jueves, 8 de septiembre de 2016

La joven del agua (2006)

Uno de mis momentos favoritos de cine


Después de realizar las exitosas El sexto sentido (1999), El protegido (2000) y Señales (2002) M. Night Shyamalan, trabajó unos pocos años con una libertad creativa adorable. Durante esos años escribió y dirigió dos películas que para el que escribe esto constituyen una doble entrada en el canon de lo mejor de Shyamalan: El bosque (2004) y La joven del agua (2006). Esta última, La joven del agua, cogió desprevenido a más de un crítico, y es que las expectativas ante cada nuevo trabajo del director de origen indio eran asfixiantes. Puedo entender las dudas en su estreno, sé que no es el trabajo esperado de alguien a quien consideramos un cineasta “serio” un cuento fantástico de ninfas acuáticas con una primera lectura infantil, pero sirve a un Shyamalan en la cima de sus facultades, aunando talento y confianza, para hacer la película que le da absolutamente la gana, y para explorar con éxito, creo yo y experimentar con el elemento más ligado al espectáculo del cine, la puesta en escena.

La joven del agua es una obra preciosa de cine, totalmente inesperada de un tiempo como éste, además de un interesante ejercicio metanarrativo sobre el arte de contar historias. Valiente o absolutamente insensata, no estoy seguro, pero sea como sea La joven del agua requiere el trabajo de un cineasta sin miedo, sin grilletes.

Shyamalan brilla en la puesta en escena. Con una labor de fotografía sí, en serio bellísima, y una música preciosa. Paul Giamatti y Bryce Dallas Howard están alucinantes, te hipnotizan. La joven del agua tiene uno de mis instantes favoritos de cine: ese momento en el que los personajes principales se dan un abrazo de despedida que se siente sincero define toda una carrera, incluso una vida entera si me apuras, la de un cineasta genuino. No se me ocurre ninguna pareja decente para hacer compañía a esta película, de veras. Si entras en su juego, inocente y virgen, es una película sin par, única y emocionante. 

viernes, 10 de junio de 2016

Inherent Vice (2014)

Cine salvaje

“Esta mierda me está congelando el cerebro.” Cito de memoria, y probablemente me equivoque, pero algo así dice Doc Sportello (Joaquin Phoenix) en un momento de Inherent Vice, primera adaptación al cine de una novela de Thomas Pynchon, dirigida por Paul Thomas Anderson. Sin dilatar más una primera impresión: una de las películas más brillantes, enigmáticas y bellas del cine –aún balbuciente– de hoy y de siempre, y se estrena ahora, precisamente ahora. Como ya digo, no es más que una primera impresión y puedo estar muy equivocado, pero las sensaciones en su estreno son las de una obra que crece y ensancha con el tiempo. ¡Id al cine! Que cuando vuestro nieto pregunte cómo fue ver por primera vez Inherent Vice en su estreno, cuando sólo era una película, no tengáis que fingir.

