¿La película amable del año?
Con la contratación del
realizador inglés Tom Hooper, un director eficaz y académico, y de la dupla de intérpretes
Hugh Jackman y Russell Crowe, dos actores muy queridos por el público, todo
parecía apuntar a que la adaptación al cine de Los Miserables se convertiría en la película amable de la
temporada. Nada más lejos de la realidad, pues Los Miserables resulta ser una película extraña e irritante.
Hooper es un director muy
cuidadoso con el gesto en primer plano, pero muy poco interesado en construir
interesantes set pieces de acción.
Por eso la primera mitad de la película, que recoge los anhelos y los motivos
que mueven a los personajes, es íntima y personal, y sin embargo la segunda
mitad, en la que se desarrolla toda la acción, se vuelve pesada y pierde mucha
fuerza.
Quizá el mayor estímulo que
ofrece el film, además de presenciar el esfuerzo encomiable de los actores,
está en descubrir la manera en que el realizador británico adapta una obra tan
grandilocuente y excesiva, uno de los musicales más aclamados de la historia, a
los recursos de puesta en cuadro tan particulares (e íntimos) que ya aplicó a
su anterior película, y gran aval como director, El discurso del Rey.
El empleo de lentes gran angular
que distorsionan la imagen, los movimientos de cámara acrobáticos que enfatizan
el estado de ánimo de los protagonistas, los primeros planos (como ese largo
primer plano sostenido sobre el rostro de Anne Hathaway cantando I Dreamed a Dream, sin duda el momento
cumbre de la película a todos los niveles, tanto emocional como técnico). Para
poder llevar a cabo estos primeros planos Hooper se ha visto obligado a
suprimir el play-back y sustituirlo
por voz en directo, algo sin precedentes en una producción de estas características.

