lunes, 30 de mayo de 2011

Hijos de los hombres (2006)

Un acto de fe


Ya son cinco los años que lleva el director mexicano Alfonso Cuarón sin dirigir una película. Su última producción se estrenó en 2006 bajo el nombre de Hijos de los hombres. Un film muy interesante que sin embargo no tuvo todo el éxito que mereció, a pesar de venir firmada por un realizador de alto prestigio entre la crítica y a pesar de estar rodada en inglés y con un reparto de actores reconocidos.

La premisa argumental de Hijos de los hombres no puede ser más jugosa. Año 2027. Un Londres futurista y apocalíptico, tenebroso. El film arranca con la noticia del asesinato de la persona más joven del mundo, un joven de 18 años. La especie humana ha perdido su capacidad de procreación y la infertilidad se ha extendido a toda la población. Durante casi dos décadas no ha nacido un solo niño. Las grandes ciudades han sido todas saqueadas y Londres queda como último bastión civilizado. Bueno, civilizado por decir algo.

Este futuro aterrador queda reflejado bajo un diseño de producción y de ambientación alucinante que (y aquí viene una de las claves del discurso del film) nos es terriblemente cercano. Al igual que hacía Blade Runner, Hijos de los hombres utiliza el género de la ciencia ficción para echarnos en cara una triste realidad. ¿De verdad estamos tan lejos de convertir este planeta en un vertedero sin ningún tipo de esperanza para las próximas generaciones?

Se le puede achacar al discurso de esta película un tono victimista o catastrofista, pero ahí es donde entra la decisión acertadísima de Cuarón de filmar Hijos de los hombres siempre bajo el prisma del realismo formal. Secundado por el trabajo de un magnífico director de fotografía como es Emmanuel Lubezki, Cuarón rueda casi toda la película con cámara al hombro. Con enormes y extensos planos secuencia (dos de ellos especialmente memorables) que agilizan el relato. Y sin un solo truco de transiciones: sin fundidos, las tomas van encajadas por corte directo.


Tras la premisa argumental se sacrifica la ciencia ficción para entrar de lleno en un film de acción. El protagonista es Theo (el siempre cínico Clive Owen, aquí ajustado y muy convincente), un hombre que debe acompañar hasta el mismísimo corazón del infierno a una joven refugiada que milagrosamente ha quedado embarazada.

Y convertir una imagen que con suerte nos será cotidiana (como lo es la imagen de una mujer embarazada) en un extraño y emocionante milagro, es un auténtico prodigio.



jueves, 26 de mayo de 2011

Medianoche en París (2011)

Woody Allen baja los brazos

SINOPSIS: Un escritor norteamericano algo bohemio (Owen Wilson) llega con su prometida Inez (Rachel McAdams) y los padres de ésta a París. Mientras vaga por las calles soñando con los felices años 20, cae bajo una especie de hechizo que hace que, a medianoche, en algún lugar del barrio Latino, se vea transportado a otro universo donde va a conocer a personajes que jamás imaginaría iba a conocer... (FILMAFFINITY)

Woody Allen ha convertido Medianoche en París en un sketch que bien parece el colmo del gafapasta. Repleto de referencias culturales a escritores, músicos, pintores, fotógrafos, cineastas, algunas con más gracia que otras, eso sí, porque Adrien Brody está divertidísimo en la piel de Salvador Dalí. Pero ninguno de esos retratos pasa de la simple caricatura.

Medianoche en París no va más allá de una anécdota estirada hasta el aburrimiento, repetitiva y harta de sí misma. Owen Wilson no tiene ni la quinta parte de gracia y encanto que tendría ver al Woody Allen actor en su papel de un nostálgico escritor enamorado de París, constantemente riñendo con sus suegros y seduciendo a la mujer de sus sueños. Este es el reverso sin talento de La rosa púrpura de El Cairo.

La realización de Woody Allen en Medianoche en París no puede ser más pobre y descuidada, huérfana de cualquier tipo de pequeño aliciente. Hace unos años Allen consideró que estaba mayor para actuar en sus películas. Sintiéndolo mucho, ahora mismo creo que Allen también está mayor para escribir y dirigirlas.


domingo, 22 de mayo de 2011

Palma de Oro para Malick

The Tree of Life


Cuando el Festival de Cannes 2011 anunció (por fin) el estreno de The Tree of Life, la quinta película del genial Terrence Malick, estaba cantadísimo que se convertiría en el gran evento de esta edición. La sola presencia de una película de Malick (no del propio director, pues Malick es absolutamente reacio a cualquier exposición en público) ya serviría para elevar el caché y el prestigio del festival. Sin embargo, y muy probablemente debido a que a la expectación era máxima, el estreno de The Tree of Life decepcionó a la crítica de medio mundo.

Frente a otros muchos años, el jurado de esta edición, encabezado por Robert de Niro, ha querido premiar lo grande, dejando de lado los murmullos agoreros de la platea de críticos y periodistas que sentenciaban que la película protagonizada por Brad Pitt era un decepcionante fracaso y su premio demuestra que nunca hay ambición demasiado grande.

La otra cara de la moneda son los olvidados, por supuesto. De un lado, películas más pequeñas que han llamado poderosamente la atención como The artist de Michel Hazanavicius, un film francés que homenajea el cine mudo. De otro lado, los autores consagrados que injustamente continúan sin su Palma de Oro, como es el caso de Pedro Almodóvar que presentó este año La piel que habito.

