martes, 16 de diciembre de 2008

Quantum of Solace (2008)

Un petardo curioso


Ya sé que Casino Royale prometía una secuela a su medida, y ya sé que es mucho pedir, pero si cumplen dos claras premisas podrán disfrutar del nuevo Bond. No esperen en Quantum of Solace un guión cuidadísimo, no lo tiene. Tampoco esperen entender la trama a la perfección tal y como fue concebida, pues es casi imposible, se han pasado de listos. A pesar de los numerosos fallos, perceptibles sin esfuerzo, la película de Marc Foster no llega a disgustar, y tiene momentos casi vibrantes. Porque Quantum of Solace no es tan mala como nos quieren hacer creer, tan sólo es ligera y un pelín (bastante) descuidada. Tiene dos historias de amor, y no se esfuerza en prestar detalle a ninguna de ellas (la sombra de la irresistible Eva Green es alargada).



Comete un error considerable al convertir a James Bond en un héroe de acción veraniego, aunque Daniel Craig se confirma como el mejor Bond imaginable. No es que sea un actor formidable, pero Craig tiene lo que hay que tener para vestirse de Bond y llevarse todos los elogios. Dijo una vez Tarantino que una buena película de acción es aquella en la que después de verla el espectador deseara vestir como los protagonistas. Visto así no me sonrojo al decir que si bien su predecesora Casino Royale era excelente, Quantum of Solace al menos no es cine de mala calidad.

lunes, 8 de diciembre de 2008

The Village (2004)

Ensayo sobre la inocencia


Quien se encargó de traducir The Village al español por El bosque tiene poco futuro en su trabajo. Cualquiera con un diccionario a mano entiende por village pueblo o aldea. Pero claro, los responsables aludirán una estrategia de marketing vendiendo su "bosque" como un tenebroso y escalofriante film de terror paranormal en la línea del exitoso El Sexto Sentido. Error grueso en la elección del género que no beneficia en nada la reputación del director Night Shyamalan como director de culto, una campaña de publicidad que además intenta encasillar en el género de terror a uno de los cineastas con más recursos y proyección del cine norteamericano. Sirve así estupendamente la dilogía formada por The Village (la película concebida por el autor en su versión original) y El bosque (la película manipulada que llega a nuestros cines, ensuciada), para representar los dos tipos de reacciones que provoca.

Hay quienes aún se esfuerzan en decir que es una película de terror. Pues es el terror más hermoso y cautivador que he podido ver en la oscuridad de la sala de cine. Muchos hablan de decepción. No me extraña, ya que la engañosa publicidad y un pésimo doblaje impiden disfrutar enteramente de una rara pieza de artesanía, deleitarse con su sonido ambiente, con su bella y enigmática banda sonora, con las voces originales de todos sus excelsos intérpretes (se nota que la mayoría proceden del teatro), cómo ríen, cómo lloran, cómo suspiran. El trío actoral protagonista está insuperable: gracias a la eficacia de Joaquin Phoenix, el rigor interpretativo de Adrien Brody y la portentosa irrupción de Bryce Dallas Horward (es como para contener la respiración).

A nivel visual el prodigio estético es tan notable que la fotografía del señor Roger Deakins enamora desde el primer minuto. Sin embargo, y a pesar de todas las virtudes ya citadas, en The Village lo que lleva al delirio es su maravilloso guión y un conmovedor romanticismo. Vamos ya por tanto a desgranar las claves de ese guión que intentaré no profanar.


Indaga Shyamalan en la naturaleza de dos cosas tan manidas, tan vapuleadas como el miedo y la violencia. Los habitantes de esta manada recurren al miedo para preservar la inocencia de sus crías, inspirar en ellas la bondad y la compasión como pauta de comportamiento, y erradicar el mal y la violencia. Pero el cineasta de origen hindú, que no es tonto, sabe que el mal es inherente al hombre e indisoluble del bien. Es curioso que la película con el lenguaje más educado, puritano, con menos referencias sexuales o agresivas estrenada este año sea, a su vez, la que ofrezca una visión más oscura del hombre.

