viernes, 17 de abril de 2009

Let the right one in (2008)

Obra maestra a la sueca


Qué año más raro de cine ha sido el 2008. Ha vuelto la moda de los vampiros por varios motivos, aunque la mayoría de ellos tienen que ver con la literatura: al fenómeno juvenil del Crepúsculo de Stephenie Meyer no le ha faltado su adaptación cinematográfica, una película pasable aunque un poco sosa, mientras que Alan Ball se ha sacado de la chistera una serie de televisión basada en la serie de novelas Southern vampire, de la escritora norteamericana Charlaine Harris. A eso hay que sumarle lo más grave, la película más taquillera del año está protagonizada por un tipo disfrazado de murciélago que salta de tejado en tejado. Pero ahora que ya sabemos qué piensa Hollywood de los vampiros, centramos nuestra mirada en Europa.

Let the right one in de Thomas Alfredson (traducida aquí en España como Déjame entrar) es una película sueca que utiliza al vampiro no como un arquetipo, sino como excusa para hablar de esas cosas que realmente nos atormentan. La soledad, el amor, o el miedo a lo desconocido. Oskar, un niño tímido de 12 años, marginado por sus compañeros, se hace amigo de Eli, una misteriosa vecina, cuya llegada coincide con una serie de misteriosas muertes. A pesar de que el joven piensa que ella es un vampiro, intenta que su amistad esté por encima de su miedo.



Es el guión (buenísimo) del film, y su brillante equipo de actores, lo que te engancha, como el cebo que muerde el pez antes de despedirse de todo lo que conoce. Pero lo que primordialmente te pega a la butaca, te deja boquiabierto y te paraliza el cuerpo es la forma de dirigir de Alfredson, que hace gala -¡en su segunda película!- de una precisión impresionante en cada secuencia.

La tensión que te puedes encontar en cualquier escena de esta modesta obra maestra hace rememorar todos los terroríficos encuentros habidos desde el primero de Hannibal Lecter con Clarice Starling en El silencio de los corderos (1991) hasta la habitación en la que se discutía acaloradamente el aborto de 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007).

Let the right one in te emociona, te noquea, te enamora y te acojona. Todo, música, fotografía, efectos especiales, todo es tan delicado que sólo la rendición hará justicia a este precioso film. Mientras tanto intentas asimilar lo que te dice, que no es poco. Sé tolerante, pero sé también cauteloso. Todavía queda tiempo para descubrir atónitos un clímax a mitad de película que va de lo terrorífico a lo romántico con una habilidad absolutamente asombrosa.


jueves, 16 de abril de 2009

Milk (2008)

Biopic convencional


SINOPSIS: Harvey Milk, a los cuarenta años, cansado de huir de sí mismo, deja un puesto ejecutivo en Wall Street para salir del armario y mudarse al barrio Castro, de San Francisco. Se enfrenta a empresarios, sindicatos y políticos intolerantes. Sus victorias son cada vez mayores. Su valentía – recibe amenazas constantes – inspira a otros a seguir sus pasos. En su vida privada, empieza una destructiva aventura con Jack Lira, un joven que se agarra a él para sobrevivir. La comunidad homosexual, que se siente unida y más fuerte, le elige para un puesto público. (FILMAFFINITY)

Biografía de Harvey Milk, el primer político abiertamente homosexual en Estados Unidos, dirigido con mano maestra por Gus Van Sant, pero que no aporta nada nuevo o sorprendente al género, salvo la interpretación de Sean Penn, que resuelve un rol complicado con la solvencia que le acostumbra. ¿No es extraño que un film tan progresista en sus planteamientos políticos sea tan ultraconservador en su forma estilística? Algo falla. Aunque, eso sí, el trabajo de ambientación setentero está tan logrado que ni el excesivo amaneramiento de todo el colectivo gay del film consigue echarlo a perder.


lunes, 13 de abril de 2009

Gladiator (2000)

Luces y sombras


 
Si ya de por sí no es sencillo entrar a valorar cualquier película con frialdad y obviando toda clase de sentimentalismo, menos aún es hacerlo con una película como la que nos ocupa que dejó una huella impresionante en una generación completa, que no es otra que la mía. La sensación que me provoca el film es de un completo aturdimiento*. Aturdimiento: 1. Perturbación física de los sentidos por efecto de un agente externo como un golpe o un ruido; 2. Perturbación emocional momentánea; 3. Falta de serenidad y reflexión. De ahí que considere el esquemático método de pros y contras (ventajas y desventajas, claros y oscuros...) como la mejor forma, al menos la más eficaz, de evitar la redacción fluida en la que seguro me perdería.
 
