jueves, 8 de septiembre de 2016

La joven del agua (2006)

Uno de mis momentos favoritos de cine


Después de realizar las exitosas El sexto sentido (1999), El protegido (2000) y Señales (2002) M. Night Shyamalan, trabajó unos pocos años con una libertad creativa adorable. Durante esos años escribió y dirigió dos películas que para el que escribe esto constituyen una doble entrada en el canon de lo mejor de Shyamalan: El bosque (2004) y La joven del agua (2006). Esta última, La joven del agua, cogió desprevenido a más de un crítico, y es que las expectativas ante cada nuevo trabajo del director de origen indio eran asfixiantes. Puedo entender las dudas en su estreno, sé que no es el trabajo esperado de alguien a quien consideramos un cineasta “serio” un cuento fantástico de ninfas acuáticas con una primera lectura infantil, pero sirve a un Shyamalan en la cima de sus facultades, aunando talento y confianza, para hacer la película que le da absolutamente la gana, y para explorar con éxito, creo yo y experimentar con el elemento más ligado al espectáculo del cine, la puesta en escena.

La joven del agua es una obra preciosa de cine, totalmente inesperada de un tiempo como éste, además de un interesante ejercicio metanarrativo sobre el arte de contar historias. Valiente o absolutamente insensata, no estoy seguro, pero sea como sea La joven del agua requiere el trabajo de un cineasta sin miedo, sin grilletes.

Shyamalan brilla en la puesta en escena. Con una labor de fotografía sí, en serio bellísima, y una música preciosa. Paul Giamatti y Bryce Dallas Howard están alucinantes, te hipnotizan. La joven del agua tiene uno de mis instantes favoritos de cine: ese momento en el que los personajes principales se dan un abrazo de despedida que se siente sincero define toda una carrera, incluso una vida entera si me apuras, la de un cineasta genuino. No se me ocurre ninguna pareja decente para acompañar a esta película, de veras. Si entras en su juego, inocente y virgen, es una película sin par, única y emocionante. 

viernes, 10 de junio de 2016

Inherent Vice (2014)

Cine salvaje

“Esta mierda me está congelando el cerebro.” Cito de memoria, y probablemente me equivoque, pero algo así dice Doc Sportello (Joaquin Phoenix) en un momento de Inherent Vice, primera adaptación al cine de una novela de Thomas Pynchon, dirigida por Paul Thomas Anderson. Sin dilatar más una primera impresión: una de las películas más brillantes, enigmáticas y bellas del cine –aún balbuciente– de hoy y de siempre, y se estrena ahora, precisamente ahora. Como ya digo, no es más que una primera impresión y puedo estar muy equivocado, pero las sensaciones en su estreno son las de una obra que crece y ensancha con el tiempo. ¡Id al cine! Que cuando vuestro nieto pregunte cómo fue ver por primera vez Inherent Vice en su estreno, cuando sólo era una película, no tengáis que fingir.

El film de Anderson es fiel y respetuoso con las líneas de texto de la novela de Thomas Pynchon en la que se basa –la figura de Pynchon podría dar para otra película: prestigioso y enigmático en su trabajo, misterioso en su vida privada, vive apartado de los medios, reacio a cualquier exposición pública, héroe de la contracultura. Hay quien ha declarado que ésta película es una obra menor de Anderson por tomar prestada en buena parte la voz de lo pynchoniano. No estoy de acuerdo, creo que el texto sirve al director para despeinar su propio carácter. John Ford tenía los desiertos de Arizona, Woody Allen los parques de Nueva York, Anderson tiene las playas de California. Así entendido, es fácil acordar que la personalidad del cineasta queda patente desde la primera imagen de ese callejón con vista a Gordita Beach, en la radiografía que realiza de una época reciente de América que funciona como el párrafo que sigue a The Master (2012), en los delicados movimientos de cámara que se aproximan a los personajes, en la narrativa borrosa que emula a la manera en que la memoria almacena los recuerdos.
Entre el equipo de Inherent Vice están dos habituales de las películas de Anderson: Robert Elswit y Jonny Greenwood. La fotografía de Elswit es asombrosa: dice que filmó con una película de celuloide viejo almacenada en el garaje de Anderson durante años. Otra gozada es la música, compuesta por una gran selección de canciones de la época y los temas originales de Greenwood –guitarrista y teclista de Radiohead–, que contribuye de manera esencial a la energía irrefrenable de la película.
El título con el que el film se estrena en España, Puro vicio, es una pésima traducción del original Inherent Vice; será que alguien pensó que Vicio inherente –la traducción más lógica al castellano– vendería menos entradas. Aunque parezca un asunto menor conviene señalarlo, porque tiene repercusión en el mensaje de Anderson y Pynchon. Anderson es un cineasta sin domesticar y trabaja sobre una fina línea, tanto que pocos se sostienen sobre ella. Es la línea que separa el cine comercial producido por los grandes estudios de Hollywood, del cine rebelde e insólito de autores a contracorriente. Esa frontera en la que trabaja le permite producir obras bellísimas y salvajes, junto a actores que responden a las mismas expectativas –Joaquin Phoenix, Katherine Waterstone y Josh Brolin como cabezas de cartel comandan un reparto esplendoroso–, y con una casi exclusiva vocación atmosférica –luce la California de los años 70– que difumina la trama pese a tratarse de una intriga criminal propia del llamado cine negro.
A saber, esa intriga da vueltas en círculos alrededor de Doc Sportello, un detective privado enganchado a casi todo lo fumable; Shasta, su antigua novia de verano; y la desaparición y posible secuestro del último amante de Shasta, el magnate inmobiliario Mickey Wolfmann. Sobre ellos emerge la mirada de Charles Manson, el Gobierno de Richard Nixon, el horror de Vietnam, el descenso de la cultura hippie, y el amor perdido entre Sportello y Shasta.



