Grata y colorida aproximación a Bollywood
A sus 18 años, Jamal se ha convertido en uno de los concursantes más jóvenes de la versión india de "¿Quién quiere ser millonario?". El chico, un huérfano de los suburbios de Bombay, va contestando correctamente a las preguntas para sorpresa de todos, incluido el presentador, que está seguro de que hace trampas. Cuando está a punto de ganar los 20 millones de rupias, Jamal es detenido e interrogado. La policía quiere descubrir por qué sabe tanto, pero para ello hay que oír su curiosa historia.
Hay una cosa que hace diferente a Slumdog Millionaire de la media de películas que se estrenaron este año, esa cosa que hace de lo lejano -el exotismo de la India- algo cercano, gracias al concurso televisivo que nos es de una cotidianeidad inusitada. Es el montaje. Y su frescura no se agota hasta el final del metraje. Que sus imágenes se colarán entre las mejores del año no cabe duda, pero a esta grata sorpresa se le quedarían grandes los Oscar (sería una injusticia ver a Danny Boyle arrebatándole la estatuilla a David Fincher).
También hay escondida una historia de amor en la que no profundiza porque Slumdog Millionaire no es un romance propiamente dicho, sino un cruel drama. Esta es una película que nos cuenta lo que ocurre cuando la suerte se cruza con el destino, y todas esas pequeñas cosas que arrastramos para alcanzar ese momento. Me viene a la cabeza ahora mismo una pregunta que cuanto menos inquieta. ¿Hasta qué punto podemos confundir la suerte con el destino?
Lo mejor: una brillante y vibrante primera hora. Lo peor: El bailecito bochornoso made in Bollywood con el que nos despide. La última película del director de Trainspotting es una cinta vistosa, original (pero ésto me temo que es mérito del libro en el que está basada), que se ve con agrado, pero es moda pasajera. Hay que ver Slumdog Millionaire aunque sólo sea para presenciar como una película rara y modesta fulmina sus aspiraciones y se convierte en la revelación del año.