Con todo, esta discutida Palma de Oro a The Tree of Life, me recuerda a cuando, en su momento, Cannes dio su premio mayor a Apocalypse Now, una película que por entonces despertó muchas dudas, y sin embargo una película que hoy es indiscutiblemente grande. Muy grande. El tiempo volverá a decidir.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos (2009)

Yimou cocinando pasta



Un hombre que tiene una tienda de tallarines se entera de que su mujer le engaña con un empleado y contrata a un asesino para que acabe con la vida de ambos y así vengar su traición. Lo que parece ser un crimen sencillo y sin cabos sueltos se enreda hasta convertirse en una maraña imposible de sangre y muerte.

Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos ha sido entendido como un remake de Sangre fácil, la primera película que rodaron a mediados de los 80 los hermanos Coen. Sin embargo de Sangre fácil Yimou solo toma prestado el tronco argumental casi de manera esquemática y a brocha gorda.

No es nada habitual encontrar un remake chino de una película norteamericana. Menos común aún es que ese remake venga firmado por uno de los cineastas de mayor prestigio internacional. Para quien no le conozca, Zhang Yimou está entre los dos o tres directores de cine asiáticos más estilosos e importantes y posee una trayectoria admirable.

Su trabajo en Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos solo tiene sentido a la luz del conocimiento de su obra. Parece que Yimou ha hecho una especie de caricatura de sí mismo, especialmente una caricatura de sus últimos filmes, considerados bajo el influjo del cine comercial (cualidad despreciable para muchos críticos).


Yo sin embargo no la considero una obra menor, sino sencillamente una película que difícilmente podemos adscribir a la trayectoria previa del genial cineasta chino. Se aleja en forma y discurso del primer Yimou de Sorgo rojo, y se aleja en tono del Yimou de Hero o La casa de las dagas voladoras. La película de los Coen era un thriller de la América profunda desprovisto de humor, que Yimou ha transformado en una parodia ridícula (gracias a la comicidad de los actores y su vergonzoso vestuario) ambientada en la China medieval.

Pese a la ausencia absoluta de música el sonido es uno de los puntales del film, y Yimou ha prestado especial atención a este aspecto para enriquecer su película. El diseño de sonido final es alucinante. Como también es alucinante la escena en la que los protagonistas se lanzan a cocinar pasta, con una coreografía espectacular. En momentos puntuales como éste, surge el Yimou genial.

Visualmente es una gozada porque el tratamiento estético de cada plano está compuesto como si se tratase de una pintura. Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos conserva intacto el potencial de la trama argumental de los Coen y le añade un ritmo seco, preciso y sin baches. Finalmente, la agilidad con la que filma Yimou se impone al espantoso descalabro del ridículo (por difícil de exportar) humor de su película.




martes, 10 de mayo de 2011

GLEE / 1ª y 2ª Temporada

Vamos a hablar de GLEE



Uno. A día de hoy si no sabes qué es GLEE, sencillamente, no molas. Es una serie de televisión protagonizada por los chicos de un coro de instituto norteamericano. Enredos amorosos. Celos. Complejos. Hormonas. Y música.

Dos. Hoy en día hablar de GLEE es como hablar de Lady Gaga. Es un fenómeno que arrastra masas y siempre encontrarás a alguien en cualquier esquina dispuesto a partirse la cara por defenderlo o atacarlo. Eso nos coloca en una posición muy difícil. Pero también muy divertida.

Tres. Aunque sea difícil de creer, la vida en un instituto es la vida misma, sin colorantes ni conservantes. Unos pocos se reparten el poder, o lo que ellos llaman popularidad. Y unos muchos se conforman y pelean por ser mediocres y no bajar al último escalafón. El del marginado, el del inadaptado, el lugar de lo que se sale de lo común. GLEE nos dice que la vida es un concurso de belleza, una competición de música. Y nos lo creemos.

Cuatro. GLEE ha reunido a un grupo de nuevos intérpretes alucinante que cada capítulo nos regala varios números musicales deslumbrantes. Especialmente destaca de entre todos ellos, por su voz, su carisma, su trabajo histriónico, llevado muchas veces hasta el ridículo (como la propia serie) la interpretación central de una brutal Lea Michelle. Lea es Rachel Berry. Ella, aunque detestada por medio instituto, es la auténtica estrella del coro, una joven, criada por una pareja gay, con serios problemas de inestabilidad que adora a Barbra Streisand.

Cinco. Jane Lynch. Una actriz de 51 años curtida en cine y televisión, siempre desde el anonimato, salta al estrellato mundial con su Sue Silvester. Un personaje secundario en una serie de televisión. Y sin embargo un trabajo imprescindible. Cada vez que Sue Silvester aparece en pantalla, un terremoto atraviesa GLEE.

Seis. GLEE (como True Blood) es enteramente disfrutable y placentera porque se toma muy poco en serio a sí misma y es autoconsciente de que toda su trascendencia pasa ineludiblemente por ser un producto absolutamente placentero.

Siete. Si True Blood es una droga, GLEE es un chute de vitaminas, transmite unas ganas y una energía de vivir, de arrancarse a cantar y a bailar que no hay capítulo que no te haga saltar de la cama radiante de alegría.

Ocho. No os dejéis llevar por su apariencia ligera, liviana, poco seria y facilona. Tal y como está rodada, GLEE muestra un absoluto dominio de un lenguaje cinematográfico excelente. Cada encuadre, cada movimiento de cámara, cada transición cumple su cometido dentro de la narración. Así pasa, que los capítulos se devoran.

Nueve. –¿Es GLEE una serie imprescindible? –No, no lo es, no está a la altura de la realización, el trabajo actoral o los guiones de Six Feet Under, Los Soprano o Mad Men. Puedes vivir sin ella.

Diez. –Ah! ¿Se puede vivir sin ella? –Por supuesto. Pero se vive peor.


La Fox ha emitido dos temporadas de GLEE. Y GLEE ya es un éxito mundial. Pero va más allá. Sus dos primeras temporadas se han convertido ya –y no me tiembla el pulso al decirlo – en todo un hito televisivo.