Sin embargo, en Inherent Vice poco importa la trama, y mucho cómo la cinta te arrastra hacia sí misma para vivir tiempos y espacios que es imposible habitar de otra manera. Como el simple rumor de las olas te arrastra mar adentro, aun seco y tostado en la orilla. Si tengo la suerte de llegar a viejo, la película seguirá grabada en mi cabeza. Y estoy bastante seguro de que volver a ella me descongelará el cerebro como ahora me lo congela, para traerme de vuelta a este momento. Nuestro tiempo sudoroso y alucinado, el presente. Éste es un film sobre cómo recordamos a algunas personas.

viernes, 12 de febrero de 2016

Lo mejor del 2015

– Carol (Todd Haynes)



Aunque popularizada en algunos medios como una especie de Brokeback Mountain femenina, sin embargo, el asunto de la homosexualidad es apenas motivo de drama en la película de Todd Haynes. Cate Blanchett hace de Cate Blanchett, Rooney Mara de Rooney Mara, (dos actrices muy cerebrales a las que no me atrevería a soltar en una película apasionada) y ambas disfrutan pasando tiempo juntas. Dos mujeres enamoradas en el Nueva York de los años 50, en una película (ahí es nada) sofisticada, íntima, elegante y sutil, bellamente diseñada para dibujar círculos.

– The Hateful Eight (Quentin Tarantino) 


The Hateful Eight es, sobre todo, exhibición de talento, así que entiendo que pueda irritar a unos pocos, pero es el trabajo de alguien que escribe, filma y edita sin límites y con un talento descomunal para remover, despertar, o provocar pasiones subterráneas. Podemos ponernos de acuerdo en que le sobran cosas aquí y allá, es un poco salvaje estrenarla comercialmente con 168 minutos, esto lo sabrá Tarantino igual que lo sabemos nosotros y aún así hace lo que él quiere. Sigo pensando que Tarantino es un guionista muy llamativo, pero un cineasta mayúsculo. ¿Teatral? En términos puramente cinematográficos, esto es Misa.

Mad Max: Fury Road (George Miller) 


Visualmente es un prodigio, tiene una fotografía maravillosa, de colores intensos con mucho contraste. Pero es que además la película cultiva un tipo de salvajismo tan excitante en planteamientos, personajes y situaciones que te pone al borde de la butaca de inicio a fin. No suelo pensar en términos de género, pero si lo hiciera, y con la forma que dinamita el cine de acción, ésto se parecería mucho a una hermosa obra maestra.

viernes, 2 de octubre de 2015

Las últimas películas de Woody Allen

Irrational Man


Acabo de ver Irrational Man y me ha dado por pensar que en unos años volveremos a estas películas de Woody Allen que ahora llamamos menores para descubrir, de nuevo, lo imbéciles que somos. Será eso de que solo valoramos las cosas cuando las perdemos. Kubrick acabó haciendo una película cada diez años, multiplicando la expectación por cada uno de sus últimos trabajos. Pero Allen disfruta haciendo películas, es un anti-esnob cojonudo y va sin complejos por el mundo, así que estrena una cada año sin dárselas de nada. También he empezado a encontrar en esta desaliñada y descuidada puesta en escena con la que rueda Allen Irrational Man una autenticidad extraña, como arremangado y sin trucos de magia.

