miércoles, 12 de agosto de 2009

Encuentros en la tercera fase (1977)

La penúltima abducción


Encuentros en la tercera fase es un film construido sobre tres pilares: 1.- los primeros encuentros (antológicas las dos escenas del niño, abducción incluida); 2.- los tiempos muertos (terriblemente anodinos que invitan al espectador a desconectar); 3.- la secuencia final, el encuentro definitivo, el clímax ansiado que culmine la película.

Hay un tremendo desequilibrio entre esos tres pilares sobre los que Steven Spielberg articula su película. Por un lado tenemos los primeros encuentros, donde descubrimos que detrás de la cámara se sitúa un virtuoso de la planificación. Son solo unas pocas escenas (se pueden contar con los dedos de una mano) pero ya han quedado grabadas en la memoria del género de ciencia ficción.
Sin embargo, no tardamos en ver el cartón. Los tiempos muertos son aburridos y están inútilmente alargados. Y la segunda mitad de la cinta (por no decir casi toda ella) sufre del mal del cine-embudo (término que podría haber patentado Jorge Valdano de no ser porque se me acaba de ocurrir a mí, chúpate esa Jorge). Cine-embudo: dícese de aquella narración construida en base a proyectar o condensar toda la atención y el interés en su acto final decisivo y definitorio.
Pero el definitivo encuentro en la tercera fase resulta ser abyecto y difícil de tragar. ¿Hemos llegado hasta aquí para ésto? Si no hemos disfrutado del viaje, ¿qué te hace pensar que disfrutaríamos del destino? Desearía que Spielberg hubiera hecho uso de la elipsis en más de tres cuartas partes de la película, y eso es mucho decir



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