 
Luces

1.- Revitalización de un género, el peplum / Sublimación de sus cánones y códigos genéricos. El peplum es un concepto al que dio nombre la crítica francesa para referirse al cine de aventuras ambientado en la Grecia y la Roma clásicas. El peplum tiene fama de no ser muy riguroso con sus referencias históricas. En ellos se magnifica la valentía y fortaleza del protagonista. La ambientación buscaba la espectacularidad. La película dirigida por Ridley Scott insufló vida al género, y su influencia en el cine reciente es indudable: Troya (2004), la insufrible Alejandro Magno (2004), 300 (2007) o la serie de televisión Roma (2005).

2.- Interpretaciones convincentes, resultonas. Acudimos al nacimiento de una estrella mayúscula, Russell Crowe que tras el rudo policía de L.A. Confidential y el científico de El Dilema, irrumpe portentoso en el panorama estelar de Hollywood, Oscar incluido. En frente, Joaquin Phoenix, cuyo rostro es la viva imagen del odio.

3.- Magnífica banda sonora del compositor Hans Zimmer, que aturde* y emociona.




Sombras

4.- No transgresión / No adaptación a su tiempo cinematográfico. Donde más cojea la película de Ridley Scott es en lo modélico de sus planteamientos, todo está tan trillado que no hay lugar para la transgresión del tratamiento, ni estético, ni plástico (años después lo conseguiría 300) , ni mucho menos discursivo.

5. Caricaturización de personajes. Los personajes principales están estereotipados, como castas idealizaciones del bien y el mal.

6.- Grandilocuencia / Super-elefante blanco. La pomposidad de su argumento: "El general que se convirtió en esclavo, el esclavo que se convirtió en gladiador, el gladiador que desafió a un imperio", rezaban los titulares promocionales de la película más popular de los últimos tiempos. La suntuosidad de sus frases.
 
El resultado final no es tan impecable como algunos pensaron (entre los que me incluyo) en el momento de su estreno, pero está lejos de ser todo lo bochornoso que nos venden los pseudo-intelectuales que se creen puristas del cine. Sopesadas luces y sombras, me reafirmo en que Gladiator es impresionante, o al menos causa impresión, que para el caso debería tener el mismo efecto. Pd. El reparto de estrellas permanece (injustamente) invariable para no herir mi antiguo orgullo de inocente fanático del film.


lunes, 23 de marzo de 2009

Los abrazos rotos (2009)

Carta abierta al retrotributo

Qué importante es para un autor haber alcanzado el pleno dominio de cualquier lenguaje expresivo, más aún si es el específico de su materia, para que cada nueva obra que estrena sea considerada un paso adelante, aunque la misma se encuentre estancada en vicios del pasado.

Es el caso de Pedro Almodóvar, cuyo cine tiene techo en Todo sobre mi madre (con continuidad en Hable con ella y en Volver) y así supera la categoría de cine de autor para merecer el apodo de maestro. Por eso, ver La mala educación en pleno éxtasis huracanado era fascinantemente provocador. Con Los abrazos rotos Almodóvar baja de nuevo al escalón de La mala educación y su complejo entramado de personajes en el tiempo.

Que todo responda a lo auto-referencial explica el tono dramático (en ocasiones trascendental) del que uno hace gala cuando se trata de hablar de sí mismo. Y es ésto último lo que podría hacer de Los abrazos rotos un producto cargante y cansino, de no ser porque el director manchego se mueve ya en otra esfera, la de la genialidad domada, y desde ahí arriba (casi) todo parece intocable.

Intocable en su labor como director de actores, al menos en el caso de los cuatro protagonistas. Lluís Homar, Blanca Portillo, José Luis Gómez y Penélope Cruz, convertida en actriz fetiche del director, su Sofía, su Claudia, su Marilyn, su Audrey.

El protagonista de Los abrazos rotos es precisamente un director de cine que se prepara para reestrenar su particular Mujeres al borde de un ataque de nervios, una comedia en el peor momento de su carrera. Ha perdido todo cuanto amaba. Su vista. Su amante. Su actriz. Cuando las tres probablemente eran una misma persona.

Como acostumbra, la puesta en escena es magistral y nos regala un par secuencias memorables, a elegir, entre la revelación de una infidelidad a través de la lectora de labios, los encuentros apasionados entre Penélope y Homar, o la forzada agitación sexual bajo sábanas blancas que ya quisiera para sí el mejor Rossellini.