martes, 26 de mayo de 2015

Unas palabras por la muerte de Mad Men

Guarra, con perdón



Hay tiempo para todo. A veces nos desviamos por error de nuestro camino y lo pagamos con creces, como si no hubiese manera de deshacer lo andado, porque volver atrás no está permitido. Otras veces nos desviamos a propósito, porque no sabemos hacer otra cosa, o porque es lo que en realidad nos gusta hacer, perder el rumbo, vagabundear. 

No siempre fui un amante de Mad Men. Hubo un tiempo en que pensé que solo era una serie aburrida para pedantes modernos. Me molestaban los personajes porque parecían falsos o estirados, o estirados y falsos, ya no me acuerdo. ¿Por qué iba a interesarme a mí la vida de estos imbéciles? Vi los primeros capítulos algo suspicaz, desde luego la recreación de época era asombrosa y Don Draper un personaje modélico. Continué unos meses con este tipo de pensamientos y el mismo recelo, a medio camino entre el odio a la serie y la rendición sin concesiones a su genio. Hasta que me convertí. Bueno, en realidad, fue la serie la que me convirtió. Los pequeños detalles, la idiosincrasia de la oficina, las relaciones entre los personajes, todo me llegó a fascinar. Lentamente me sedujo, y ahora mírame, llorando por estos imbéciles. Porque son mis imbéciles.

La primera temporada de Mad Men giraba en torno a la idea, la incógnita en realidad, acerca de quién demonios es Don Draper. Con el paso de los capítulos la serie ha ido alimentando la intriga y al mismo tiempo resolviendo episodios vitales del pasado y presente de Don. Con todas estas cartas podemos llegar a algunas conclusiones vagas. Don es el rey de la montaña. El hombre hecho a sí mismo, solitario en la cima de su propio éxito, quien para reinventarse primero tiene que destruirse, para poder después destruirse otra vez. Y la destrucción va por dentro.

Y aquí entran los saltos en el tiempo, muleta o punto de fuga para entender (o no) el presente de Don. Pero me sobran los flashbacks de Mad Men. Cuando quiero saber cómo fue la infancia y la adolescencia de Don Draper pienso en Sally. Kiernan Shipka da vida a la hija del protagonista de Mad Men desde el momento en que es una cría de cinco años hasta que crece en una mujer. Y Kiernan está siempre asombrosa. Resulta increíble que los creadores de la serie hayan dado casi por casualidad con una actriz roba-focos tan carismática, porque actúa como si no tuviera que actuar. Imagino que cuando creces delante de una cámara, actuar es tu vida.

En Mad Men Sally Draper es el mejor salto en el tiempo para entender (o no) el presente, además de ser un ejemplo de cómo la televisión puede tratar a un niño con madurez y ahorrándose imbecilidades. Don necesita a Sally tanto como la serie necesita a la pequeña de los Draper. Para recordarnos que triunfar es crecer, que autodestruirse es empequeñecer, y que crecer es triunfar (sí, otra vez). En una serie que habla de ambición, éxito y alcohol, decir esto es decir mucho.


Hablando de caminos y señales, de rumbos y atajos, Mad Men vagabundea por placer, con un placer contagioso. Lo que esperas que ocurra, ¡oh, sorpresa!, a veces no ocurre, y elige milagrosamente el desvío. Otras veces se estanca, como nosotros, para luego rehacerse y correr con mucha más rabia. A menudo afloja su corsé sofisticado para ser guarra e impredecible, y así es cómo más me gusta.

sábado, 31 de enero de 2015

Lo mejor del 2014

10 Interstellar (Christopher Nolan)


Si alguien tiene que salvar el mundo está bien que sea Matthew McConaughey. Un actor primero despreciado, después venido arriba con esfuerzo, talento y suerte. Y esa redención es parte de su encanto. Los amantes de las películas del espacio, escafandras, agujeros negros y gravedad cero, celebramos Interstellar como una fiesta. Aunque sea muy burra.

– Noé (Darren Aronofsky)


La película de un cineasta personalísimo. Aronofsky trabaja en equipo (esto es una superproducción en toda regla) pero él tiene algo que decirnos. Mensaje recibido.

