viernes, 27 de febrero de 2009

The Wrestler (2008)

Cicatrices del tiempo


"¿Qué ocurre cuando se apagan las luces del escenario, cuando los fans dejan de aclamar a sus ídolos, cuando todo el mundo vuelve a sus casas y la magia del espectáculo enmudece? Entonces volvemos a la realidad, abandonamos la catarsis que nos evade de nuestras vidas cotidianas y las estrellas se despojan de sus disfraces y ornamentos, convirtiéndose en personas de carne y hueso, con sus alegrías y sus penas, como cualquiera de nosotros. Y muchos son los astros apagados, sepultados bajo el peso de la edad o las consecuencias físicas y psicológicas de décadas de entrega a una jauría humana que siempre pide más." (José Arce: La Butaca)

Evidentemente este fragmento no es mío, pertenece a la crítica The Wrestler: La tragedia del Ave Fénix que realiza José Arce en LaButaca.net, y lo he escogido porque no hay mejor manera de describir el argumento de la cuarta película de Darren Aronofsky, y de muchas otras -lo que la hace tan convencional- que retratan el descenso y/o resurrección de idolatrados mitos escénicos. Aronofsky (patinó en Réquiem por un sueño, se lució en La fuente de la vida) rinde aquí su difícil carácter al del luchador hastiado Randy Robinson, arrancando desde su espalda en la travesía por el dolor y la soledad de un tierno Mickey Rourke de rostro desfigurado por las peleas del tiempo.

Un engranaje argumental convencional que ya hemos visto muchas veces (sin ir más lejos, el primer Rocky) esconde un tratamiento rudo y resignado del héroe. El final no es lacrimógeno, no hay resurrección, ni redención posible. Es un salto para abrazar el dolor físico como el único posible. Aunque no sea éste el que más duele.


lunes, 16 de febrero de 2009

Slumdog Millionaire (2008)

Grata y colorida aproximación a Bollywood

A sus 18 años, Jamal se ha convertido en uno de los concursantes más jóvenes de la versión india de "¿Quién quiere ser millonario?". El chico, un huérfano de los suburbios de Bombay, va contestando correctamente a las preguntas para sorpresa de todos, incluido el presentador, que está seguro de que hace trampas. Cuando está a punto de ganar los 20 millones de rupias, Jamal es detenido e interrogado. La policía quiere descubrir por qué sabe tanto, pero para ello hay que oír su curiosa historia.

Hay una cosa que hace diferente a Slumdog Millionaire de la media de películas que se estrenaron este año, esa cosa que hace de lo lejano -el exotismo de la India- algo cercano, gracias al concurso televisivo que nos es de una cotidianeidad inusitada. Es el montaje. Y su frescura no se agota hasta el final del metraje. Que sus imágenes se colarán entre las mejores del año no cabe duda, pero a esta grata sorpresa se le quedarían grandes los Oscar (sería una injusticia ver a Danny Boyle arrebatándole la estatuilla a David Fincher).

También hay escondida una historia de amor en la que no profundiza porque Slumdog Millionaire no es un romance propiamente dicho, sino un cruel drama. Esta es una película que nos cuenta lo que ocurre cuando la suerte se cruza con el destino, y todas esas pequeñas cosas que arrastramos para alcanzar ese momento. Me viene a la cabeza ahora mismo una pregunta que cuanto menos inquieta. ¿Hasta qué punto podemos confundir la suerte con el destino?

Lo mejor: una brillante y vibrante primera hora. Lo peor: El bailecito bochornoso made in Bollywood con el que nos despide. La última película del director de Trainspotting es una cinta vistosa, original (pero ésto me temo que es mérito del libro en el que está basada), que se ve con agrado, pero es moda pasajera. Hay que ver Slumdog Millionaire aunque sólo sea para presenciar como una película rara y modesta fulmina sus aspiraciones y se convierte en la revelación del año.

martes, 10 de febrero de 2009

El curioso caso de Benjamin Button (2008)

Esplendor y ocaso



Y cayó. La tercera obra perfecta (por esquivar aquello de maestra) de David Fincher es la menos contundente de las tres, aunque la más autoconsciente de serlo. Brad Pitt y Cate Blanchett son algo más que caras bonitas, ponen rostro a una espléndida fábula (mismo calificativo merece el libreto de Eric Roth) sobre el paso del tiempo. Nada perturba en Benjamin Button.

