jueves, 24 de enero de 2013

The Master (2012)

Tú me perteneces


En tiempos de crisis la fe es algo valioso e incómodo al mismo tiempo. Si el año pasado El árbol de la vida (la película más trascendental, en todos los sentidos, que ha ocurrido en mucho tiempo) nos invitaba a Creer, este año The Master nos desafía a todo lo contrario, nos desafía a No creer.

Desde hace siglos sabemos que la Tierra es redonda. No porque lo hayamos comprobado, sino porque nos fiamos de quien lo dice. Aun así seguimos llamando planeta a la Tierra. No sé de qué nos sorprendemos. En un principio el lenguaje no buscaba calmar la sed de comunicación, sino convertirse en el estúpido invento de los hombres que creyeron que aquello a lo que podían dar nombre era aquello que podían poseer. ¿Puede alguien al escribir sobre una película reclamar por derecho una parte de esta, o al menos sentirla como suya?

La sexta película de Paul Thomas Anderson, The Master, es una obra perversa con sus espectadores, es antipática, difícil y arisca. No está dispuesta a hacer concisiones de ninguna clase. Como tampoco es sencilla la transformación de Joaquin Phoenix en Freddie Quell, un marine consumido por el alcohol, encorvado, desquiciado tras su participación en la Segunda Guerra Mundial, que acaba embelesado por la figura (imposible de atrapar, Philip Seymour Hoffman) de Lancaster Dodd, ideólogo y líder espiritual de La Causa, una organización religiosa para la que Anderson se inspiró en la Iglesia de la Cienciología. 

Phoenix jamás podrá recuperarse de la experiencia de The Master. Su rostro parece esculpido por todo lo terrible y devastador que le ha ocurrido a los hombres desde que son hombres. Por momentos triste, ilusionado, crucificado y ansioso. En un momento del film, se somete a una extraña sesión de hipnosis (que bien parece un interrogatorio) en el que viaja a través del tiempo y se desmorona una y otra vez delante de la cámara, como un animal que no entiende que esto es sólo una película. En The Master no hay lugar para sermones, se abre una ventana enorme al juicio personal del espectador.


El  último trabajo de Anderson no es una película sobre el origen de la Cienciología. Como todas las grandes películas, y ésta sin duda lo es, The Master nos habla sobre lo terrible que es estar solo. Es una película capaz de hacernos creer de nuevo que la Tierra es plana y que comunicarnos, tocarnos y estar juntos será el socorro último para nuestros miedos.

miércoles, 23 de enero de 2013

Ya es un clásico

Malditos Bastardos

Cada día que pasa me gusta más.

martes, 15 de enero de 2013

Amor (2012)

La cámara de Haneke


En su texto sobre la película Amor (Haneke, 2012) el genial Jordi Costa escribe en su columna habitual de El País lo siguiente: 
"La posición de la cámara de Haneke logra no solo hacer inteligible la arquitectura del confortable piso donde vive el matrimonio protagonista —dos ancianos profesores de música—, sino también extraer todo el potencial dinámico y narrativo del movimiento de sus personajes sobre ese espacio."
Sinceramente creo que el bueno de Costa no puede estar más equivocado en este aspecto. Michael Haneke demuestra de nuevo, en Amor, su fórmula de prestigio. Una historia sobre lo triste, lo desgraciado, lo perverso y lo penoso de la vida encarnado en un matrimonio de ancianos que sufren los síntomas más terribles de la vejez. 

Pero en esa fórmula desgarradora -en clave cargante- falta transformar un buen escenario, un notable trabajo de luz y una pareja de intérpretes sensacionales en un soberbio ejercicio de cine. Y ahí es dónde creo que Haneke fracasa. El austriaco es un cineasta que apenas saca rendimiento de la cámara en Amor, filma la película como si se tratara de una obra teatral, en la que parece que el único cometido de la cámara es no molestar a sus actores. No encuentro señales de vida en esta Palma de Oro.


viernes, 11 de enero de 2013

Los Miserables (2012)

¿La película amable del año?


Con la contratación del realizador inglés Tom Hooper, un director eficaz y académico, y de la dupla de intérpretes Hugh Jackman y Russell Crowe, dos actores muy queridos por el público, todo parecía apuntar a que la adaptación al cine de Los Miserables se convertiría en la película amable de la temporada. Nada más lejos de la realidad, pues Los Miserables resulta ser una película extraña e irritante.

Hooper es un director muy cuidadoso con el gesto en primer plano, pero muy poco interesado en construir interesantes set pieces de acción. Por eso la primera mitad de la película, que recoge los anhelos y los motivos que mueven a los personajes, es íntima y personal, y sin embargo la segunda mitad, en la que se desarrolla toda la acción, se vuelve pesada y pierde mucha fuerza.

Quizá el mayor estímulo que ofrece el film, además de presenciar el esfuerzo encomiable de los actores, está en descubrir la manera en que el realizador británico adapta una obra tan grandilocuente y excesiva, uno de los musicales más aclamados de la historia, a los recursos de puesta en cuadro tan particulares (e íntimos) que ya aplicó a su anterior película, y gran aval como director, El discurso del Rey.

El empleo de lentes gran angular que distorsionan la imagen, los movimientos de cámara acrobáticos que enfatizan el estado de ánimo de los protagonistas, los primeros planos (como ese largo primer plano sostenido sobre el rostro de Anne Hathaway cantando I Dreamed a Dream, sin duda el momento cumbre de la película a todos los niveles, tanto emocional como técnico). Para poder llevar a cabo estos primeros planos Hooper se ha visto obligado a suprimir el play-back y sustituirlo por voz en directo, algo sin precedentes en una producción de estas características. 

Como resultado, Los Miserables es un musical extraño (sin apenas diálogos, ninguno relevante) y una película irritante, muy poco satisfactoria en sentido dramático.