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viernes, 16 de marzo de 2018

El hilo invisible (2017)

Para el chico hambriento



El artista como loco déspota, la moda como vehículo de apariencias y el amor como enfermedad. ‘Phantom Thread’ es una película compleja y extraña, enigmática y bellísima, ligada por ese hilo fantasmal que de forma mágica, pues lo que aquí ocurre no se puede explicar con lazos de palabras, se carga de contenido y de emoción. El hechizo de Anderson, como la presencia magnética de un actor imponente (póngase aquí el nombre que se considere), es intangible, se escapa a nuestras observaciones. La película, vista una y mil veces, seguirá siendo un misterio.

viernes, 10 de junio de 2016

Inherent Vice (2014)

Cine salvaje
“Esta mierda me está congelando el cerebro.” Cito de memoria, y probablemente me equivoque, pero algo así dice Doc Sportello (Joaquin Phoenix) en un momento de Inherent Vice, primera adaptación al cine de una novela de Thomas Pynchon, dirigida por Paul Thomas Anderson. Sin dilatar más una primera impresión: una de las películas más brillantes, enigmáticas y bellas del cine –aún balbuciente– de hoy y de siempre, y se estrena ahora, precisamente ahora. Como ya digo, no es más que una primera impresión y puedo estar muy equivocado, pero las sensaciones en su estreno son las de una obra que crece y ensancha con el tiempo. ¡Id al cine! Que cuando vuestro nieto pregunte cómo fue ver por primera vez Inherent Vice en su estreno, cuando sólo era una película, no tengáis que fingir.

El film de Anderson es fiel y respetuoso con las líneas de texto de la novela de Thomas Pynchon en la que se basa –la figura de Pynchon podría dar para otra película: prestigioso y enigmático en su trabajo, misterioso en su vida privada, vive apartado de los medios, reacio a cualquier exposición pública, héroe de la contracultura. Hay quien ha declarado que ésta película es una obra menor de Anderson por tomar prestada en buena parte la voz de lo pynchoniano. No estoy de acuerdo, creo que el texto sirve al director para despeinar su propio carácter. John Ford tenía los desiertos de Arizona, Woody Allen los parques de Nueva York, Anderson tiene las playas de California. Así entendido, es fácil acordar que la personalidad del cineasta queda patente desde la primera imagen de ese callejón con vista a Gordita Beach, en la radiografía que realiza de una época reciente de América que funciona como el párrafo que sigue a The Master (2012), en los delicados movimientos de cámara que se aproximan a los personajes, en la narrativa borrosa que emula a la manera en que la memoria almacena los recuerdos.
Entre el equipo de Inherent Vice están dos habituales de las películas de Anderson: Robert Elswit y Jonny Greenwood. La fotografía de Elswit es asombrosa: dice que filmó con una película de celuloide viejo almacenada en el garaje de Anderson durante años. Otra gozada es la música, compuesta por una gran selección de canciones de la época y los temas originales de Greenwood –guitarrista y teclista de Radiohead–, que contribuye de manera esencial a la energía irrefrenable de la película.
El título con el que el film se estrena en España, Puro vicio, es una pésima traducción del original Inherent Vice; será que alguien pensó que Vicio inherente –la traducción más lógica al castellano– vendería menos entradas. Aunque parezca un asunto menor conviene señalarlo, porque tiene repercusión en el mensaje de Anderson y Pynchon. Anderson es un cineasta sin domesticar y trabaja sobre una fina línea, tanto que pocos se sostienen sobre ella. Es la línea que separa el cine comercial producido por los grandes estudios de Hollywood, del cine rebelde e insólito de autores a contracorriente. Esa frontera en la que trabaja le permite producir obras bellísimas y salvajes, junto a actores que responden a las mismas expectativas –Joaquin Phoenix, Katherine Waterstone y Josh Brolin como cabezas de cartel comandan un reparto esplendoroso–, y con una casi exclusiva vocación atmosférica –luce la California de los años 70– que difumina la trama pese a tratarse de una intriga criminal propia del llamado cine negro.
A saber, esa intriga da vueltas en círculos alrededor de Doc Sportello, un detective privado enganchado a casi todo lo fumable; Shasta, su antigua novia de verano; y la desaparición y posible secuestro del último amante de Shasta, el magnate inmobiliario Mickey Wolfmann. Sobre ellos emerge la mirada de Charles Manson, el Gobierno de Richard Nixon, el horror de Vietnam, el descenso de la cultura hippie, y el amor perdido entre Sportello y Shasta.



