viernes, 2 de octubre de 2015

Las últimas películas de Woody Allen

Irrational Man


Acabo de ver Irrational Man y me ha dado por pensar que en unos años volveremos a estas películas de Woody Allen que ahora llamamos menores para descubrir, de nuevo, lo imbéciles que somos. Será eso de que solo valoramos las cosas cuando las perdemos. Kubrick acabó haciendo una película cada diez años, multiplicando la expectación por cada uno de sus últimos trabajos. Pero Allen disfruta haciendo películas, es un anti-esnob cojonudo y va sin complejos por el mundo, así que estrena una cada año sin dárselas de nada. También he empezado a encontrar en esta desaliñada y descuidada puesta en escena con la que rueda Allen Irrational Man una autenticidad extraña, como arremangado y sin trucos de magia.

martes, 26 de mayo de 2015

Unas palabras por la muerte de Mad Men

Guarra, con perdón



Hay tiempo para todo. A veces nos desviamos por error de nuestro camino y lo pagamos con creces, como si no hubiese manera de deshacer lo andado, porque volver atrás no está permitido. Otras veces nos desviamos a propósito, porque no sabemos hacer otra cosa, o porque es lo que en realidad nos gusta hacer, perder el rumbo, vagabundear. 

No siempre fui un amante de Mad Men. Hubo un tiempo en que pensé que solo era una serie aburrida para pedantes modernos. Me molestaban los personajes porque parecían falsos o estirados, o estirados y falsos, ya no me acuerdo. ¿Por qué iba a interesarme a mí la vida de estos imbéciles? Vi los primeros capítulos algo suspicaz, desde luego la recreación de época era asombrosa y Don Draper un personaje modélico. Continué unos meses con este tipo de pensamientos y el mismo recelo, a medio camino entre el odio a la serie y la rendición sin concesiones a su genio. Hasta que me convertí. Bueno, en realidad, fue la serie la que me convirtió. Los pequeños detalles, la idiosincrasia de la oficina, las relaciones entre los personajes, todo me llegó a fascinar. Lentamente me sedujo, y ahora mírame, llorando por estos imbéciles. Porque son mis imbéciles.

La primera temporada de Mad Men giraba en torno a la idea, la incógnita en realidad, acerca de quién demonios es Don Draper. Con el paso de los capítulos la serie ha ido alimentando la intriga y al mismo tiempo resolviendo episodios vitales del pasado y presente de Don. Con todas estas cartas podemos llegar a algunas conclusiones vagas. Don es el rey de la montaña. El hombre hecho a sí mismo, solitario en la cima de su propio éxito, quien para reinventarse primero tiene que destruirse, para poder después destruirse otra vez. Y la destrucción va por dentro.

Y aquí entran los saltos en el tiempo, muleta o punto de fuga para entender (o no) el presente de Don. Pero me sobran los flashbacks de Mad Men. Cuando quiero saber cómo fue la infancia y la adolescencia de Don Draper pienso en Sally. Kiernan Shipka da vida a la hija del protagonista de Mad Men desde el momento en que es una cría de cinco años hasta que crece en una mujer. Y Kiernan está siempre asombrosa. Resulta increíble que los creadores de la serie hayan dado casi por casualidad con una actriz roba-focos tan carismática, porque actúa como si no tuviera que actuar. Imagino que cuando creces delante de una cámara, actuar es tu vida.

En Mad Men Sally Draper es el mejor salto en el tiempo para entender (o no) el presente, además de ser un ejemplo de cómo la televisión puede tratar a un niño con madurez y ahorrándose imbecilidades. Don necesita a Sally tanto como la serie necesita a la pequeña de los Draper. Para recordarnos que triunfar es crecer, que autodestruirse es empequeñecer, y que crecer es triunfar (sí, otra vez). En una serie que habla de ambición, éxito y alcohol, decir esto es decir mucho.