Shyamalan lo disfraza de locura, pero es el amor lo que lleva a uno de los habitantes de su aldea a cometer un atroz crimen (tres planos para la puñalada mejor filmada) que rompe la calma y desestabiliza los cimientos que tenían esos señores para instalarse en ese pueblo rodeados por un bosque cuyas criaturas no son más peligrosas que ellos mismos. La mentira que cuentan los mayores de la aldea acerca del bosque no es muy distinta de la que nos contaron los padres, o aquellos cuentos (que creíamos infantiles) de los hermanos Grimm o de Hans Christensen Anderson, o incluso las películas de Disney. Historias todas en las que el miedo era el motor del morbo y que nos enseñaban que hay lugares en los que mejor no estar, personas a las que es preferible no conocer, y cosas que no hace falta probar.


La interpretación de una obra saca a relucir el intelectual que todos llevamos dentro (algunos mal alimentado) pero cuando una película adquiere diferentes lecturas con cada visionado, hace sonrojar hasta al más lúcido de los espectadores para dibujarle esa estúpida sonrisa de presenciar algo único, algo vivo. Hasta ahora las películas del señor Shyamalan presumían de una calidad excelente, pero su The Village está tan viva como nosotros, y por eso mismo, porque acaba de nacer, despierta tanta polémica como admiración, que es encanto en definitiva. Y a medida que crezca como obra, a medida que pase el tiempo sobre ella será reconocida como lo que es. Una indiscutible, aunque extraña, absoluta obra maestra.


martes, 25 de noviembre de 2008

My Blueberry Nights (2007)

El nuevo (y elegante) punto de partida de Wong Kar-Wai


Gracias a madre-internet (bendita) y sus famosas descargas ilegales podemos disfrutar de la última película de Wong Kar-Wai, porque un error mayúsculo de distribución o de programación o de quien sea, nos ha privado de ver un film con un reparto muy atractivo y dirigido por un señor que ya se ha convertido en piedra de culto del cine oriental. Pero ahí no acaba la cosa, My Blueberry Nights aún no tiene fecha determinada de estreno, lo que significa que -suponiendo que pase por cartelera- llegará a las salas españolas dos años después de su estreno en EEUU, como si se tratase de un país tercermundista. Pero por supuesto el coste de la entrada se mantendrá inamovible. Una vergüenza.

Pues la última película de Wong Kar-Wai, nostálgica y melancólica, es también su primera incursión en el cine americano. El director chino es un referente por su estilo visual marca de la casa con techo en la espléndida dilogía -no sé si se dice así- formada por In the mood for love y 2046. Aunque My Blueberry Nights queda lejos de la maestría de las ya citadas, es ésta una incursión elegante, como no podía ser de otro modo en el cine de Kar-Wai, en un nuevo abanico de posibilidades, el panorama de Hollywood acoge con los brazos abiertos las cadencias exóticas, los ritmos melódicos con los que lleva deleitándonos más de una década.

Aquí el director de Happy Together utiliza un particular póker de actores, cuatro caras reconocibles, y pone a debutar a una sorprendente Norah Jones sólo superada por dos de esos rostros que no se olvidan fácilmente: Rachel Weisz y Natalie Portman. La primera (futura chica Amenábar) es cuestión de gustos, aunque su duelo de miradas y su historia de des-amor con David Strathairn sea lo mejor de la película. La segunda (confirmada su presencia en la próxima de Jim Sheridan) es inapelable, indiscutible. Portman es toda una diva generacional.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Gomorra (2008)

La ley del más débil


Dicen los entendidos (yo ni lo soy, ni me gustaría serlo) en este mundillo de la corrupción y de las mafias que no hay en ellas ni rastro del glamour y la elegancia que nos mostraban las magistrales películas de Coppola y Scorsese, y sí mucha de la sucia y maleante realidad-estercolero que ofrece Roberto Saviano en su novela Gomorra, aquí adaptada al cine. No es un film espéctaculo, en Gomorra hay que entrar con paciencia, con la predisposición de dejarse acongojar por las imágenes cercanas al neorrealismo italiano de Rossellini o Luchino Visconti.

Los tres estamentos de la mafia: sangre, dinero y poder, quedan emparentados en los relatos que se cruzan (no de manera forzada), hacen que sea inútil intentar condensarlos en una sinopsis. No hay historia en Gomorra, todo lo que tenemos son las devastadoras imágenes de la cruel ley callejera, lejos de los despachos. Con el estilo inconfundible del cine de Meirelles a medio camino entre Ciudad de Dios y El jardinero fiel, más cercano al didactismo del documental que al entretenimiento del thriller, con una impactante ejecución de escenas, pero sin embargo nunca cine hipnótico en el que poder sumergirse.