Dice Almodóvar que su décimoséptima película es la más compleja de todas y un homenaje a su amor por el cine. Aunque probablemente ésta sea su oda al amor ciego a una actriz, Penélope, con la que se identifica, y con la que está encantado de identificarse.

Lo peor: La resolución del conflicto argumental, invadido por un flojo melodrama, y los chirriantes personajes (y actores) más jóvenes.

Lo mejor: Todos los apartados técnicos, música del compositor Alberto Iglesias incluida. Y el pulso de Almodóvar en la presentación y exposición de espacios, tiempos, personajes y géneros.



viernes, 6 de marzo de 2009

Gran Torino (2008)

Gran Eastwood, un reserva en su género


Walt Kowalski (Clint Eastwood) es un veterano de la Guerra de Corea, trabajador jubilado del sector del automóvil, racista y resentido, que vive encerrado en su mundo desde que enviudó. Su máxima pasión es cuidar de su más preciado tesoro: un coche Gran Torino de 1972. Sus vecinos de siempre han muerto o se han mudado, siendo sustituidos por inmigrantes latinos, afroamericanos y asiáticos. Las pandillas callejeras presionan a Thao, un joven de origen oriental, para que robe el Gran Torino de Walt, pero el viejo lo impide. En agradecimiento, la madre de Thao manda a su hijo a trabajar para Kowalski y juntos intentarán arreglar el barrio.

Las últimas películas de Clint Eastwood nos han hablado de forma cándida y reflexiva sobre la muerte. Tal vez el director de Million Dollar Baby se haya puesto a buscar un fin de fiesta, un cierre comprometido, una despedida a lo grande al cine que él tanto ama.

Walt Kowalski, gruñe en su casa, sólo le aguanta su perrilla, tiene siempre un rifle a mano, pero no va a vengarse de nadie, asume que su tiempo ya pasó y en una escena magnífica (una de las más determinantes de todo el cine del director), se lanza furioso e impotente a un sillón en la penumbra de su salón. Desconozco cuánto mérito de sus películas (todas, más que buenas) es atribuible al Eastwood director, pero sí sé que delante de la cámara funciona como auténtico imán y su sello perdurable me impide reconocer si se trata de un buen actor o simplemente tiene la atracción de icono mítico que merece. Simplemente cuando Eastwood no está, la película pierde gas.


Gran Torino sólo nos trae buenas noticias. Tiene el aroma de una última y definitiva lección magistral, pero a la vez nos descubre a su director en plena forma y con ganas de más, de hecho ya tiene algún que otro proyecto entre manos. Por lo que pueda pasar, Eastwood ya nos ha dejado su legado, y éste responde con la misma solvencia a las inquietudes del veterano actor que a las de una sociedad en constante proceso de regeneración.


viernes, 27 de febrero de 2009

The Wrestler (2008)

Cicatrices del tiempo


"¿Qué ocurre cuando se apagan las luces del escenario, cuando los fans dejan de aclamar a sus ídolos, cuando todo el mundo vuelve a sus casas y la magia del espectáculo enmudece? Entonces volvemos a la realidad, abandonamos la catarsis que nos evade de nuestras vidas cotidianas y las estrellas se despojan de sus disfraces y ornamentos, convirtiéndose en personas de carne y hueso, con sus alegrías y sus penas, como cualquiera de nosotros. Y muchos son los astros apagados, sepultados bajo el peso de la edad o las consecuencias físicas y psicológicas de décadas de entrega a una jauría humana que siempre pide más." (José Arce: La Butaca)

Evidentemente este fragmento no es mío, pertenece a la crítica The Wrestler: La tragedia del Ave Fénix que realiza José Arce en LaButaca.net, y lo he escogido porque no hay mejor manera de describir el argumento de la cuarta película de Darren Aronofsky, y de muchas otras -lo que la hace tan convencional- que retratan el descenso y/o resurrección de idolatrados mitos escénicos. Aronofsky (patinó en Réquiem por un sueño, se lució en La fuente de la vida) rinde aquí su difícil carácter al del luchador hastiado Randy Robinson, arrancando desde su espalda en la travesía por el dolor y la soledad de un tierno Mickey Rourke de rostro desfigurado por las peleas del tiempo.