Hablando de caminos y señales, de rumbos y atajos, Mad Men vagabundea por placer, con un placer contagioso. Lo que esperas que ocurra, ¡oh, sorpresa!, a veces no ocurre, y elige milagrosamente el desvío. Otras veces se estanca, como nosotros, para luego rehacerse y correr con mucha más rabia. A menudo afloja su corsé sofisticado para ser guarra e impredecible, y así es cómo más me gusta.

sábado, 31 de enero de 2015

Lo mejor del 2014

10 Interstellar (Christopher Nolan)


Si alguien tiene que salvar el mundo está bien que sea Matthew McConaughey. Un actor primero despreciado, después venido arriba con esfuerzo, talento y suerte. Y esa redención es parte de su encanto. Los amantes de las películas del espacio, escafandras, agujeros negros y gravedad cero, celebramos Interstellar como una fiesta. Aunque sea muy burra.

– Noé (Darren Aronofsky)


La película de un cineasta personalísimo. Aronofsky trabaja en equipo (esto es una superproducción en toda regla) pero él tiene algo que decirnos. Mensaje recibido.

– La teoría del todo (James Marsh)


La película se entrega al cuidado de detalles que la hacen muy emocionante: unos diálogos creíbles, la banda sonora de Jóhann Jóhannsson y dos actuaciones conmovedoras. Un hombre excepcional merece una película excepcional. Ésta lo es. De esas películas capaces de hacer congeniar a creyentes y escépticos.

– Al filo del mañana (Doug Liman)

Cuando Tom Cruise no se toma muy en serio a sí mismo a veces salen cosas como este alien otoñal. Cine de acción, ciencia-ficción, aventuras, comedia, drama y romance. Lo de menos es Cruise. Espectáculo total.

– Boyhood (Richard Linklater)

Para muchos la película-evento del año, empezó como un experimento pero, ¿se ha convertido en algo más? ¿Es ya Richard Linklater uno de los grandes? El secreto está aquí: somos nosotros quienes la hacemos importante. Y somos nosotros, espectadores embobados en una sala oscura, quienes trabajamos para completar esta historia. Para completar la vida de este chico con la historia de nuestra vida.

Perdida (David Fincher)



Un thriller que te escala cuerpo y nervios, ejemplar. El maestro haciendo lo que mejor hace. David Fincher en plena forma. Vamos a darle el título de ‘Película más entretenida de Fincher’, que es como decir: ¡PA-TA-PUM!

La isla mínima (Alberto Rodríguez)


Si hay una película para entrar a vivir este año, ésa es La isla mínima. Un clásico español recién parido, y todos lo hemos visto nacer. Las marismas del Guadalquivir, un flamenco chileno, cruces rojas, cabinas verdes, un país hasta el cuello de lodo y Javier Gutiérrez.

– Birdman (Alejandro González Iñárritu)


Sátira sobre el mundo del espectáculo e introspección de los tormentos de un hombre; vemos en Riggan, y en el resto de los personajes que habitan la obra, el temor a morir sin trascender, a morir siendo nadie. Personajes que tienen que asomarse a un precipicio solo por el colocón de adrenalina. (...) Lubezki es un genio manejando la cámara y controlando la luz. Birdman va más allá de su potente efecto de toma única. La genialidad está en los actores, en los textos con los que trabajan, en fundir forma con contenido, en buscar lo impredecible, en dar una sorpresa, y luego otra, y después otra.

– El Hotel Grand Budapest (Wes Anderson)


Nueva cima para Wes Anderson, que continúa grabando su marca en el cine de este siglo. No hay nadie haciendo películas con más estilo que él, aunque todavía no tengamos muy claro qué es eso. Por si fuera poco, la nueva película de Wes Anderson ya no retrata un mundo cerrado y hermético, sino que este Grand Budapest está atravesado por una tristeza histórica. Lo que antes era delicia y diversión aquí se tuerce maliciosamente para augurar lo negro.

– Puro vicio (Paul Thomas Anderson)

Obra enigmática, bellísima y salvaje. En Puro vicio poco importa la trama, y mucho cómo la cinta te arrastra hacia sí misma para vivir tiempos y espacios que es imposible habitar de otra manera. Como el simple rumor de las olas te arrastra mar adentro, aun seco y tostado en la orilla. Si tengo la suerte de llegar a viejo, la película seguirá grabada en mi cabeza. Y estoy bastante seguro de que volver a ella me descongelará el cerebro como ahora me lo congela, para traerme de vuelta a este momento. Nuestro tiempo sudoroso y alucinado, el presente. Éste es un film sobre cómo recordamos a algunas personas.