Sin embargo, en Inherent Vice poco importa la trama, y mucho cómo la cinta te arrastra hacia sí misma para vivir tiempos y espacios que es imposible habitar de otra manera. Como el simple rumor de las olas te arrastra mar adentro, aun seco y tostado en la orilla. Si tengo la suerte de llegar a viejo, la película seguirá grabada en mi cabeza. Y estoy bastante seguro de que volver a ella me descongelará el cerebro como ahora me lo congela, para traerme de vuelta a este momento. Nuestro tiempo sudoroso y alucinado, el presente. Éste es un film sobre cómo recordamos a algunas personas.

jueves, 24 de enero de 2013

The Master (2012)

Tú me perteneces


En tiempos de crisis la fe es algo valioso e incómodo al mismo tiempo. Si el año pasado El árbol de la vida (la película más trascendental, en todos los sentidos, que ha ocurrido en mucho tiempo) nos invitaba a Creer, este año The Master nos desafía a todo lo contrario, nos desafía a No creer.

Desde hace siglos sabemos que la Tierra es redonda. No porque lo hayamos comprobado, sino porque nos fiamos de quien lo dice. Aun así seguimos llamando planeta a la Tierra. No sé de qué nos sorprendemos. En un principio el lenguaje no buscaba calmar la sed de comunicación, sino convertirse en el estúpido invento de los hombres que creyeron que aquello a lo que podían dar nombre era aquello que podían poseer. ¿Puede alguien al escribir sobre una película reclamar por derecho una parte de esta, o al menos sentirla como suya?

La sexta película de Paul Thomas Anderson, The Master, es una obra perversa con sus espectadores, es antipática, difícil y arisca. No está dispuesta a hacer concisiones de ninguna clase. Como tampoco es sencilla la transformación de Joaquin Phoenix en Freddie Quell, un marine consumido por el alcohol, encorvado, desquiciado tras su participación en la Segunda Guerra Mundial, que acaba embelesado por la figura (imposible de atrapar, Philip Seymour Hoffman) de Lancaster Dodd, ideólogo y líder espiritual de La Causa, una organización religiosa para la que Anderson se inspiró en la Iglesia de la Cienciología. 

Phoenix jamás podrá recuperarse de la experiencia de The Master. Su rostro parece esculpido por todo lo terrible y devastador que le ha ocurrido a los hombres desde que son hombres. Por momentos triste, ilusionado, crucificado y ansioso. En un momento del film, se somete a una extraña sesión de hipnosis (que bien parece un interrogatorio) en el que viaja a través del tiempo y se desmorona una y otra vez delante de la cámara, como un animal que no entiende que esto es sólo una película. En The Master no hay lugar para sermones, se abre una ventana enorme al juicio personal del espectador.


El  último trabajo de Anderson no es una película sobre el origen de la Cienciología. Como todas las grandes películas, y ésta sin duda lo es, The Master nos habla sobre lo terrible que es estar solo. Es una película capaz de hacernos creer de nuevo que la Tierra es plana y que comunicarnos, tocarnos y estar juntos será el socorro último para nuestros miedos.

jueves, 7 de febrero de 2008

There Will Be Blood (2007)

Una odisea de la tierra



Su impresionante gama temática, la impecable puesta en escena y su narración como alegoría de las inquietudes del hombre (y de la propia historia de los Estados Unidos de América), la convierten en una película destinada a estudiarse en las academias de cine dentro de 10, 20 o quizá 50 años, pero hay cosas que no se pueden enseñar. Y luego está Daniel Day–Lewis, imposible medir su trabajo aquí. There Will Be Blood no solo es una grandísima obra maestra (lección de cómo utilizar la cámara para insuflar vida a una película), sino que recoge además el legado del cine del siglo XX y se erige como cima monumental de un nuevo cine norteamericano, el cine de un tiempo que aún está por llegar. El maestro ya no cabe en un solo cuerpo.

El hilo invisible (2017)

Para el chico hambriento El artista como loco déspota, la moda como vehículo de apariencias y el amor como enfermedad. ‘Phantom Th...