Durante su primera mitad todo es alarde de técnica y perfecto acabado visual. Pero es en la segunda mitad donde, ya asumido el lujurioso diseño de producción y coincidiendo con el esplendor de los cuerpos, la película verdaderamente se vuelve conmoción. De ahí en adelante el relato es una constante batalla a contrarreloj que acaba donde suelen empezar todas los demás relatos.

Qué importa entonces si el complejo entramado de narraciones superpuestas o Fincher creyéndose Jean-Pierre Jeunet con un preciosista anhelo por el detalle funcionan como lastre. No puedo buscarle los defectos a una película que tanto regala, que no se agota en el intento de ser cada plano mejor que el anterior. 

Muchas son las secuencias memorables y las imágenes para el recuerdo. Benjamin conoce a Daisy, él es viejo, ella, una niña. Benjamin sabe que es especial pero no comprende si es virtud o defecto. Una madrugada en un hotel. Un atardecer. Una bailarina que se desliza bajo la luz de la luna. Alguien atropella a otro alguien. Benjamin aguarda impaciente y asustado, mientras Daisy da a luz entre gritos. Benjamin se disculpa por todas las cosas que le hubiese gustado hacer con su hija, y no pudo. Daisy recuerda que hay cosas que sí permanecen en el tiempo, que son para siempre. Ya sólo queda poner el lazo. Pero eso ya lo descubrirán ustedes.

Partiendo de la base de que Benjamin Button tiene sus limitaciones como cine comercial -al igual que cualquier película las tiene- y sin embargo dentro de sus propias limitaciones se exprime al máximo y el resultado es extraordinario.


No es el mejor film del -llamémosle así- excelente David Fincher, aunque sí es su obra más popular y asequible, una éxitosa (y redonda) incursión en el mainstream, transformando la fantasía en épica crepuscular -con repertorio de atardeceres incluido-, su visionado es imprescindible e inolvidable.

La película se mueve entre dudas y nos abandona con una certeza. Entre todos podemos hacer que Benjamin Button transcienda su tiempo y perdure en la memoria como el clásico que merece ser.


domingo, 8 de febrero de 2009

Lo mejor del 2007

10.- Los Cronocrímenes (Nacho Vigalondo)

Tarde o temprano la momia rosa, Vigalondo y su máquina del tiempo pasarán a la Historia del Cine Español.

9.- Michael Clayton (Tony Gilroy)



Toda una sorpresa, un thriller oscuro, complejo y difícil de digerir, nunca convencional. Michael Clayton merece cada una de las nominaciones a los Oscar que se ha llevado, por su terriblemente creíble atmósfera, que te absorve, en parte gracias a la labor de sus espléndidos actores, todos en el mejor momento de su carrera.

9.- Juno (Jason Reitman)

Cronenberg va a más. Lo mejor: Viggo Mortensen, y la secuencia de los baños termales. O las dos cosas juntas.

8.- REC (Jaume Balagueró)

Elaborado ejercicio de montaje cargado de perspectivas radicales y unas potentes interpretaciones masculinas. (...) Un monstruo escénico aguarda dentro de Philip Seymour Hoffman.

7.- Zodiac (David Fincher)


Fincher no da lugar a la improvisación con su milimétrica planificación al detalle, tan minucioso en la exposición cronológica de los hechos y las fechas como respetuoso con el material que se trae entre manos. (...) No se puede negar la valentía de Fincher para enfrentarse a los detractores que lo acusaban de ultramoderno y efecticista.

