martes, 26 de mayo de 2015

Unas palabras por la muerte de Mad Men

Guarra, con perdón



Hay tiempo para todo. A veces nos desviamos por error de nuestro camino y lo pagamos con creces, como si no hubiese manera de deshacer lo andado, porque volver atrás no está permitido. Otras veces nos desviamos a propósito, porque no sabemos hacer otra cosa, o porque es lo que en realidad nos gusta hacer, perder el rumbo, vagabundear. 

No siempre fui un amante de Mad Men. Hubo un tiempo en que pensé que solo era una serie aburrida para pedantes modernos. Me molestaban los personajes porque parecían falsos o estirados, o estirados y falsos, ya no me acuerdo. ¿Por qué iba a interesarme a mí la vida de estos imbéciles? Vi los primeros capítulos algo suspicaz, desde luego la recreación de época era asombrosa y Don Draper un personaje modélico. Continué unos meses con este tipo de pensamientos y el mismo recelo, a medio camino entre el odio a la serie y la rendición sin concesiones a su genio. Hasta que me convertí. Bueno, en realidad, fue la serie la que me convirtió. Los pequeños detalles, la idiosincrasia de la oficina, las relaciones entre los personajes, todo me llegó a fascinar. Lentamente me sedujo, y ahora mírame, llorando por estos imbéciles. Porque son mis imbéciles.

La primera temporada de Mad Men giraba en torno a la idea, la incógnita en realidad, acerca de quién demonios es Don Draper. Con el paso de los capítulos la serie ha ido alimentando la intriga y al mismo tiempo resolviendo episodios vitales del pasado y presente de Don. Con todas estas cartas podemos llegar a algunas conclusiones vagas. Don es el rey de la montaña. El hombre hecho a sí mismo, solitario en la cima de su propio éxito, quien para reinventarse primero tiene que destruirse, para poder después destruirse otra vez. Y la destrucción va por dentro.

Y aquí entran los saltos en el tiempo, muleta o punto de fuga para entender (o no) el presente de Don. Pero me sobran los flashbacks de Mad Men. Cuando quiero saber cómo fue la infancia y la adolescencia de Don Draper pienso en Sally. Kiernan Shipka da vida a la hija del protagonista de Mad Men desde el momento en que es una cría de cinco años hasta que crece en una mujer. Y Kiernan está siempre asombrosa. Resulta increíble que los creadores de la serie hayan dado casi por casualidad con una actriz roba-focos tan carismática, porque actúa como si no tuviera que actuar. Imagino que cuando creces delante de una cámara, actuar es tu vida.

En Mad Men Sally Draper es el mejor salto en el tiempo para entender (o no) el presente, además de ser un ejemplo de cómo la televisión puede tratar a un niño con madurez y ahorrándose imbecilidades. Don necesita a Sally tanto como la serie necesita a la pequeña de los Draper. Para recordarnos que triunfar es crecer, que autodestruirse es empequeñecer, y que crecer es triunfar (sí, otra vez). En una serie que habla de ambición, éxito y alcohol, decir esto es decir mucho.


Hablando de caminos y señales, de rumbos y atajos, Mad Men vagabundea por placer, con un placer contagioso. Lo que esperas que ocurra, ¡oh, sorpresa!, a veces no ocurre, y elige milagrosamente el desvío. Otras veces se estanca, como nosotros, para luego rehacerse y correr con mucha más rabia. A menudo afloja su corsé sofisticado para ser guarra e impredecible, y así es cómo más me gusta.

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