Puede que todo lo que nos narra el director Matteo Garrone sea cierto, puede que nos muestre un fiel reflejo de aquello que ocurre en el "sistema" de la Camorra, pero uno sale del cine con una pregunta que deja un sabor bastante agrio: ¿realmente me interesa lo que me están contando? Pues entonces poco importa la verdad. Aunque sea así de triste.


lunes, 10 de noviembre de 2008

Caperucito Obama

Caperucito Obama, la loba Palin, la abuelita y el cazador McCain


A pocos días de presenciar un acontecimiento de relevancia histórica, el alzamiento de Barack Obama como presidente de los EEUU, o lo que es lo mismo, un hombre negro al frente de la mayor potencia mundial, quedará en el tiempo del mismo modo que el último de los evangelistas, el primero de los faraones, el marinero que no creyó que la Tierra fuera plana, o el hombre que puso un pie en la Luna.

América, que en los últimos años no ha hecho sino reforzar la imagen que tiene de sí misma como la tierra de las oportunidades –ya lo decía Rocky– no ha dudado en ofrecer a una mujer, Hillary Clinton, la posibilidad de ser la candidata demócrata para las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos del 2008. De hecho, la esposa del ex-presidente Clinton era favorita hasta la caída en tromba de B. Obama, que dividió al partido demócrata, y aquello se transformó en una carrera de fondo entre una mujer blanca y un hombre negro por convertirse en el ¿hombre? más poderoso del mundo y mudarse a La Casa ¿Blanca?(hay veces que el lenguaje nos juega una mala pasada). Todo suena paradójico... y cruel. El caso es que en esa carrera a fondo, Obama acabó sacándole dos cuerpos de ventaja a Hillary y el resto es historia.


¿Los motivos? No cuestiono la capacidad de Obama como buen político y orador, pero es indudable que los motivos de su repentino éxito se deben a algo más que a lo estrictamente ideológico. Es su frescura, es su imagen –en parte también idealizada–, la imagen del cambio, the change que él mismo pronuncia y que se ha convertido en uno de sus lemas de campaña. O ese otro Yes, We Can que nos recuerda que Obama tiene mucho de predicador cristiano y tiene un éxito enorme en su parroquia. Porque Obama se confiesa creyente en Dios. No creo que los estadounidenses tengan problema alguno en optar por un presidente negro para su país, Morgan Freeman (y Denzel Washington, y Sydney Poitier..., y demás precedentes cinematográficos) tiene mucho que decir al respecto.

Y si esta historia ya tenía tintes de película de Hollywood, y de cuento de hadas con Obama disfrazado de Caperucita con la cesta bien cargada de una participación que podría ser histórica y que jamás llegará a manos de su abuela fallecida una semana antes; llega Sarah Palin como el aguerrido lobo que sopla para defender la casita de McCain. Para colmo alguien dice aquello de que hace unos cuantos años, cuando Barack Obama todavía era un niño que iba a la escuela primaria, le preguntaron qué le gustaría ser de mayor. Presidente de los Estados Unidos contestó el pequeño Barack. El resto es Historia. Así, en mayúsculas.

lunes, 20 de octubre de 2008

True Blood, Piloto

Se puede decir que True Blood es transgresora...


...pero no del modo en que me gustaría que lo fuera.

domingo, 19 de octubre de 2008

Dos decepciones y dos títulos horrendos

Ya ni de los grandes te puedes fiar. Después de un añito bastante triste de cine, solo se salva de la quema el extraordinario El Caballero Oscuro y la sorprendente Escondidos en Brujas, llega otoño y a estas alturas ya suelen pasearse por la cartelera películas brillantes para hacer más llevadero el frío y tener un lugar donde resguardecernos de la lluvia. Pero en vista de que los nuevos talentos se hacen esperar, pues cogemos con más ganas si cabe los estrenos de los grandes, esos cineastas que no saben lo que es fallar, que nunca decepcionan. Estoy hablando de gente como Woody Allen o los hermanos Coen. Pues resulta que ya ni en los clásicos puede confiar uno.