– La teoría del todo (James Marsh)


La película se entrega al cuidado de detalles que la hacen muy emocionante: unos diálogos creíbles, la banda sonora de Jóhann Jóhannsson y dos actuaciones conmovedoras. Un hombre excepcional merece una película excepcional. Ésta lo es. De esas películas capaces de hacer congeniar a creyentes y escépticos.

– Al filo del mañana (Doug Liman)

Cuando Tom Cruise no se toma muy en serio a sí mismo a veces salen cosas como este alien otoñal. Cine de acción, ciencia-ficción, aventuras, comedia, drama y romance. Lo de menos es Cruise. Espectáculo total.

– Boyhood (Richard Linklater)

Para muchos la película-evento del año, empezó como un experimento pero, ¿se ha convertido en algo más? ¿Es ya Richard Linklater uno de los grandes? El secreto está aquí: somos nosotros quienes la hacemos importante. Y somos nosotros, espectadores embobados en una sala oscura, quienes trabajamos para completar esta historia. Para completar la vida de este chico con la historia de nuestra vida.

Perdida (David Fincher)



Un thriller que te escala cuerpo y nervios, ejemplar. El maestro haciendo lo que mejor hace. David Fincher en plena forma. Vamos a darle el título de ‘Película más entretenida de Fincher’, que es como decir: ¡PA-TA-PUM!

La isla mínima (Alberto Rodríguez)


Si hay una película para entrar a vivir este año, ésa es La isla mínima. Un clásico español recién parido, y todos lo hemos visto nacer. Las marismas del Guadalquivir, un flamenco chileno, cruces rojas, cabinas verdes, un país hasta el cuello de lodo y Javier Gutiérrez.

– Birdman (Alejandro González Iñárritu)


Sátira sobre el mundo del espectáculo e introspección de los tormentos de un hombre; vemos en Riggan, y en el resto de los personajes que habitan la obra, el temor a morir sin trascender, a morir siendo nadie. Personajes que tienen que asomarse a un precipicio solo por el colocón de adrenalina. (...) Lubezki es un genio manejando la cámara y controlando la luz. Birdman va más allá de su potente efecto de toma única. La genialidad está en los actores, en los textos con los que trabajan, en fundir forma con contenido, en buscar lo impredecible, en dar una sorpresa, y luego otra, y después otra.

– El Hotel Grand Budapest (Wes Anderson)


Nueva cima para Wes Anderson, que continúa grabando su marca en el cine de este siglo. No hay nadie haciendo películas con más estilo que él, aunque todavía no tengamos muy claro qué es eso. Por si fuera poco, la nueva película de Wes Anderson ya no retrata un mundo cerrado y hermético, sino que este Grand Budapest está atravesado por una tristeza histórica. Lo que antes era delicia y diversión aquí se tuerce maliciosamente para augurar lo negro.

– Puro vicio (Paul Thomas Anderson)


Obra enigmática, bellísima y salvaje. En Puro vicio poco importa la trama, y mucho cómo la cinta te arrastra hacia sí misma para vivir tiempos y espacios que es imposible habitar de otra manera. Como el simple rumor de las olas te arrastra mar adentro, aun seco y tostado en la orilla. Si tengo la suerte de llegar a viejo, la película seguirá grabada en mi cabeza. Y estoy bastante seguro de que volver a ella me descongelará el cerebro como ahora me lo congela, para traerme de vuelta a este momento. Nuestro tiempo sudoroso y alucinado, el presente. Éste es un film sobre cómo recordamos a algunas personas.

sábado, 20 de diciembre de 2014

La batalla de los cinco ejércitos (2014)

Volver a casa




“Si muchos de nosotros diéramos más valor a la comida, a la alegría y a las canciones que al oro atesorado, este sería un mundo más feliz”. Le dice Thorin a Bilbo. El hobbit recibe este halago en el momento más emocionante de La batalla de los cinco ejércitos.

Para los seguidores de las adaptaciones al cine que hace Peter Jackson de J.R.R. Tolkien, el estreno de La batalla de los cinco ejércitos es ya una nueva celebración navideña que añadir al calendario. Es la última entrega de la trilogía de “El hobbit” y tenemos al dragón Smaug volando enfurecido hacia la Ciudad del Lago para acabar con cualquier resto de vida. Así nos despedimos de La desolación de Smaug hace un año. Y retomamos la historia desde ahí. Benedict Cumberbatch da voz a un dragón majestuoso, que disfruta más presumiendo y retorciendo el lenguaje que incendiando ciudades. Con Smaug fuera de la Montaña Solitaria se libra La batalla de los cinco ejércitos, un enfrentamiento entre enanos, elfos, hombres, trasgos y huargos, por hacerse con el control y el tesoro de la Montaña, un lugar estratégico en la Tierra Media.

