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martes, 8 de octubre de 2013

Gravity (2013)

Proeza visual


Hay algo emocionante en ver una cosa por primera vez, en descubrirla. Los primeros minutos de esta película (no pocos) están rodados sin un solo corte y con la cámara flotante en constante movimiento de Emmanuel Lubezki. Ya pudimos disfrutar de este efecto en El árbol de la vida, pero aquí adquiere un nuevo sentido al imaginar la cámara en un espacio (ficticio) de gravedad cero.

Alfonso Cuarón, máximo responsable de la película, podía haber convertido Gravity en un ejercicio radical, museístico o circense (táchese lo que peor suene), prolongando esta toma sin cortes hasta los créditos finales. En esa película paralela soñada, viviríamos la experiencia de Ryan Stone, una ingeniera en su primera misión espacial, y Matt Kowalsky, un veterano astronauta, ambos trabajando desde el telescopio espacial Hubble en un día normal y rutinario. Simple.

Sin embargo, volvemos al film de Cuarón, la exigencia comercial exige que la película sea rentable en taquilla (esto es comprensible pues el dinero invertido, 100 millones de dólares, es mucho, y hay que recuperarlo) y lógicamente Gravity debe amoldarse a las reglas que mejor funcionan para la gran mayoría del público que acude a las salas. Esto obliga a Cuarón a cortar la toma y a someter a su protagonista a una yincana de desgracias e infortunios totalmente inverosímil.

Muchas de las tomas de esta película exploran lugares nunca antes visitados en el cine. Gravity tiene todo el derecho del mundo a ser sencillamente un espectáculo visual, el problema viene cuando Cuarón nos lleva con frecuencia a primeros planos prolongados de los actores e incluso a cámaras subjetivas. El cineasta ha emprendido una búsqueda de emociones humanas como el desamparo, la soledad o el miedo, y eso es algo que no encuentro por ninguna parte. Ha fracasado en ese empeño. Quizá porque me cuesta pensar en dos actores que chirríen más que Sandra Bullock y George Clooney en los papeles principales. El resultado es que nada me conecta humanamente a Gravity.


Es una lástima que Cuarón haya atado la emoción de Gravity exclusivamente a su proeza visual. Los que amamos el cine sabemos que éste es un paso fundamental para maravillarnos en futuras noches, sí, pero estábamos impacientes porque Gravity nos desbaratase algo más que las retinas. Queríamos que nos alborotase el cuerpo entero. Y eso, desgraciadamente, no lo ha hecho.

lunes, 30 de mayo de 2011

Hijos de los hombres (2006)

Un acto de fe


Ya son cinco los años que lleva el director mexicano Alfonso Cuarón sin dirigir una película. Su última producción se estrenó en 2006 bajo el nombre de Hijos de los hombres. Un film muy interesante que sin embargo no tuvo todo el éxito que mereció, a pesar de venir firmada por un realizador de alto prestigio entre la crítica y a pesar de estar rodada en inglés y con un reparto de actores reconocidos.

La premisa argumental de Hijos de los hombres no puede ser más jugosa. Año 2027. Un Londres futurista y apocalíptico, tenebroso. El film arranca con la noticia del asesinato de la persona más joven del mundo, un joven de 18 años. La especie humana ha perdido su capacidad de procreación y la infertilidad se ha extendido a toda la población. Durante casi dos décadas no ha nacido un solo niño. Las grandes ciudades han sido todas saqueadas y Londres queda como último bastión civilizado. Bueno, civilizado por decir algo.

Este futuro aterrador queda reflejado bajo un diseño de producción y de ambientación alucinante que (y aquí viene una de las claves del discurso del film) nos es terriblemente cercano. Al igual que hacía Blade Runner, Hijos de los hombres utiliza el género de la ciencia ficción para echarnos en cara una triste realidad. ¿De verdad estamos tan lejos de convertir este planeta en un vertedero sin ningún tipo de esperanza para las próximas generaciones?

Se le puede achacar al discurso de esta película un tono victimista o catastrofista, pero ahí es donde entra la decisión acertadísima de Cuarón de filmar Hijos de los hombres siempre bajo el prisma del realismo formal. Secundado por el trabajo de un magnífico director de fotografía como es Emmanuel Lubezki, Cuarón rueda casi toda la película con cámara al hombro. Con enormes y extensos planos secuencia (dos de ellos especialmente memorables) que agilizan el relato. Y sin un solo truco de transiciones: sin fundidos, las tomas van encajadas por corte directo.


Tras la premisa argumental se sacrifica la ciencia ficción para entrar de lleno en un film de acción. El protagonista es Theo (el siempre cínico Clive Owen, aquí ajustado y muy convincente), un hombre que debe acompañar hasta el mismísimo corazón del infierno a una joven refugiada que milagrosamente ha quedado embarazada.

Y convertir una imagen que con suerte nos será cotidiana (como lo es la imagen de una mujer embarazada) en un extraño y emocionante milagro, es un auténtico prodigio.



El hilo invisible (2017)

Para el chico hambriento El artista como loco déspota, la moda como vehículo de apariencias y el amor como enfermedad. ‘Phantom Th...