalondo)

Tarde o temprano la momia rosa, Vigalondo y su máquina del tiempo pasarán a la Historia del Cine Español.

9.- Michael Clayton (Tony Gilroy)



Toda una sorpresa, un thriller oscuro, complejo y difícil de digerir, nunca convencional. Michael Clayton merece cada una de las nominaciones a los Oscar que se ha llevado, por su terriblemente creíble atmósfera, que te absorve, en parte gracias a la labor de sus espléndidos actores, todos en el mejor momento de su carrera.

9.- Juno (Jason Reitman)

Cronenberg va a más. Lo mejor: Viggo Mortensen, y la secuencia de los baños termales. O las dos cosas juntas.

8.- REC (Jaume Balagueró)

Elaborado ejercicio de montaje cargado de perspectivas radicales y unas potentes interpretaciones masculinas. (...) Un monstruo escénico aguarda dentro de Philip Seymour Hoffman.

7.- Zodiac (David Fincher)


Fincher no da lugar a la improvisación con su milimétrica planificación al detalle, tan minucioso en la exposición cronológica de los hechos y las fechas como respetuoso con el material que se trae entre manos. (...) No se puede negar la valentía de Fincher para enfrentarse a los detractores que lo acusaban de ultramoderno y efecticista.

 
6.- Death Proof (Quentin Tarantino)



5.- Viaje a Darjeeling (Wes Anderson)



El cuidado de las formas, la búsqueda de pequeños placeres y la renuncia a los ideales (...) cuando las imágenes se funden en una prodigiosa banda sonora, en Darjeeling, allá donde la congoja se transforma en gozo.

4.- Expiación (Joe Wright)

Con una primera hora sobresaliente, la segunda no pierde en ningún momento el entusiasmo y mantiene vivo el interés. Si el rostro de Keira es poesía, el de McAvoy es todo un poema. Ambos son dignos de expiación.

3.- No Country for Old Men (Joel Coen, Ethan Coen)

Toda la película funciona como manual de ética del Western, con sus reflexiones (nunca discursivas) sobre la moralidad de los hombres buenos, ambiciosos, de los hombres cuerdos, y los hombres viejos. (...) Horas después de su visionado resuenan los ecos de una película perfecta.

2.- Ratatouille (Brad Bird)

Original, divertida, impecable. Ratatouille nace del gozo del cine bien entendido, del vanguardismo a partir del retorno al clasicismo del Disney de los años 40 y 50.

1.- There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson)


Su grandiosidad formal, la impecable puesta en escena y su narración como alegoría de las inquietudes del hombre (y de la propia historia de América), la convierten en una película destinada a estudiarse en las academias de cine dentro de 10, 20 o quizás 50 años. (...) Inconmensurable Daniel Day-Lewis.

domingo, 1 de febrero de 2009

Revolutionary Road (2008)

Entre esas cuatro paredes



En los años cincuenta, Frank (Leonardo DiCaprio) y April (Kate Winslet) son una joven pareja que vive en los suburbios de Connecticut. Su vida, aparentemente feliz para muchos otros, tras casarse y tener dos hijos, se encuentran ante la disyuntiva de luchar por sus verdaderos deseos o conformarse con su estado actual, una vida donde ambos se sienten mediocres, del montón, precisamente ellos que siempre se vieron a sí mismos como especiales, diferentes, preparados para alcanzar los sueños y lograr altos ideales.

Se ha convertido en costumbre. Una película ninguneada por los Oscar tiene un porcentaje alto de ser valiente, arriesgada e incluso sensacional. Desde que se repartieron las nominaciones a los famosísimos premios de la Academia americana supe que Revolutionary Road no era el vehículo hacia el formalismo que nos vendían algunos críticos estadounidenses. Por supuesto que no es la mejor de Mendes (cualquier película comparada con American Beauty sale perdiendo) y le falta perversión para llegar a la cima, le falta agresividad para ser excelente. Pero confirma a Mendes como uno de los mejores en su oficio con un encomiable trabajo de puesta en escena. La ardua tarea de adaptar una obra teatral en cine exige lo mejor de Mendes y de sus actores, y la entrega de éstos es la que hace posible Revolutionary Road.

La estructura dramática está construida de una manera cíclica, de modo que los primeros diez minutos, es decir todo aquello que va antes del rótulo con el propio título de la obra, funcionan como la condensación de todo lo que sucederá en el resto del film. La cámara busca a los protagonistas entre una multitud de gente, y cuando los tiene fijados, se va acercando a ellos. En ese momento se conocen Frank y April, son los años cincuenta, y ella dice querer ser actriz. Elipsis temporal. Se baja el telón. Ella se refleja en un espejo. Llega la discusión en el coche. Están representando un papel en lugar de vivir sus vidas. Esas vidas que llevan no son más que el reflejo de lo que habían imaginado. Estalla la primera decepción. Ahora sí, vemos blanco sobre negro el nombre de una calle de un suburbio residencial de Connecticut. Y todo lo que después viene es el recorrido de la espiral que ya se ha abierto.



Venga, vale, al toro. Cuanto antes mejor. A poco que me conozcan ya sabrán que esto me duele a mí más que a nadie. Me vais a obligar a admitirlo. Lo voy a decir. Leonardo DiCaprio es lo mejor de la película. Ya lo he soltado. Y Kate Winslet hace lo que puede (que es mucho) para seguirle. DiCaprio en el mejor momento de su carrera, con un par de escenas de emoción contenida y aguantando el tipo en el resto. Está estupendo. Esas dos escenas de las que les hablo justifican la película entera. La primera, después de la infidelidad de Frank, llegar a casa y descubrir que allí esperan su mujer y sus hijos (que se evaporan durante el resto de la película) es el comienzo de su suplicio, ahí se da cuenta de que todo está perdido y tiene que empezar de nuevo. La otra, la más discutida, es el punto de no retroceso, no es posible empezar de cero y Frank y April lo saben, aún así se regalan un fabuloso, amable y tierno desayuno. Despedida.

Hace no mucho leí sobre cuánto le gustan al director Sam Mendes las ventanas. Pues su último trabajo es una de esas películas en las que (parece) nada pasa, nada sucede, la narración no avanza, donde las escenas se encadenan, se superponen unas sobre otras. Y sin embargo no nos importaría quedarnos a vivir entre esas cuatro paredes, y ver las cosas -que sí nos suceden- a través de la ventana de Mendes. Lúcida y transparente. ¿No es eso el cine?