La cámara de Haneke
En su texto sobre la película Amor (Haneke, 2012) el genial Jordi Costa escribe en su columna habitual de El País lo siguiente:
"La posición de la cámara de Haneke logra no solo hacer inteligible la arquitectura del confortable piso donde vive el matrimonio protagonista —dos ancianos profesores de música—, sino también extraer todo el potencial dinámico y narrativo del movimiento de sus personajes sobre ese espacio."
Sinceramente creo que el bueno de Costa no puede estar más equivocado en este aspecto. Michael Haneke demuestra de nuevo, en Amor, su fórmula de prestigio. Una historia sobre lo triste, lo desgraciado, lo perverso y lo penoso de la vida encarnado en un matrimonio de ancianos que sufren los síntomas más terribles de la vejez.
Pero en esa fórmula desgarradora -en clave cargante- falta transformar un buen escenario, un notable trabajo de luz y una pareja de intérpretes sensacionales en un soberbio ejercicio de cine. Y ahí es dónde creo que Haneke fracasa. El austriaco es un cineasta que apenas saca rendimiento de la cámara en Amor, filma la película como si se tratara de una obra teatral, en la que parece que el único cometido de la cámara es no molestar a sus actores. No encuentro señales de vida en esta Palma de Oro.