 
6.- Death Proof (Quentin Tarantino)



5.- Viaje a Darjeeling (Wes Anderson)



El cuidado de las formas, la búsqueda de pequeños placeres y la renuncia a los ideales (...) cuando las imágenes se funden en una prodigiosa banda sonora, en Darjeeling, allá donde la congoja se transforma en gozo.

4.- Expiación (Joe Wright)

Con una primera hora sobresaliente, la segunda no pierde en ningún momento el entusiasmo y mantiene vivo el interés. Si el rostro de Keira es poesía, el de McAvoy es todo un poema. Ambos son dignos de expiación.

3.- No Country for Old Men (Joel Coen, Ethan Coen)

Toda la película funciona como manual de ética del Western, con sus reflexiones (nunca discursivas) sobre la moralidad de los hombres buenos, ambiciosos, de los hombres cuerdos, y los hombres viejos. (...) Horas después de su visionado resuenan los ecos de una película perfecta.

2.- Ratatouille (Brad Bird)

Original, divertida, impecable. Ratatouille nace del gozo del cine bien entendido, del vanguardismo a partir del retorno al clasicismo del Disney de los años 40 y 50.

1.- There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson)


Su grandiosidad formal, la impecable puesta en escena y su narración como alegoría de las inquietudes del hombre (y de la propia historia de América), la convierten en una película destinada a estudiarse en las academias de cine dentro de 10, 20 o quizás 50 años. (...) Inconmensurable Daniel Day-Lewis.

domingo, 1 de febrero de 2009

Revolutionary Road (2008)

Entre esas cuatro paredes



En los años cincuenta, Frank (Leonardo DiCaprio) y April (Kate Winslet) son una joven pareja que vive en los suburbios de Connecticut. Su vida, aparentemente feliz para muchos otros, tras casarse y tener dos hijos, se encuentran ante la disyuntiva de luchar por sus verdaderos deseos o conformarse con su estado actual, una vida donde ambos se sienten mediocres, del montón, precisamente ellos que siempre se vieron a sí mismos como especiales, diferentes, preparados para alcanzar los sueños y lograr altos ideales.

Se ha convertido en costumbre. Una película ninguneada por los Oscar tiene un porcentaje alto de ser valiente, arriesgada e incluso sensacional. Desde que se repartieron las nominaciones a los famosísimos premios de la Academia americana supe que Revolutionary Road no era el vehículo hacia el formalismo que nos vendían algunos críticos estadounidenses. Por supuesto que no es la mejor de Mendes (cualquier película comparada con American Beauty sale perdiendo) y le falta perversión para llegar a la cima, le falta agresividad para ser excelente. Pero confirma a Mendes como uno de los mejores en su oficio con un encomiable trabajo de puesta en escena. La ardua tarea de adaptar una obra teatral en cine exige lo mejor de Mendes y de sus actores, y la entrega de éstos es la que hace posible Revolutionary Road.

La estructura dramática está construida de una manera cíclica, de modo que los primeros diez minutos, es decir todo aquello que va antes del rótulo con el propio título de la obra, funcionan como la condensación de todo lo que sucederá en el resto del film. La cámara busca a los protagonistas entre una multitud de gente, y cuando los tiene fijados, se va acercando a ellos. En ese momento se conocen Frank y April, son los años cincuenta, y ella dice querer ser actriz. Elipsis temporal. Se baja el telón. Ella se refleja en un espejo. Llega la discusión en el coche. Están representando un papel en lugar de vivir sus vidas. Esas vidas que llevan no son más que el reflejo de lo que habían imaginado. Estalla la primera decepción. Ahora sí, vemos blanco sobre negro el nombre de una calle de un suburbio residencial de Connecticut. Y todo lo que después viene es el recorrido de la espiral que ya se ha abierto.