Smaug (impresionante animación por captura de movimiento e impresionante doblaje) y su enfrentamiento con Bardo es uno de mis momentos favoritos de esta entrega, aquí algunos otros: Smaug cayendo en silencio sobre la Ciudad del Lago, Thorin (Richard Armitage) perdiendo la cabeza por el oro cual rey shakesperiano, una conversación entre Bardo (Luke Evans) y Thorin a través de un conducto en medio de las piedras que protegen al Rey bajo la Montaña, y Gandalf (Ian  McKellen) cargando su pipa sentado junto a Bilbo descansando tras la batalla.

Dentro de las seis películas del canon de Peter Jackson adaptando a Tolkien, La batalla de los cinco ejércitos es la más entretenida y concisa; la más corta también. 144 minutos que no se hacen largos, a pesar del gusto del director por adornar los enfrentamientos heroicos de los personajes protagonistas.

Jackson merece ser tratado con independencia del escritor británico J.R.R. Tolkien. Peter Jackson –con la complicidad de Andrew Lesnie, su operador de cámara– es un perfeccionista, un controlador obsesivo, un megalómano. Eso hace que su trabajo quede en algunas ocasiones artificial, asfixiado por salir de la cabeza de una máquina casi inhumana de hacer películas, también con sus momentos repetitivos y rimbombantes. Pero él y su equipo tienen un sentido del espectáculo asombroso y en esta entrega lo confirman.

Martin Freeman está sensacional dando vida al hobbit protagonista. Es un personaje central muy atractivo: Bilbo labra su propio devenir, tiene carácter, toma decisiones personales valientes. Y quiere el anillo. Todo ello lo hace Freeman con convicción y sin descuidar el alivio cómico, que tan bien le sienta a una película muy seria, muy épica, y muy todo.

Escuchamos la canción de los créditos finales en la voz de Billy Boyd, viejo amigo de estas aventuras. La elección de este actor –que anteriormente dio vida a Pippin, uno de los personajes que acompañaron a Frodo en su misión de destruir el anillo– para interpretar este tema nos da una muestra del espíritu de comunidad que impera en el viaje de Jackson por los cromas verdes y la Tierra Media. “The Last Goodbye”, preciosa canción, es un suave y agradable punto final a ese viaje.


Peter Jackson ha recibido todo tipo de críticas por transformar “El hobbit”, una novela no muy extensa (con tono infantil–juvenil) que sirve como anticipo a los acontecimientos que ocurren en “El señor de los anillos”, en una trilogía probablemente hinchada con motivos comerciales: otras tres películas de épica hipervitaminada que, sin embargo, se enroscan milagrosamente –en tono, registro y estética– a las tres películas que conocemos como El señor de los anillos. En total, seis obras rodadas, editadas y estrenadas entre el año 2001 y el presente 2014: 1034 minutos (unos 172 minutos de media por entrega) uniformes y con continuidad. Una hazaña memorable que ha cambiado para siempre el lugar que ocupa la obra de Tolkien en la cultura popular –para bien o para mal, eso cada uno lo decide–.
Llegados a este punto, estas consideraciones me hacen pensar algo. Por encima del oro atesorado por sus películas en las taquillas de medio mundo, puede que la verdadera razón de Jackson para volver por tres años a la Tierra Media sea porque quizá (solo quizá) rodar estas películas sea su particular vuelta a casa. Ya saben. El lugar de la comida, la alegría y las canciones. El lugar para comer en familia y cantar con los amigos. No estoy seguro, pero me gusta pensar que es así, y no puedo evitar por eso querer a estas películas.


domingo, 16 de noviembre de 2014

Interstellar (2014)

