viernes, 28 de agosto de 2009

Antichrist (2009)

Ojos completamente abiertos



No he sentido hasta este momento la necesidad de defender al cineasta danés Lars von Trier calificado como el enfant terrible del cine europeo, principalmente porque sus películas, sin llegar a ser mala ninguna de ellas, siempre me han resultado de lo más cargante y capcioso. Pero me sorprendo al encontrar en Antichrist el trabajo más sincero y feroz de su autor y lo que ocurre es que se escuchan más abucheos que aplausos. Estas son mis 10 razones por las que (re) considerar Antichrist como una película descomunal:

1.- Por la brillante y muy acertada dirección de Lars von Trier, que abandona con todas sus consecuencias el Dogma 95. Se acabó el experimento, no hay rastro alguno de ese voto de castidad, y por fin el genial (y difícil) talento de Von Trier abraza la excelencia técnica. Conserva sus rasgos habituales de puesta en escena pero demuestra una sabia evolución. Incluso se permite un par de lujos: prólogo y epílogo están en las antípodas de la concepción puritana que el director danés tenía de su cine.

2.- Por su guión inteligente e inquietante que indaga en las relaciones de una pareja, en su descenso a los infiernos, en su sentimiento de culpa y en un complejo abanico del dolor. Según va descubriendo sus cartas se vuelve más y más turbio.

3.- Por el siempre notable Willen Dafoe, que se compenetra (literalmente) a la perfección con su partenaire.

4.- Por el impresionante trabajo de Charlotte Gainsbourg, en la transformación femenina más desgarradora que recuerdo. Fue premiada en Cannes pero nos quedamos con la sensación de que no habrá premio que haga justicia a su interpretación.

5.- Por la intensidad del drama que se levanta sobre ese tour de force interpretativo tan contundente como excepcional.

6.- Por la manera en que el director danés consigue lo imposible: -permítanme decir algo que probablemente no compartirán conmigo- dotar de elegancia hasta aquello que bordea lo grotesco u obsceno. Posee tres momentos (especialmente uno de ellos, una mutilación genital en primer plano) realmente duros, todos ellos tienen lugar en el tercer acto del film, por lo que no es un cine apto para cualquier tipo de sensibilidad, o mejor dicho, para cualquier tipo de estómago. Pero hasta ese tercer acto (y para el que esto firma el metraje al completo) estamos ante un cine de una intensidad impecable.

7.- Por el perfecto diseño de sonido, con un efecto lluvia de bellotas asombroso. Y porque von Trier utiliza los ruidos sonoros del mismo modo que lo hace Lynch, para crear presencias que no pueden verse.

8.- Por la atmósfera terrorífica que consigue el director de fotografía y su contraste con un film de género anti-terrorífico. Esa niebla tarkovskiana en el bosque que se cuela por las rendijas de la cabaña.

9.- Por contradecir a todos aquellos que la consideran una película de mente perversa y enfermiza, cuando es uno de sus personajes (y no su autor) el trastornado; o a aquellos que dicen mentiras tan estúpidas como que es una cinta pornográfica o gore.

10.- Por ser una experiencia inolvidable, no desagradable, sino plenamente gratificante. Y porque para bien o para mal es una experiencia que acaba invadida por el delirio.


Por todo eso, en una sola palabra, y teniendo en cuenta la naturalidad con la que esquiva la mediocridad, el resultado es descomunal. Algo que no es de extrañar viniendo del cineasta que creía que Bambi ya estaba muerto cuando salió del vientre de su madre.


miércoles, 19 de agosto de 2009

Enemigos Públicos (2009)

Últimos cartuchos de John Dillinger


Enemigos Públicos se puede considerar en cierta medida fallida, pero eso es porque Michael Mann se arriesga en cada plano. Su arriesgado trabajo de puesta en escena no siempre funciona, porque el uso de la cámara es excesivamente acelerado y no deja reposar las buenas ideas (que seguro las tendrá). Hay escenas que podrían estar diez veces mejor rodadas, como aquella con Marion Cotillard dándose un baño. Y por contra tiene planos memorables: el magistral Miller´s Crossing de los Coen reflejado en la pintura metalizada de un coche, Dillinger llorando, o Dillinger sangrando, por poner unos ejemplos.

Mann siente debilidad por anteponer la traca al disparo, la acción al suspense. Parece que Mann quiere sorprender al cinéfilo purista pero olvida que el cine es, y debe seguir siendo, espectáculo. Y el único espectáculo del film es el John Dillinger de Johnny Depp. El actor da todo lo que se espera de alguien con su talento, está serio, elegante y chulesco cuando hace falta.


Pero la película tiene otros problemas. El guión está descuidado. La historia de amor está mal planteada y peor desarrollada (una gran película debería poseer una buena dosis de melodrama), todo parece hecho con prisas. Salvo el de Dillinger los personajes están mal definidos y poco pueden hacer con ellos los correctos Christian Bale y Marion Cotillard.

