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lunes, 2 de septiembre de 2013

El resplandor (1980)

¿Terror o esquizofrenia?


Se ha extendido entre la crítica y los cinéfilos la idea de Stanley Kubrick como un cineasta que pretende dinamitar los géneros. Cuando Kubrick anunció que su siguiente película sería un film de terror –el único de su trayectoria que puede definirse como tal– en el que adaptaría una novela de Stephen King, la expectación era muy alta. ¿Qué sería capaz de hacer el director neoyorquino con el género de terror?

Pues es cierto que El resplandor se desmarca de algunos lugares comunes del género. Sustos y sobresaltos brillan por su ausencia y es un verdadero gustazo ver cómo Kubrick renuncia a la oscuridad para crear tensión. 

Del trabajo meticuloso de Kubrick con la luz nacen escenas fascinantes. Pero algunas de sus decisiones me parecen muy poco acertadas. Por otro lado, no considero que El resplandor haya revolucionado el cine de terror, porque está lejos de pertenecer a ese grupo de películas.

Dirigir es tomar decisiones. En un momento del film, después de la magnífica secuencia del bate de beisbol, Jack Torrance está fuera de control y su mujer Wendy consigue encerrarlo en el almacén de comida del hotel. Jack intenta engañar a su mujer con buenas palabras para que le deje salir. Aquí viene una decisión complicada. Kubrick apuesta por enseñarnos el rostro de Jack, desvelando el engaño, en lugar de compartir el desasosiego de Wendy, amenazada de muerte por su marido. La decisión está en desechar el efecto de suspense para convertir la película en un retrato de la esquizofrenia del personaje central.

Solo unos meses antes que El resplandor se estrenó Alien de Ridley Scott, una película que demostró que cuanto menos vemos al monstruo más terrorífico crece en nuestra imaginación. Pero aquí la empatía –un caso complejo considerando que Kubrick es un cineasta muy poco empático– es para el monstruo. De hecho la película en muchas situaciones nos obliga a tomar parte como Jack. Participamos en sus ensoñaciones (como el precioso travelling en el que descubrimos una celebración en The Gold Room, con viaje en el tiempo incluido) y entramos con él en la habitación 237. Lo que ocurre en ese cuarto de baño pintado de verde es algo imposible de reducir a palabras. 

El laberinto exterior del hotel tiene cabida dentro del propio hotel, con pasillos que parecen llevar a ninguna parte y con habitaciones en las que el monstruo (una suerte de minotauro al que da vida Jack Nicholson) va conociéndose a sí mismo en una espiral de esquizofrenia. El resplandor continúa siendo una obra enigmática.

domingo, 25 de octubre de 2009

La naranja mecánica (1971)

La exprimidora demodé


Con motivo del décimo aniversario de la muerte de Stanley Kubrick, La Naranja Mecánica volverá a pasarse por la cartelera de Madrid a modo de evento exclusivo y por tiempo limitado. Una oportunidad de oro para saciar lo que a día de hoy podría considerarse un antojo harto complicado, ver (y oír) una película de Kubrick en la pantalla grande. Si Kubrick se hubiese dedicado a aquella que realmente sentía que era su vocación, la fotografía, hubiese sido un genio. Tenía el talento y tenía los medios. Por eso sus películas siempre podrán presumir de un diseño de producción y de fotografía prodigioso. Y por eso era un fenómeno encuadrando sus planos.

La historia está dividida en tres actos: en el primero, el joven Alex, un apasionado de la ultraviolencia que escucha a Beethoven, es el líder de una banda callejera en una Gran Bretaña presumiblemente futurista. En la escalada de fechorías, Alex es detenido y encarcelado. El segundo acto narra la estancia en la cárcel y la supuesta rehabilitación de Alex (a través de un sistema novedoso llamado método Ludovico, propuesto por el gobierno liberal/tecnócrata). El tercer acto recoge las malas experiencias que sufre Alex tras su salida de la cárcel. Es en este tercer acto donde la película se vuelve un sainete político.

El problema que sacude La Naranja Mecánica tiene que ver con el tono de la propuesta. Obviamente se trata de una sátira política y una fábula sobre la violencia. Pero la desmesura con la que castiga sus buenas ideas ahoga sus méritos narrativos (que son muchos). Esa desmesura está presente en la detestable(mente) histriónica interpretación que Malcolm McDowell hace del personaje protagonista, en constante tonillo de falsete; del mismo modo que el resto de personajes (familia, tutores, amigos, psiquiatras...), que parecen salidos de una caricatura, no son más que simples monigotes animados.


La transgresión estética que en su día la encumbró a obra de culto, a pieza iconográfica de su tiempo ha quedado desfasada y anticuada, digamos que otras películas del director de 2001 han envejecido mejor. Sin embargo su retrato de la violencia social gratuita sigue plenamente vigente, y eso es algo que la confirma como obra adelantada a su tiempo.

El distanciamiento afectivo que mantenía Kubrick con respecto a todos sus trabajos queda aquí plenamente justificado en la sátira, pero nunca en el drama. La Naranja Mecánica es la mayor demostración de que Kubrick era (es) un hábil creador de imágenes y escenas poderosas, pero incapaz de involucrarse y de involucrarnos en sus películas. Un excelente profesional del cine cuya imponente superioridad le impedía sentirse identificado -moral y emocionalmente- con su obra.


El hilo invisible (2017)

Para el chico hambriento El artista como loco déspota, la moda como vehículo de apariencias y el amor como enfermedad. ‘Phantom Th...