Venga, vale, al toro. Cuanto antes mejor. A poco que me conozcan ya sabrán que esto me duele a mí más que a nadie. Me vais a obligar a admitirlo. Lo voy a decir. Leonardo DiCaprio es lo mejor de la película. Ya lo he soltado. Y Kate Winslet hace lo que puede (que es mucho) para seguirle. DiCaprio en el mejor momento de su carrera, con un par de escenas de emoción contenida y aguantando el tipo en el resto. Está estupendo. Esas dos escenas de las que les hablo justifican la película entera. La primera, después de la infidelidad de Frank, llegar a casa y descubrir que allí esperan su mujer y sus hijos (que se evaporan durante el resto de la película) es el comienzo de su suplicio, ahí se da cuenta de que todo está perdido y tiene que empezar de nuevo. La otra, la más discutida, es el punto de no retroceso, no es posible empezar de cero y Frank y April lo saben, aún así se regalan un fabuloso, amable y tierno desayuno. Despedida.

Hace no mucho leí sobre cuánto le gustan al director Sam Mendes las ventanas. Pues su último trabajo es una de esas películas en las que (parece) nada pasa, nada sucede, la narración no avanza, donde las escenas se encadenan, se superponen unas sobre otras. Y sin embargo no nos importaría quedarnos a vivir entre esas cuatro paredes, y ver las cosas -que sí nos suceden- a través de la ventana de Mendes. Lúcida y transparente. ¿No es eso el cine?



jueves, 22 de enero de 2009

El Intercambio (2008)

El arte de ser correcto

Los Angeles, año 1928. Christine Collins (Angelina Jolie) es una madre que recupera a su hijo, al que habían secuestrado meses antes. Pero en la locura del muy fotografiado reencuentro, comienza a sospechar que el niño que le han entregado no es su hijo. A pesar de unas fuerzas del orden corruptas y de una opinión pública más que escéptica, intenta dilucidar el misterio cueste lo que cueste. Tachada de loca e incapacitada, por fin encuentra un aliado en el reverendo Briegleb (John Malkovich), que la ayudará en su búsqueda...

Antes de comenzar, El Intercambio jura en blanco sobre negro que todo lo que vamos a ver a continuación está basado en hechos reales. Sin ese tipo de explicación no comprenderíamos como Clint Eastwood, probablemente el director con la carrera más envidiable de los que aún se encuentran en activo, ha escogido este argumento -ideal para un telefilm de sobremesa- y le ha dedicado tanta atención, y lo ha mimado con tanto cariño. En manos de cualquier otro cineasta con menos recursos (por supuesto no sólo hablo de talento) El Intercambio sería un estrepitoso coñazo.

A este drama -o thriller, o lo que sea- le falta el aliento de la cotidianeidad, porque es eso lo que en el fondo aviva una película y hace creíbles y cercanos sus personajes. Eastwood, consciente de haber entrado en el círculo de los grandes maestros intocables de Hollywood, no se arriesga en su última película. El director de títulos míticos como Sin Perdón no se moja ni una gota y deja que su afamado clasicismo nutra el film y que una interpretación notable de Angelina Jolie lleve el rumbo de la película. Pero Angelina no hace milagros y en cada secuencia parece recordarnos que lo suyo es una actuación (buena, sí) pero siempre actuación.

Conclusión, una película bien interpretada y mejor dirigida, que de tan correcta se hace tediosa.


martes, 6 de enero de 2009

Camino (2008)

En el nombre del padre... y de la hija


Desconozco si saber cómo acaba una historia reduce la emoción que produce alcanzar el fin del relato (por falta de sorpresa), o si por el contrario la multiplica (no por esperado es menos atronador un desenlace ya digerido). Lo que tengo claro es que conocer como muere el relato sí modifica al menos el modo de contar una historia. En Camino conocemos el trágico final porque, además la polémica levantada, la primera escena es toda una declaración de las implicaciones del film y de su director.

Hasta ayer Javier Fesser era un director casi anecdótico con películas como El Milagro de P. Tinto o Mortadelo y Filemón, y hoy es todo un protagonista. Camino es un salto arriesgado y valiente en la carrera de Fesser, un nuevo rumbo voluminoso que se mueve entre varios géneros, con matices de comedia, de terror, de cine surrealista, pero con fondo de drama, con alma de tragedia.