Vicky Cristina Barcelona -¿pero qué clase de título es este?-


Me apunto en tareas pendientes hacer una entrada con los peores títulos de películas de la historia del celuloide (lista encabezada por el indiscutible El inglés que subió una colina pero bajó una montaña) y la cinta ésta, o postal, o lo que sea que ha hecho Woody Allen en su Vicky Cristina Barcelona tiene por méritos propios que formar parte de esa entrada. Lo mejor: Penélope se merienda al resto del reparto y sus discusiones en español con Bardem son de reírse a carcajadas, pero no por el ingenio sino por la frescura. Lo peor: Es la primera película de Woody Allen desde Annie Hall que no parece de Woody, con todo lo que eso significa. Una película construida a base de tópicos y clichés.



Burn after reading -¿se puede ser tan idiota?-

Durante un par de décadas los hermanos Coen han conseguido algo realmente admirable: que me tome igual de en serio sus dramas que sus comedias. Pero se han confiado demasiado... Los ramalazos cómicos de Barton Fink, Fargo o El Gran Lebowski arrojan tal inteligencia, brillantez y sofisticación que dejan a Burn After Reading (no por traducirlo va a tener más sentido) en pañales. Hasta ahora los personajes de los Coen podían ser torpes, tercos o cabezotas, siempre tiernos, pero nunca subnormales. Hasta ahora los personajes de los Coen eran gente corriente haciendo idioteces, pero en su nuevo film los personajes son idiotas integrales haciendo idioteces -grave error-. Lo mejor: La pareja Malkovich-Tilda Swinton. Lo peor: Los sobreactuados personajes de Clooney, Brad Pitt y Frances McDormand (que suele ser estupenda).



¡Cuidado que no digo que sean malas películas! Es más si se ven con una cierta perspectiva ambas ofrecen un complejo entramado de personajes y personalidades que bien reflejan el amor y la estupidez, respectivamente. Pero digo yo que a señores como los Coen y Allen siempre hay que pedirles algo mejor. Y más cuando estamos sumidos en esta asquerosa mediocridad.

domingo, 12 de octubre de 2008

It´s DEXTER Time (IV)

"Soy uno de ellos (...) en sus sueños mas profundos"



Fíjense que a mi me gusta definir la narración cinematográfica como la suma de ritmo y tensión. Y como no soy ni un académico ni nada por el estilo tomaré prestadas las a su vez definiciones de ambas variables. El ritmo es un flujo de movimiento controlado o medido, sonoro o visual, generalmente producido por una ordenación de elementos diferentes del medio en cuestión. Y la tensión es toda demanda física o psicológica fuera de lo habitual y bajo presión que se le haga al organismo, provocándole un estado ansioso. Quizá influyan otros factores, pero si un guionista (o realizador, o montador, o como le quieran llamar) domina éstos dos su obra tendrá garantizada una cuota de éxito de forma irresistible.

Cuando me toca hablar de Dexter no puedo evitar pensar que además de una actuación -la de Michael C. Hall- de sombrerazo, para arrodillarse, besar por donde pise, y santiguarse hasta tres o cuatro veces; además de una elegante dirección -la de Michael Cuesta-; además de una brillante novela -la de Jeff Lindsay- en la que se basa; no puedo evitar pensar que además de todo eso, la primera temporada de Dexter alcanza la máxima calificación en cuanto a ritmo y tensión se refiere. ¿Las consecuencias? Tu culo en el sofá, tus uñas en la boca, tus babas en el babero, tus tripas pidiendo un respiro, y ese alivio que comienza por la cabeza y te sale por los pies convertido en gozo cada vez que una temporada echa el cierre. Éso es a lo que yo llamo una narración vertiginosa, vibrante, feroz y cruelmente entretenida. Y todo lo dicho sobre la primera temporada vale para la segunda que, sorprendentemente es tan buena o más si cabe que la primera.
La serie ha sido censurada en algunos países y directamente prohibida en otros por miedo a que su carismático personaje principal cale hondo en la mente de algún descerebrado y tienda a imitarle cometiendo sus fechorías (no olvidemos que un simpático descuartizador sigue siendo un asesino). Pero yo estoy entre los que prefieren encontrar en su poderoso mensaje una alegoría, varios siglos después, la de un ser supremo -como dios- que es capaz de dar vida y también quitarla, que puede juzgar por encima del Bien y del Mal, así en mayúsculas. Porque ante todo Dexter saca a relucir una moral sofisticada, con capacidad para (auto)cuestionarse absolutamente todo, y para evolucionar con respecto al tiempo en tres fases bien diferenciadas: infancia (se rige por un código preconcebido), adolescencia (invadido por las dudas) y madurez (aceptación de sí mismo). Me hace gracia los que llaman a psicópata a Dexter. A mí me parece el tipo más lúcido que he conocido en mucho, pero mucho, tiempo.