Un engranaje argumental convencional que ya hemos visto muchas veces (sin ir más lejos, el primer Rocky) esconde un tratamiento rudo y resignado del héroe. El final no es lacrimógeno, no hay resurrección, ni redención posible. Es un salto para abrazar el dolor físico como el único posible. Aunque no sea éste el que más duele.


lunes, 16 de febrero de 2009

Slumdog Millionaire (2008)

Grata y colorida aproximación a Bollywood

A sus 18 años, Jamal se ha convertido en uno de los concursantes más jóvenes de la versión india de "¿Quién quiere ser millonario?". El chico, un huérfano de los suburbios de Bombay, va contestando correctamente a las preguntas para sorpresa de todos, incluido el presentador, que está seguro de que hace trampas. Cuando está a punto de ganar los 20 millones de rupias, Jamal es detenido e interrogado. La policía quiere descubrir por qué sabe tanto, pero para ello hay que oír su curiosa historia.

Hay una cosa que hace diferente a Slumdog Millionaire de la media de películas que se estrenaron este año, esa cosa que hace de lo lejano -el exotismo de la India- algo cercano, gracias al concurso televisivo que nos es de una cotidianeidad inusitada. Es el montaje. Y su frescura no se agota hasta el final del metraje. Que sus imágenes se colarán entre las mejores del año no cabe duda, pero a esta grata sorpresa se le quedarían grandes los Oscar (sería una injusticia ver a Danny Boyle arrebatándole la estatuilla a David Fincher).

También hay escondida una historia de amor en la que no profundiza porque Slumdog Millionaire no es un romance propiamente dicho, sino un cruel drama. Esta es una película que nos cuenta lo que ocurre cuando la suerte se cruza con el destino, y todas esas pequeñas cosas que arrastramos para alcanzar ese momento. Me viene a la cabeza ahora mismo una pregunta que cuanto menos inquieta. ¿Hasta qué punto podemos confundir la suerte con el destino?

Lo mejor: una brillante y vibrante primera hora. Lo peor: El bailecito bochornoso made in Bollywood con el que nos despide. La última película del director de Trainspotting es una cinta vistosa, original (pero ésto me temo que es mérito del libro en el que está basada), que se ve con agrado, pero es moda pasajera. Hay que ver Slumdog Millionaire aunque sólo sea para presenciar como una película rara y modesta fulmina sus aspiraciones y se convierte en la revelación del año.

martes, 10 de febrero de 2009

El curioso caso de Benjamin Button (2008)

Esplendor y ocaso



Y cayó. La tercera obra perfecta (por esquivar aquello de maestra) de David Fincher es la menos contundente de las tres, aunque la más autoconsciente de serlo. Brad Pitt y Cate Blanchett son algo más que caras bonitas, ponen rostro a una espléndida fábula (mismo calificativo merece el libreto de Eric Roth) sobre el paso del tiempo. Nada perturba en Benjamin Button.

Durante su primera mitad todo es alarde de técnica y perfecto acabado visual. Pero es en la segunda mitad donde, ya asumido el lujurioso diseño de producción y coincidiendo con el esplendor de los cuerpos, la película verdaderamente se vuelve conmoción. De ahí en adelante el relato es una constante batalla a contrarreloj que acaba donde suelen empezar todas los demás relatos.

Qué importa entonces si el complejo entramado de narraciones superpuestas o Fincher creyéndose Jean-Pierre Jeunet con un preciosista anhelo por el detalle funcionan como lastre. No puedo buscarle los defectos a una película que tanto regala, que no se agota en el intento de ser cada plano mejor que el anterior. 

Muchas son las secuencias memorables y las imágenes para el recuerdo. Benjamin conoce a Daisy, él es viejo, ella, una niña. Benjamin sabe que es especial pero no comprende si es virtud o defecto. Una madrugada en un hotel. Un atardecer. Una bailarina que se desliza bajo la luz de la luna. Alguien atropella a otro alguien. Benjamin aguarda impaciente y asustado, mientras Daisy da a luz entre gritos. Benjamin se disculpa por todas las cosas que le hubiese gustado hacer con su hija, y no pudo. Daisy recuerda que hay cosas que sí permanecen en el tiempo, que son para siempre. Ya sólo queda poner el lazo. Pero eso ya lo descubrirán ustedes.

Partiendo de la base de que Benjamin Button tiene sus limitaciones como cine comercial -al igual que cualquier película las tiene- y sin embargo dentro de sus propias limitaciones se exprime al máximo y el resultado es extraordinario.


No es el mejor film del -llamémosle así- excelente David Fincher, aunque sí es su obra más popular y asequible, una éxitosa (y redonda) incursión en el mainstream, transformando la fantasía en épica crepuscular -con repertorio de atardeceres incluido-, su visionado es imprescindible e inolvidable.