La polvareda que levanta Camino por donde va, se debe a la etiqueta que le han puesto de film polémico que arremete –no es para tanto- contra el Opus Dei. La crítica es la ridiculización del fanatismo religioso, no así para una organización de por sí fanática y sectaria en sus métodos.



Es admirable la pericia del director para el desglose de la narración de forma que el ritmo no decaiga en ningún momento de su extenso metraje. No es sensiblera, no hay crescendo final, ni escena donde caer rendido. Camino no busca la lágrima fácil, pero la encuentra. Si el guión flojea en alguna parte, lo hace en la caricaturización de algunos personajes, me vienen a la cabeza los curas y sobretodo la madre, que no se baja de la burra más que en una escena, el reencuentro con su marido.


Y ahí es donde el vuelo de la película se levanta más hermoso y emotivo que nunca, en la relación entre Camino y el padre de la criatura. Dos actores te acongojan, dos actores se llevan los aplausos. Mariano Venancio está grandísimo en cada gesto, en cada mirada, en cada frase. Luego está la cría. Nerea es maravillosa.

Lo peor: Cierto infantilismo (con matices) en algunos tramos, especialmente en las secuencias de sueños y pesadillas.

Lo mejor: El talento de Fesser para combinar las escenas más acarameladas con un cine aterrador, brutal y desgarrador, sin perder por ello la emotividad que merecía la película.

Cuando una película de la que ya conocemos el final sorprende en cada escena, se arriesga en cada decisión y emociona allí donde muere el relato, creo yo que bien merece el calificativo de extraordinaria.


jueves, 18 de diciembre de 2008

Crepúsculo (2008)

Vampiros descafeinados


Lo primero es dejar las cosas claras: ni soy un experto en cine de terror (ni en ningún otro), ni consumo historias de vampiros. No hace falta decir que ni he leído las novelas de Stephenie Meyer, ni tengo pensado leerlas. Todo esto lo digo porque mi intención está lejos de ofender a la legión de seguidores que se han acoplado al carro del éxito de Crepúsculo, un fenómeno literario juvenil que arrasa por donde pasa y pisa, de esos que de cuando en cuando se levantan como tormentas torrenciales.

La historia (originalísima) cuenta cómo una joven mortal llamada Bella (monísima Kristen Stewart) se enamora ¡en clase de biología! de un joven vampiro de nombre Edward (monísimo Robert Pattinson) que no puede estar junto a ella porque siente una extraña atracción por ¡zampársela! Para ser una película de vampiros le falta ese color tan maravilloso que es el rojo, rojo morbo, rojo pasión, rojo sangre.

Crepúsculo se deja ver los 122 minutos que dura, pero también se deja olvidar con facilidad al poner un pie en la calle. Cualquier lucecita de navidad te hará olvidar una película que con cada frase pretende regocijarse en la cursilería. Aunque no todo está perdido en Crepúsculo, me sorprende lo bien que aguanta la protagonista femenina el peso de la película (no es mucho, pero bueno...) y el acertado tratamiento de su personaje. Ella es triste y acepta las cosas que suceden con escepticismo.

Pero lo cierto es que hay que reconocer que para ser un producto de encargo, Crepúsculo tiene un tratamiento de la fotografía muy cuidado y una puesta en escena limpia y en ocasiones hasta elegante. Pero eso mismo se convierte también en problema. Es demasiado higiénica, como de una limpieza esterilizada. Echo de menos un ambiente mucho más turbio.

