sábado, 28 de enero de 2012

Los descendientes (2011)

Clooney en Hawai

Los descendientes me parece una película fallida de Alexander Payne, buen director y mejor guionista de las comedias agridulces Election (1999) y A propósito de Schmidt (2002). Es la historia de un hombre que debe sacar adelante a sus dos hijas sin la ayuda de su mujer, que acaba de sufrir un terrible accidente que la ha dejado en coma. Aunque entretenida y agradable, Los descendientes no encuentra su tono ideal (que pretende un punto intermedio entre Billy Wilder y Jason Reitman), abusa de George Clooney, de las camisas horteras, de la voz en off y de las chanclas hawaianas.


sábado, 14 de enero de 2012

The Artist (2011)

Una máquina para volar

The Artist funciona mejor como un divertimento francés delicioso que como cine mainstream como ahora nos lo quieren vender los norteamericanos. Al margen del éxito que ha tenido y de todos los premios que logrará, The Artist es una película fabulosamente anticuada, rescatada de las ruinas del cine mudo y del blanco y negro. Además de ir a contracorriente The Artist es divertida y emocionante. No creo que sea la película del año pero desde luego es una rareza que funciona (y esto es realmente sorprendente) con una eficacia asombrosa. Por cierto, ¿de dónde han salido dos actores tan maravillosos como Jean Dujardin y Bérénice Bejo?
 
 

domingo, 1 de enero de 2012

Drive (2011)

La celebración del cine


Empezamos con una paradoja. Un thriller de acción norteamericano de coches y hostias se lleva el premio a Mejor Director en la pasada edición de Cannes, el Festival de la gente que fuma en pipa y te recibe en bata. ¿Se puede conciliar el thriller ochentero, el viejo cine de blaxploitation, y el cine erudito de Cannes? Se puede.

Sabemos que en el cine todo debe sumar, pero también sabemos que en el cine menos es más. La cosa se complica. Cada vez es más habitual encontrar películas plagadas de referencias / homenajes / plagios a otras obras que nos desafían a descubrir el mayor número posible de ellas. Lo fácil es utilizar ese juego de referencias como si se tratase de un trivial. Lo difícil es conseguir que esas referencias sumen al conjunto del film y definan su personalidad.

Drive toma la vía difícil. Sus referencias -bien variadas-, desde los títulos de crédito rosa sobre negro de Risky Business (Brickman, 1983) hasta el palillo en la boca de Stallone en Cobra (Cosmatos, 1986), todas ellas, lejos de ser meras anécdotas para estimular al cinéfilo de pro, suman en la construcción de la personalidad del film.

Ryan Gosling en Drive es un hombre que por no tener no tiene ni nombre, él conduce y sólo conduce, no más. Mecánico en un taller, especialista en secuencias de riesgo de cine y delincuente a sueldo. Gosling es un imán irresistible, en los compases mudos, cuando observa, mira o ve, cuando oye o escucha, cuando murmura, cuando descansa, cuando estalla. Y Drive es una película capaz de convertir a un conductor en un héroe de acción estoico e impávido, ataviado además con una cazadora y un escorpión dorado (fetichismo al poder) tallado a su espalda.

Nicolas Winding Refn es un realizador danés que ha visto mucho cine, pero también ha trabajado mucho en el cine y tiene un gusto enorme y una ambición europea que logra remover las aguas de un género a estas alturas ya tan norteamericano como lo es el thriller negro. Así lo pienso, creo que Drive es una película muy ambiciosa en comparación con el tipo de películas que se produce cada año de este género y con este presupuesto.

Drive se gusta, se recrea en sus momentos álgidos. Porque es consciente de que los tiene. La música sube, el sonido directo desaparece y las imágenes se ralentizan como si alguien parase el tiempo. No es ningún secreto que estamos hablando de una película efectista. Pero no hay nada despectivo en eso, no vamos a entrar de nuevo en ese debate.

Podemos hablar de la escena del ascensor, una escena que destaca por sus contrastes. En ella nos movemos desde el romanticismo del primer y apasionado beso de amor (cambio de luz incluido) entre el protagonista e Irene (Carey Mulligan) y la brutalidad desquiciada con la que el mismo protagonista revienta la cabeza a golpes al hombre que pretende matarlos. Y todo está ahí, en la misma escena.


Vamos a decirlo ya. Ver y escuchar Drive es una gozada, un placer enorme. El trabajo de luces está diseñado con un cuidado asombroso. El trabajo de sonido es espectacular en su doble vertiente ruidos y música -atención especial al repertorio de temas-. Y el trabajo de cámara, a pesar de lo turbio y lo malsano del fondo del film, es limpio, elegante y sutil.

Pocas películas son tan conscientes de saberse un clásico, una obra de culto a la que los amantes del cine deberán rendir religioso tributo. Y con total seguridad, Drive lo es.