La película se mueve entre dudas y nos abandona con una certeza. Entre todos podemos hacer que Benjamin Button transcienda su tiempo y perdure en la memoria como el clásico que merece ser.


domingo, 8 de febrero de 2009

Lo mejor del 2007

10.- Los Cronocrímenes (Nacho Vigalondo)

Tarde o temprano la momia rosa, Vigalondo y su máquina del tiempo pasarán a la Historia del Cine Español.

9.- Michael Clayton (Tony Gilroy)



Toda una sorpresa, un thriller oscuro, complejo y difícil de digerir, nunca convencional. Michael Clayton merece cada una de las nominaciones a los Oscar que se ha llevado, por su terriblemente creíble atmósfera, que te absorve, en parte gracias a la labor de sus espléndidos actores, todos en el mejor momento de su carrera.

9.- Juno (Jason Reitman)

Cronenberg va a más. Lo mejor: Viggo Mortensen, y la secuencia de los baños termales. O las dos cosas juntas.

8.- REC (Jaume Balagueró)

Elaborado ejercicio de montaje cargado de perspectivas radicales y unas potentes interpretaciones masculinas. (...) Un monstruo escénico aguarda dentro de Philip Seymour Hoffman.

7.- Zodiac (David Fincher)


Fincher no da lugar a la improvisación con su milimétrica planificación al detalle, tan minucioso en la exposición cronológica de los hechos y las fechas como respetuoso con el material que se trae entre manos. (...) No se puede negar la valentía de Fincher para enfrentarse a los detractores que lo acusaban de ultramoderno y efecticista.

 
6.- Death Proof (Quentin Tarantino)



5.- Viaje a Darjeeling (Wes Anderson)



El cuidado de las formas, la búsqueda de pequeños placeres y la renuncia a los ideales (...) cuando las imágenes se funden en una prodigiosa banda sonora, en Darjeeling, allá donde la congoja se transforma en gozo.

4.- Expiación (Joe Wright)

Con una primera hora sobresaliente, la segunda no pierde en ningún momento el entusiasmo y mantiene vivo el interés. Si el rostro de Keira es poesía, el de McAvoy es todo un poema. Ambos son dignos de expiación.

3.- No Country for Old Men (Joel Coen, Ethan Coen)

Toda la película funciona como manual de ética del Western, con sus reflexiones (nunca discursivas) sobre la moralidad de los hombres buenos, ambiciosos, de los hombres cuerdos, y los hombres viejos. (...) Horas después de su visionado resuenan los ecos de una película perfecta.

2.- Ratatouille (Brad Bird)

Original, divertida, impecable. Ratatouille nace del gozo del cine bien entendido, del vanguardismo a partir del retorno al clasicismo del Disney de los años 40 y 50.

1.- There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson)


Su grandiosidad formal, la impecable puesta en escena y su narración como alegoría de las inquietudes del hombre (y de la propia historia de América), la convierten en una película destinada a estudiarse en las academias de cine dentro de 10, 20 o quizás 50 años. (...) Inconmensurable Daniel Day-Lewis.

domingo, 1 de febrero de 2009

Revolutionary Road (2008)

Entre esas cuatro paredes



En los años cincuenta, Frank (Leonardo DiCaprio) y April (Kate Winslet) son una joven pareja que vive en los suburbios de Connecticut. Su vida, aparentemente feliz para muchos otros, tras casarse y tener dos hijos, se encuentran ante la disyuntiva de luchar por sus verdaderos deseos o conformarse con su estado actual, una vida donde ambos se sienten mediocres, del montón, precisamente ellos que siempre se vieron a sí mismos como especiales, diferentes, preparados para alcanzar los sueños y lograr altos ideales.

Se ha convertido en costumbre. Una película ninguneada por los Oscar tiene un porcentaje alto de ser valiente, arriesgada e incluso sensacional. Desde que se repartieron las nominaciones a los famosísimos premios de la Academia americana supe que Revolutionary Road no era el vehículo hacia el formalismo que nos vendían algunos críticos estadounidenses. Por supuesto que no es la mejor de Mendes (cualquier película comparada con American Beauty sale perdiendo) y le falta perversión para llegar a la cima, le falta agresividad para ser excelente. Pero confirma a Mendes como uno de los mejores en su oficio con un encomiable trabajo de puesta en escena. La ardua tarea de adaptar una obra teatral en cine exige lo mejor de Mendes y de sus actores, y la entrega de éstos es la que hace posible Revolutionary Road.

