lunes, 31 de octubre de 2011

¡Olvídate de mí! (2004)

Eterno resplandor de la mente inmaculada




En una noche de terror como ésta, como cualquier noche, no hay nada más aterrador que desempolvar ¡Olvídate de mí! (2004), una película que habla de lo terrorífico que es el olvido y de los recovecos oscuros del desamor. Una película sobre un imposible, el desamor como ejercicio de memoria.

En una época como ésta, como cualquier época, en la que todo parece inventado, dónde hasta lo original raya siempre lo predecible, es muy difícil encontrar a un hombre valiente que piense y trabaje de manera independiente a todo lo que ya se ha pensado antes, aunque ello le cueste nadar a contracorriente. Es muy difícil dar con ese tipo de persona. Pero no sólo ahora. Ahora y siempre.

Por eso mismo no puedo dejar de frotarme los ojos ante obras tan maravillosas como ¡Olvídate de mí!. La segunda película de Michel Gondry pertenece a esa extraña estirpe de películas milagro que esconden no solo a uno, sino a un equipo entero de hombres dispuestos a dar rienda suelta a su talento suicida y que son capaces de transformar su trabajo en una aventura inmensa. Éste es el prototipo de héroe del siglo XXI.


Lo es Charlie Kaufman, nacido en 1958. Un guionista neoyorquino que ha parido los libretos más originales y divertidos que se han escrito para cine en lo que va de siglo. Un cruce entre Franz Kafka y una estrella del rock. Kaufman escribe ¡Olvídate de mí!, cuyo título original Eternal Sunshine of the Spotless Mind viene a significar algo así como el eterno resplandor de la mente inmaculada.

Joel y Clementine se quieren. Pero a la vez uno se quiere olvidar del otro. Hasta aquí puedo leer, porque todo en esta película es descubrimiento. Un constante descubrimiento y una huida sin salida por el recuerdo de un amor imposible de borrar. Como decía Nolan en la promoción de su Inception (2010), tu mente es la escena del crimen.

Pero a diferencia de en Inception aquí lleva la batuta un cineasta libre y sin complejos, sin ataduras, sin miedo a explotar un cine genuino y auténtico. Michel Gondry, nacido en 1963 en la ciudad francesa de Versalles, es un cineasta que ha tocado todos los palos del audiovisual. Gondry trabaja con el guión de Kaufman con respeto pero sin temor alguno a transformarlo, a zarandearlo, a enriquecerlo, a matizarlo, a llenarlo de detalles que le hacen cobrar vida.

Su trabajo de planificación a cámara en mano es un ejercicio naturalista, ágil e inestable que permite acercarse a las perturbaciones del protagonista. Un Jim Carrey nostálgico, triste y melancólico, que desata un minimalismo expresivo absolutamente imprescindible. Imposible imaginarse a otro actor en su papel.


Los logros narrativos y estéticos de esta obra maestra han influido en proyectos tan ambiciosos como dispares y raros, como puedan ser 500 días juntos (Webb, 2008) o Inland Empire (Lynch, 2006). Y sin embargo ninguno de ellos ha alcanzado el nivel de genialidad, belleza y emoción de este maravilloso film.


jueves, 6 de octubre de 2011

No habrá paz para los malvados (2011)

Un pelotazo seco y contundente


Enrique Urbizu no es escritor de subrayados, y como tal, tampoco es muy dado a ser un cineasta de subrayados. En materia de puesta en cuadro es un realizador eficaz y práctico y ata su talento al lucimiento de una narrativa particular. Las películas de Urbizu destacan por su narrativa seca y contundente, desprovista de cualquier tipo de sentimentalismo, además de por su tratamiento del thriller como género capaz de revelar entre sus recovecos problemáticas sociales.

La caja 507 apuntaba al entramado de corrupción política y periodística que había detrás de la especulación inmobiliaria. No habrá paz para los malvados, su nueva película, pone el punto de mira sobre las grietas del sistema policial, sobre cómo éstas pueden llegar a convertirse en un coladero para organizaciones terroristas que pretender atentar contra la seguridad nacional. Y no sólo eso. La nueva película de Urbizu está recorrida por el escalofrío de la crisis. Y lo está desde su misma concepción.

Porque No habrá paz para los malvados en principio iba a tener un plan de rodaje más largo, pero entonces llegó el presupuesto y fue menor del que Urbizu y su equipo esperaban. El film nació ya con recortes por problemas económicos y al menos 20 páginas de guión descartadas. Quién sabe si quizá con un presupuesto superior ésta hubiese sido la primera película que indagase en el 11–M.

Desde el punto de vista narrativo No habrá paz para los malvados es un trabajo interesante que se construye a partir del contraste entre dos personalidades bien diferenciadas, como lo son la juez Chacón, interpretada por Helena Miquel, y el inspector de policía Santos Trinidad, al que pone cuerpo y voz un asilvestrado José Coronado. Ambos están involucrados en la investigación de una red de narcotráfico que esconde una célula de terrorismo yihadista islámico (ahí donde mediado el film se abre el tercer punto de vista). Helena Miquel es la actriz revelación del año. Coronado, en una nueva demostración de todo su potencial como actor, está sencillamente colosal.

En palabras del propio Coronado, su Santos Trinidad es “un auténtico hijo de puta”. Un hombre con un pasado (suponemos, pues en Urbizu nada es explicativo) brillante en lo profesional y tormentoso en lo sentimental. Por lo tanto un hombre liberado de toda esperanza, incapaz de ceñirse a un protocolo o de seguir unas normas establecidas. Una bestia parda con una placa en su cazadora de cuero y con ganas, muchas ganas, de dar guerra.

Los Goya ya tiemblan.