La música y las canciones de la banda sonora no están bien utilizadas, no refuerzan ninguna escena. Al final esto acaba por desconcertar. Desgraciadamente la suma de todo lo anterior resta intensidad y potencia narrativa al conjunto, pero marca el camino a seguir de Michael Mann y demás cineastas que se acerquen al género.

Si casi todo lo que valoro de la última película del director de Heat es negativo, ¿por qué sigo pensando que, sin embargo, es una película interesantísima? Porque el riesgo y la valentía (esto de rodar en digital...) se premian, porque -a pesar de tratarse de un revival del cine noir- el lenguaje cinematográfico de Mann se encuentra más actualizado que nunca, porque contiene imágenes poderosas, y porque Johnny Depp adquiere aquí una presencia que inunda la pantalla, Enemigos Públicos se coloca en una posición respetable para figurar entre los títulos más importantes del año.


miércoles, 12 de agosto de 2009

Encuentros en la tercera fase (1977)

La penúltima abducción


Encuentros en la tercera fase es un film construido sobre tres pilares: 1.- los primeros encuentros (antológicas las dos escenas del niño, abducción incluida); 2.- los tiempos muertos (terriblemente anodinos que invitan al espectador a desconectar); 3.- la secuencia final, el encuentro definitivo, el clímax ansiado que culmine la película.


Hay un tremendo desequilibrio entre esos tres pilares sobre los que Steven Spielberg articula su película. Por un lado tenemos los primeros encuentros, donde descubrimos que detrás de la cámara se sitúa un virtuoso de la planificación. Son solo unas pocas escenas (se pueden contar con los dedos de una mano) pero ya han quedado grabadas en la memoria del género de ciencia ficción.

Sin embargo, no tardamos en ver el cartón. Los tiempos muertos son aburridos y están inútilmente alargados. Y la segunda mitad de la cinta (por no decir casi toda ella) sufre del mal del cine-embudo (término que podría haber patentado Jorge Valdano de no ser porque se me acaba de ocurrir a mí, chúpate esa Jorge). Cine-embudo: dícese de aquella narración construida en base a proyectar o condensar toda la atención y el interés en su acto final decisivo y definitorio.

Pero el definitivo encuentro en la tercera fase resulta ser abyecto y difícil de tragar. ¿Hemos llegado hasta aquí para ésto? Si no hemos disfrutado del viaje, ¿qué te hace pensar que disfrutaríamos del destino? Desearía que Spielberg hubiera hecho uso de la elipsis en más de tres cuartas partes de la película, y eso es mucho decir. Chúpate esa, Spielberg.



sábado, 1 de agosto de 2009

Up! (2009)

Previsiblemente emotiva


Cada uno tiene la propia, pero en mi definición de crítico aparece como una de las tareas fundamentales la de cuestionar. El crítico de cine es uno de los profesionales -le daremos el beneficio de la duda- que utiliza un mayor número de clichés, de imposturas y de afirmaciones que se dan por ciertas. Pero es a la vez el profesional que más se cuestiona a sí mismo. O así es como entiendo yo que debería ser un crítico.

El transbordador de Pixar lleva (o arrastra) algo en el cargamento de equipaje que pesa mucho, muchísimo: la tradición de Disney. No voy a quitarle méritos a Up. El acabado visual es espectacular, con una gama de colores que explota en tus mismas narices. A los críos, Pixar se los tiene ganados con un repertorio de siempre brillantes personajes protagonistas y secundarios. Pero si hay una productora a día de hoy empeñada en hacer valer aquello de "Para todos los públicos", esa es Pixar. Lasseter y los suyos pretenden alcanzar la abstracción que rompa la barrera generacional del cine de animación infantil. Y lo intenta recubriendo sus dos últimas películas (WALL-E y Up, precisamente las más aplaudidas por la crítica) de varias capas de nostalgia. Mirar hacia atrás y dejar escapar un suspiro pensando en el pasado siempre fue síntoma de lucidez. Pero tampoco conviene desfallecer de melancolía.


Impresionan, sí, pero es tal la artificialidad de sus sentimientos que no llegan a emocionar. Y lo dice alguien a quien Ratatouille le pareció sensacional. Pero me es difícil recordar alguna situación sorprendentemente genuina en esta última supuesta obra maestra, me queda la impresión de que todo es forzosamente emotivo, o peor aún, previsiblemente emotivo. Por supuesto que Up tiene algún momento mágico: A sus 78 años, Carl Fredricksen ata miles de globos a su casa para salir volando hacia su destino viajar a América del Sur tal y como le hubiera gustado a su difunta esposa (una narración excepcional en un par de minutos). Un estallido de color que quedará grabado en la retina.

El 3D es utilizado para potenciar la profundidad de campo y poco más, con el tiempo se extraerán mayores logros de esta tecnología.

¿Qué no es Up? Up ni es magistral, ni es sublime, ni es maravillosa. ¿Qué es entonces Up? Up es original, es entretenida y es divertida, una de las producciones más interesantes de la temporada. Sencillamente. Nada menos, nada más.