La estructura dramática está construida de una manera cíclica, de modo que los primeros diez minutos, es decir todo aquello que va antes del rótulo con el propio título de la obra, funcionan como la condensación de todo lo que sucederá en el resto del film. La cámara busca a los protagonistas entre una multitud de gente, y cuando los tiene fijados, se va acercando a ellos. En ese momento se conocen Frank y April, son los años cincuenta, y ella dice querer ser actriz. Elipsis temporal. Se baja el telón. Ella se refleja en un espejo. Llega la discusión en el coche. Están representando un papel en lugar de vivir sus vidas. Esas vidas que llevan no son más que el reflejo de lo que habían imaginado. Estalla la primera decepción. Ahora sí, vemos blanco sobre negro el nombre de una calle de un suburbio residencial de Connecticut. Y todo lo que después viene es el recorrido de la espiral que ya se ha abierto.



Venga, vale, al toro. Cuanto antes mejor. A poco que me conozcan ya sabrán que esto me duele a mí más que a nadie. Me vais a obligar a admitirlo. Lo voy a decir. Leonardo DiCaprio es lo mejor de la película. Ya lo he soltado. Y Kate Winslet hace lo que puede (que es mucho) para seguirle. DiCaprio en el mejor momento de su carrera, con un par de escenas de emoción contenida y aguantando el tipo en el resto. Está estupendo. Esas dos escenas de las que les hablo justifican la película entera. La primera, después de la infidelidad de Frank, llegar a casa y descubrir que allí esperan su mujer y sus hijos (que se evaporan durante el resto de la película) es el comienzo de su suplicio, ahí se da cuenta de que todo está perdido y tiene que empezar de nuevo. La otra, la más discutida, es el punto de no retroceso, no es posible empezar de cero y Frank y April lo saben, aún así se regalan un fabuloso, amable y tierno desayuno. Despedida.

Hace no mucho leí sobre cuánto le gustan al director Sam Mendes las ventanas. Pues su último trabajo es una de esas películas en las que (parece) nada pasa, nada sucede, la narración no avanza, donde las escenas se encadenan, se superponen unas sobre otras. Y sin embargo no nos importaría quedarnos a vivir entre esas cuatro paredes, y ver las cosas -que sí nos suceden- a través de la ventana de Mendes. Lúcida y transparente. ¿No es eso el cine?



jueves, 22 de enero de 2009

El Intercambio (2008)

El arte de ser correcto

Los Angeles, año 1928. Christine Collins (Angelina Jolie) es una madre que recupera a su hijo, al que habían secuestrado meses antes. Pero en la locura del muy fotografiado reencuentro, comienza a sospechar que el niño que le han entregado no es su hijo. A pesar de unas fuerzas del orden corruptas y de una opinión pública más que escéptica, intenta dilucidar el misterio cueste lo que cueste. Tachada de loca e incapacitada, por fin encuentra un aliado en el reverendo Briegleb (John Malkovich), que la ayudará en su búsqueda...

Antes de comenzar, El Intercambio jura en blanco sobre negro que todo lo que vamos a ver a continuación está basado en hechos reales. Sin ese tipo de explicación no comprenderíamos como Clint Eastwood, probablemente el director con la carrera más envidiable de los que aún se encuentran en activo, ha escogido este argumento -ideal para un telefilm de sobremesa- y le ha dedicado tanta atención, y lo ha mimado con tanto cariño. En manos de cualquier otro cineasta con menos recursos (por supuesto no sólo hablo de talento) El Intercambio sería un estrepitoso coñazo.

A este drama -o thriller, o lo que sea- le falta el aliento de la cotidianeidad, porque es eso lo que en el fondo aviva una película y hace creíbles y cercanos sus personajes. Eastwood, consciente de haber entrado en el círculo de los grandes maestros intocables de Hollywood, no se arriesga en su última película. El director de títulos míticos como Sin Perdón no se moja ni una gota y deja que su afamado clasicismo nutra el film y que una interpretación notable de Angelina Jolie lleve el rumbo de la película. Pero Angelina no hace milagros y en cada secuencia parece recordarnos que lo suyo es una actuación (buena, sí) pero siempre actuación.

Conclusión, una película bien interpretada y mejor dirigida, que de tan correcta se hace tediosa.


El hilo invisible (2017)

Para el chico hambriento El artista como loco déspota, la moda como vehículo de apariencias y el amor como enfermedad. ‘Phantom Th...