Altamente recomendable. Resumiendo: una sinfonía sutil y diabólica de la sangre. Siempre fresca. Siempre excitante.

lunes, 29 de septiembre de 2008

It´s DEXTER Time (III)


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"Es audaz, diferente y excitante, con un personaje central y una actuación que corta el aliento." (David Hinckley: New York Daily News)
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"Fantástica, fascinante, espeluznante, preciosa y truculenta." (Doug Elfman: Chicago Sun-Times)
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"Atrevida y original (...) y también oscura." (Tim Goodman: San Francisco Chronicle)
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"Diabólicamente excelente." (Matthew Gilbert: Boston Globe)
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"En esta provocativa serie la moral es tan intrigante como la propia trama." (James Poniewozik: Time)
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"Una (macabra) joya." (Matt Roush: TV Guide)
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"Michael C. Hall se está convirtiendo en uno de los mejores actores dramáticos de su generación. La voz, la dureza del rictus y la mirada perdida a medio camino entre la locura y la genialidad (...) es un actor enorme. (...) Un engranaje argumental perfecto, lleno de ritmo, con principio, suspense y un fantástico final cerrado que te deja la boca de una muñeca hinchable." (Hernán Casciari: Diario El País)
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domingo, 14 de septiembre de 2008

American Beauty (1999)

Asombroso cine que agoniza


En una escala de perversión de la inocencia de Frank Capra a la agresividad de Todd Solondz, American Beauty se queda a medio camino, y como muestra un botón: la negativa del personaje principal a consumar con su objeto de pasión, en la escena final, no es una negativa, ni un rechazo, no es más que una concesión al espectador a buen entendedor. Sirva este ejemplo para demostrar que el del equilibrio es el camino más sencillo para alcanzar la excelencia, que en el término medio está la virtud; pero empezar por el final no es el estilo del debutante director (forjado en el teatro) Sam Mendes.

Lester Burnham (Kevin Spacey) es el personaje principal de la función, un cuarentón en crisis que ha conseguido todo lo que reza el sueño americano: un matrimonio, una hija, un trabajo y una casa; pero se encuentra más apático que nunca ante la rutina a la que le somete su esposa Carolyn Burnham (Annette Bening) que esconde su frustración y su ira bajo la apacible apariencia de una mujer satisfecha en el amor y en el trabajo, y su hija Jane (Thora Birch) indecisa adolescente acomplejada por su amiga Angela (Mena Suvari) una lolita en toda regla. Aunque todo cambiará cuando Lester caiga en la tentación rubia -sus fantasías sexuales con los pétalos de rosa son antológicas-, lo que supone la recuperación de la ilusión y provoca su segunda juventud, que tiene como espejo a su joven vecino Ricky (Wes Bentley).

La ópera prima de Mendes contiene la frescura y la ilusión del primerizo, -que no viene lastrada por errores y éxitos del pasado-, pero también el pulso y la madurez de un maestro, algo quizá bastante significativo de que no nos encontramos ante una obra de autor, o la película de un actor destacado; ocurre a veces que todo está en el lugar y en el momento adecuado, o mejor aún, preciso. Éste es un cúmulo de aciertos orquestado no por una multimillonaria productora, ni por un director de relumbrón, sino por la literatura perfecta del señor Alan Ball (permítanme que me arrodille), demiurgo de la fascinantemente maravillosa Six Feet Under; porque me da la impresión de que todo estaba ya (d)escrito en su guión, versión operística de la gran tragedia griega, adaptada a pequeña escala de la sociedad estable americana.

"Es genial comprobar que todavía tienes la capacidad de sorprenderte a ti mismo."