El film de Anderson es fiel y respetuoso con las líneas de texto de la novela de Thomas Pynchon en la que se basa –la figura de Pynchon podría dar para otra película: prestigioso y enigmático en su trabajo, misterioso en su vida privada, vive apartado de los medios, reacio a cualquier exposición pública, héroe de la contracultura. Hay quien ha declarado que ésta película es una obra menor de Anderson por tomar prestada en buena parte la voz de lo pynchoniano. No estoy de acuerdo, creo que el texto sirve al director para despeinar su propio carácter. John Ford tenía los desiertos de Arizona, Woody Allen los parques de Nueva York, Anderson tiene las playas de California. Así entendido, es fácil acordar que la personalidad del cineasta queda patente desde la primera imagen de ese callejón con vista a Gordita Beach, en la radiografía que realiza de una época reciente de América que funciona como el párrafo que sigue a The Master (2012), en los delicados movimientos de cámara que se aproximan a los personajes, en la narrativa borrosa que emula a la manera en que la memoria almacena los recuerdos.
Entre el equipo de Inherent Vice están dos habituales de las películas de Anderson: Robert Elswit y Jonny Greenwood. La fotografía de Elswit es asombrosa: dice que filmó con una película de celuloide viejo almacenada en el garaje de Anderson durante años. Otra gozada es la música, compuesta por una gran selección de canciones de la época y los temas originales de Greenwood –guitarrista y teclista de Radiohead–, que contribuye de manera esencial a la energía irrefrenable de la película.
El título con el que el film se estrena en España, Puro vicio, es una pésima traducción del original Inherent Vice; será que alguien pensó que Vicio inherente –la traducción más lógica al castellano– vendería menos entradas. Aunque parezca un asunto menor conviene señalarlo, porque tiene repercusión en el mensaje de Anderson y Pynchon. Anderson es un cineasta sin domesticar y trabaja sobre una fina línea, tanto que pocos se sostienen sobre ella. Es la línea que separa el cine comercial producido por los grandes estudios de Hollywood, del cine rebelde e insólito de autores a contracorriente. Esa frontera en la que trabaja le permite producir obras bellísimas y salvajes, junto a actores que responden a las mismas expectativas –Joaquin Phoenix, Katherine Waterstone y Josh Brolin como cabezas de cartel comandan un reparto esplendoroso–, y con una casi exclusiva vocación atmosférica –luce la California de los años 70– que difumina la trama pese a tratarse de una intriga criminal propia del llamado cine negro.
A saber, esa intriga da vueltas en círculos alrededor de Doc Sportello, un detective privado enganchado a casi todo lo fumable; Shasta, su antigua novia de verano; y la desaparición y posible secuestro del último amante de Shasta, el magnate inmobiliario Mickey Wolfmann. Sobre ellos emerge la mirada de Charles Manson, el Gobierno de Richard Nixon, el horror de Vietnam, el descenso de la cultura hippie, y el amor perdido entre Sportello y Shasta.



Sin embargo, en Inherent Vice poco importa la trama, y mucho cómo la cinta te arrastra hacia sí misma para vivir tiempos y espacios que es imposible habitar de otra manera. Como el simple rumor de las olas te arrastra mar adentro, aun seco y tostado en la orilla. Si tengo la suerte de llegar a viejo, la película seguirá grabada en mi cabeza. Y estoy bastante seguro de que volver a ella me descongelará el cerebro como ahora me lo congela, para traerme de vuelta a este momento. Nuestro tiempo sudoroso y alucinado, el presente. Éste es un film sobre cómo recordamos a algunas personas.

viernes, 12 de febrero de 2016

Lo mejor del 2015

– Carol (Todd Haynes)



Aunque popularizada en algunos medios como una especie de Brokeback Mountain femenina, sin embargo, el asunto de la homosexualidad es apenas motivo de drama en la película de Todd Haynes. Cate Blanchett hace de Cate Blanchett, Rooney Mara de Rooney Mara, (dos actrices muy cerebrales a las que no me atrevería a soltar en una película apasionada) y ambas disfrutan pasando tiempo juntas. Dos mujeres enamoradas en el Nueva York de los años 50, en una película (ahí es nada) sofisticada, íntima, elegante y sutil, bellamente diseñada para dibujar círculos.

– The Hateful Eight (Quentin Tarantino) 


The Hateful Eight es, sobre todo, exhibición de talento, así que entiendo que pueda irritar a unos pocos, pero es el trabajo de alguien que escribe, filma y edita sin límites y con un talento descomunal para remover, despertar, o provocar pasiones subterráneas. Podemos ponernos de acuerdo en que le sobran cosas aquí y allá, es un poco salvaje estrenarla comercialmente con 168 minutos, esto lo sabrá Tarantino igual que lo sabemos nosotros y aún así hace lo que él quiere. Sigo pensando que Tarantino es un guionista muy llamativo, pero un cineasta mayúsculo. ¿Teatral? En términos puramente cinematográficos, esto es Misa.

Mad Max: Fury Road (George Miller) 


Visualmente es un prodigio, tiene una fotografía maravillosa, de colores intensos con mucho contraste. Pero es que además la película cultiva un tipo de salvajismo tan excitante en planteamientos, personajes y situaciones que te pone al borde de la butaca de inicio a fin. No suelo pensar en términos de género, pero si lo hiciera, y con la forma en que dinamita el cine de acción, ésto se parecería mucho a una hermosa obra maestra.