Qué bien le habría sentado a Crepúsculo que su directora Catherine Hardwicke le hubiese dado a la película el tono de terror de los años setenta que tan de moda está, resucitado por Planet Terror de Robert Rodríguez o True Blood de Alan Ball. Pero no fue así y Hardwicke casi se recochinea de nosotros vendiendonos la película como espéctaculo de consumo familiar. Cine pre-pubescente tan autocomplaciente que sirve para que los más jóvenes y rebeldes de la casa se vean reflejados, se miren el ombligo y asientan con la cabeza.




martes, 16 de diciembre de 2008

Quantum of Solace (2008)

Un petardo curioso


Ya sé que Casino Royale prometía una secuela a su medida, y ya sé que es mucho pedir, pero si cumplen dos claras premisas podrán disfrutar del nuevo Bond. No esperen en Quantum of Solace un guión cuidadísimo, no lo tiene. Tampoco esperen entender la trama a la perfección tal y como fue concebida, pues es casi imposible, se han pasado de listos. A pesar de los numerosos fallos, perceptibles sin esfuerzo, la película de Marc Foster no llega a disgustar, y tiene momentos casi vibrantes. Porque Quantum of Solace no es tan mala como nos quieren hacer creer, tan sólo es ligera y un pelín (bastante) descuidada. Tiene dos historias de amor, y no se esfuerza en prestar detalle a ninguna de ellas (la sombra de la irresistible Eva Green es alargada).



Comete un error considerable al convertir a James Bond en un héroe de acción veraniego, aunque Daniel Craig se confirma como el mejor Bond imaginable. No es que sea un actor formidable, pero Craig tiene lo que hay que tener para vestirse de Bond y llevarse todos los elogios. Dijo una vez Tarantino que una buena película de acción es aquella en la que después de verla el espectador deseara vestir como los protagonistas. Visto así no me sonrojo al decir que si bien su predecesora Casino Royale era excelente, Quantum of Solace al menos no es cine de mala calidad.

lunes, 8 de diciembre de 2008

The Village (2004)

Ensayo sobre la inocencia


Quien se encargó de traducir The Village al español por El bosque tiene poco futuro en su trabajo. Cualquiera con un diccionario a mano entiende por village pueblo o aldea. Pero claro, los responsables aludirán una estrategia de marketing vendiendo su "bosque" como un tenebroso y escalofriante film de terror paranormal en la línea del exitoso El Sexto Sentido. Error grueso en la elección del género que no beneficia en nada la reputación del director Night Shyamalan como director de culto, una campaña de publicidad que además intenta encasillar en el género de terror a uno de los cineastas con más recursos y proyección del cine norteamericano. Sirve así estupendamente la dilogía formada por The Village (la película concebida por el autor en su versión original) y El bosque (la película manipulada que llega a nuestros cines, ensuciada), para representar los dos tipos de reacciones que provoca.

Hay quienes aún se esfuerzan en decir que es una película de terror. Pues es el terror más hermoso y cautivador que he podido ver en la oscuridad de la sala de cine. Muchos hablan de decepción. No me extraña, ya que la engañosa publicidad y un pésimo doblaje impiden disfrutar enteramente de una rara pieza de artesanía, deleitarse con su sonido ambiente, con su bella y enigmática banda sonora, con las voces originales de todos sus excelsos intérpretes (se nota que la mayoría proceden del teatro), cómo ríen, cómo lloran, cómo suspiran. El trío actoral protagonista está insuperable: gracias a la eficacia de Joaquin Phoenix, el rigor interpretativo de Adrien Brody y la portentosa irrupción de Bryce Dallas Horward (es como para contener la respiración).

A nivel visual el prodigio estético es tan notable que la fotografía del señor Roger Deakins enamora desde el primer minuto. Sin embargo, y a pesar de todas las virtudes ya citadas, en The Village lo que lleva al delirio es su maravilloso guión y un conmovedor romanticismo. Vamos ya por tanto a desgranar las claves de ese guión que intentaré no profanar.