Desde el principio sorprende la narración en off del protagonista recién fallecido en evocación al mejor Wilder de El Crepúsculo de los Dioses. La aceptación del trágico final por parte del protagonista contagia al espectador de una extraña seguridad, en base a la complicidad autor-receptor-obra, vía personaje o personajes principales. Ésa aceptación de la muerte es el tema elemental en la obra de Alan Ball que propone un discurso moralista, argumento de envergadura ética. Con los problemas que ello conlleva, pues es muy fácil caer en las tesis de baratillo, en los razonamientos que hacen uso de la demagogia, o en las frases con pretensiones de convertirse en lemas de adolescentes hormonados -que las tiene, y a montones-. Sin embargo el guionista logra esquivar dichos despropósitos y convierte su ambición en lirismo, que descansa bajo la superficie de una apariencia morbosa.


"Para tener éxito hay que proyectar una imagen de éxito."

Al igual que toda la película, sus personajes se esconden tras el sarcasmo para ocultar lo verdaderamente vulnerables que son. La rosa de American Beauty es una variedad de rosa cultivada artificialmente para tener una apariencia perfecta. En la película se representa la "falsa belleza" belleza que es sólo apariencia. Otro terreno por el que American Beauty se mueve con insospechada precisión es el de las apariencias. Presenta a sus personajes como prototipos (sin ser ésto siempre algo despectivo) en situaciones ciertamente tópicas, para luego romper con los lazos de hipocresía que les unen, en un acto de gran belleza liberadora final, como redención de todo lo que aparentan, de su estabilidad fingida. Cuando Angela sube al cuarto de baño a desmaquillarse, el encuentro definitivo entre Jane y Ricky, el grito desgarrador de Carolyn al ser descubierta siendo infiel a su marido con “el rey del inmueble”, el nuevo coche de Lester (“el coche que siempre he querido y ahora lo tengo... ¡soy cojonudo!”), la discusión en la cena familiar, o la revelación de la sexualidad reprimida del vecino, todas ellas escenas de ejecución perfecta y ejemplos clarividentes de la ruptura mencionada en busca de una felicidad futurible que a pesar de que no llega, sí se siente por lo menos tangible.

"¿Recuerdan esos carteles que decían «Hoy es el primer día del resto de mi vida»? Bien, eso es cierto todos los días, excepto uno, el día en que te mueres.”

La puesta en escena es inmejorable. Un enorme Kevin Spacey, en el mejor momento de su carrera, de espléndida interiorización cómica y magistral contención dramática, salpica a todos y cada uno de los secundarios, que están a la altura. Y lo mejor es que Mendes, Ball y Spacey nos venden su corrosivo y ácido film de una manera formal, corriente y cotidiana, no reinventan el cine, sino que le dan una nueva perspectiva, más fresca, libre de convencionalismos y pretenciosidad alguna. Exquisita la forma y exquisito el contenido. Y casi sin darse cuenta American Beauty se reconstruye como un monumento para posterior gloria del séptimo arte.

A medida que avanza la narración, se vuelve más atractiva, gana en intensidad, el gesto desenfadado y cómico relega a un segundo plano y la película adquiere un tono dramático que desemboca, allí donde se libera la intriga, el último día de vida de Lester Burnham -clímax de suspense incluido-, en un final colosal, adrenalítico, minimalista, conmovedor. Una película perfecta.

viernes, 12 de septiembre de 2008

It´s DEXTER Time (II)


Dicen que las comparaciones son odiosas, pero ay! cuánto nos gustan. Dexter es como si Dostoievski adaptase al cine una obra teatral de Shakespeare, y como si todo esto estuviese bajo la dirección de la desmesura y el talento de Tarantino, y el humor negro y el ritmo de los hermanos Coen. En cuanto a su protagonista, sensacional Michael C. Hall, es un cóctel con la potente y varonil voz de Daniel Day-Lewis, la locura y desenfreno de Jack Nicholson, el sarcasmo y la ambigüedad de Kevin Spacey, y la juventud y la frescura de James Dean. Brando, ya puedes cruzar los dedos.

El hilo invisible (2017)

Para el chico hambriento El artista como loco déspota, la moda como vehículo de apariencias y el amor como enfermedad. ‘Phantom Th...