Indaga Shyamalan en la naturaleza de dos cosas tan manidas, tan vapuleadas como el miedo y la violencia. Los habitantes de esta manada recurren al miedo para preservar la inocencia de sus crías, inspirar en ellas la bondad y la compasión como pauta de comportamiento, y erradicar el mal y la violencia. Pero el cineasta de origen hindú, que no es tonto, sabe que el mal es inherente al hombre e indisoluble del bien. Es curioso que la película con el lenguaje más educado, puritano, con menos referencias sexuales o agresivas estrenada este año sea, a su vez, la que ofrezca una visión más oscura del hombre.

Shyamalan lo disfraza de locura, pero es el amor lo que lleva a uno de los habitantes de su aldea a cometer un atroz crimen (tres planos para la puñalada mejor filmada) que rompe la calma y desestabiliza los cimientos que tenían esos señores para instalarse en ese pueblo rodeados por un bosque cuyas criaturas no son más peligrosas que ellos mismos. La mentira que cuentan los mayores de la aldea acerca del bosque no es muy distinta de la que nos contaron los padres, o aquellos cuentos (que creíamos infantiles) de los hermanos Grimm o de Hans Christensen Anderson, o incluso las películas de Disney. Historias todas en las que el miedo era el motor del morbo y que nos enseñaban que hay lugares en los que mejor no estar, personas a las que es preferible no conocer, y cosas que no hace falta probar.


La interpretación de una obra saca a relucir el intelectual que todos llevamos dentro (algunos mal alimentado) pero cuando una película adquiere diferentes lecturas con cada visionado, hace sonrojar hasta al más lúcido de los espectadores para dibujarle esa estúpida sonrisa de presenciar algo único, algo vivo. Hasta ahora las películas del señor Shyamalan presumían de una calidad excelente, pero su The Village está tan viva como nosotros, y por eso mismo, porque acaba de nacer, despierta tanta polémica como admiración, que es encanto en definitiva. Y a medida que crezca como obra, a medida que pase el tiempo sobre ella será reconocida como lo que es. Una indiscutible, aunque extraña, absoluta obra maestra.


martes, 25 de noviembre de 2008

My Blueberry Nights (2007)

El nuevo (y elegante) punto de partida de Wong Kar-Wai


Gracias a madre-internet (bendita) y sus famosas descargas ilegales podemos disfrutar de la última película de Wong Kar-Wai, porque un error mayúsculo de distribución o de programación o de quien sea, nos ha privado de ver un film con un reparto muy atractivo y dirigido por un señor que ya se ha convertido en piedra de culto del cine oriental. Pero ahí no acaba la cosa, My Blueberry Nights aún no tiene fecha determinada de estreno, lo que significa que -suponiendo que pase por cartelera- llegará a las salas españolas dos años después de su estreno en EEUU, como si se tratase de un país tercermundista. Pero por supuesto el coste de la entrada se mantendrá inamovible. Una vergüenza.

Pues la última película de Wong Kar-Wai, nostálgica y melancólica, es también su primera incursión en el cine americano. El director chino es un referente por su estilo visual marca de la casa con techo en la espléndida dilogía -no sé si se dice así- formada por In the mood for love y 2046. Aunque My Blueberry Nights queda lejos de la maestría de las ya citadas, es ésta una incursión elegante, como no podía ser de otro modo en el cine de Kar-Wai, en un nuevo abanico de posibilidades, el panorama de Hollywood acoge con los brazos abiertos las cadencias exóticas, los ritmos melódicos con los que lleva deleitándonos más de una década.

Aquí el director de Happy Together utiliza un particular póker de actores, cuatro caras reconocibles, y pone a debutar a una sorprendente Norah Jones sólo superada por dos de esos rostros que no se olvidan fácilmente: Rachel Weisz y Natalie Portman. La primera (futura chica Amenábar) es cuestión de gustos, aunque su duelo de miradas y su historia de des-amor con David Strathairn sea lo mejor de la película. La segunda (confirmada su presencia en la próxima de Jim Sheridan) es inapelable, indiscutible. Portman es toda una diva generacional.

El hilo invisible (2017)

Para el chico hambriento El artista como loco déspota, la moda como vehículo de apariencias y el amor como enfermedad. ‘Phantom Th...