No busques en las estrellas lo que tienes en casa


Lo del 'menos es más' no vale para las películas de Christopher Nolan. Caballo grande, ande o no ande. O burro. Como si Nolan pensara: más siempre es más, y punto. Si alguien tiene que salvar el mundo está bien que sea Matthew McConaughey. Un actor primero despreciado, después venido arriba con esfuerzo, talento y suerte. Y esa redención es parte de su encanto. Los amantes de las películas del espacio, escafandras, agujeros negros y gravedad cero, celebramos Interstellar como una fiesta. Ojalá fuese más modesta, más sencilla y más fina –¡cuánto pides, Víctor!–. Pero es una fiesta, joder. Lo mejor: La relación entre padre e hija, y las lágrimas de McConaughey. Lo peor: Que liquide con poca imaginación– los grandes misterios del Universo.


viernes, 10 de octubre de 2014

Perdida (2014)

La cabeza de mi esposa

9 de noviembre de 2012.- Es medianoche. David Fincher se desploma sobre el sofá de su misteriosa residencia después de un duro día de trabajo. Ojea uno de los muchos libros que se amontonan en la mesa del salón. Una frase le llama la atención. “Cuando pienso en mi esposa siempre pienso en su cabeza”. No es solo una frase. Es la primera frase de “Gone Girl” (Perdida) de Gillyan Flynn. Y Fincher ya sabe que tiene una película por delante. Devora el resto de la novela mientras escucha, de fondo, en la televisión, una vieja reposición de Lo que la verdad esconde (2000). "Qué mal envejece esta película", dice entre dientes. Fundido a negro. 

2 de octubre de 2014.- Estoy a pocos minutos de entrar al pase de prensa de Perdida en Madrid. Finjo que no tengo ningún problema con Ben Affleck, que no me sorprende que protagonice lo nuevo de David Fincher, que no me parece el actor más soso del mundo. Comienza la película. Resulta que en “Perdida” Affleck es Nick Dunne, un escritor fracasado que vive en una casa enorme en el estado de Missouri, junto a su mujer Amy (Rosamund Pike). El día de su quinto aniversario de boda, Nick descubre al llegar a casa que Amy ha desaparecido. Pasan los días y la policía abre una investigación criminal. Nick está tan sereno que parece no afectarle la desaparición de su mujer.

No sabemos si Ben Affleck es un actor terrible o si Nick Dunne finge muy mal porque está ocultando algo. Y en eso la elección de casting no puede ser más acertada ni más perversa: Ben Affleck, ese actor bobalicón con fama de buen chico, y Rosamund Pike, una actriz desconocida (es su primer papel importante de talla internacional), una extraña que nos gana la partida de inicio con su gesto angelical. ¡Caray Fincher! ¡Cómo nos la cuelas! Primera jugada maestra.

Fincher, el director de Seven, El club de la lucha La red social, se ha convertido en un cineasta empeñado en dar con la mentira más grande jamás contada. También en la más entretenida. El timo (o el crimen) perfecto. No hace falta soñar con qué hubiese hecho Hitchcock con Perdida (una historia totalmente hitchcockiana) porque, en el mejor de los casos, sería esto. La dirección de Fincher es tan virtuosa que la película se devora y es una joya del entretenimiento. El trabajo de realización de Fincher no hace más que alimentar la intriga hasta elevarla a un nivel insoportable. Es tan maliciosamente astuta que desborda a la novela original. Y es algo así como (¡arggg!, ¡qué frase!) la sublimación del cine de intriga de sobremesa de cadenas privadas.

Si has leído la novela sabrás que está contada en paralelo desde los puntos de vista en primera persona de Nick y Amy. Si te gustó el libro, te va a gustar la película. Porque no solo es muy fiel a la novela, también captura la sensación que tienes al leerla. La escritora Gillyan Flynn se ha encargado personalmente de adaptar su libro al guión de Perdida, y el resultado es muy riguroso con el material original.

Tiene un problema. No es un problema muy grande porque éste es sin duda uno de los mejores ratos que puedes pasar este año en el cine. Pero tiene un problema. El director es tan meticuloso con la creación de intriga que en el momento en el que ésta se acaba (aproximadamente 20 minutos antes del final) la película parece agotada, exhausta de rendir a un nivel tan alto. Y el romanticismo raro y alocado que se cuela en esos minutos finales (más evidente en el libro) no termina de calar porque seguimos pensando que esto es La gran mentira y amar no es eso.


Nick Dunne solo puede pensar en la cabeza de su mujer. Como Brad Pitt en Seven también piensa en la cabeza de Gwyneth Paltrow. Como Tyler Durden piensa en la de Marla Singer. O como Mark Zuckerberg piensa en la cabeza de la chica que le plantó en una cervecería de Harvard. No hay duda, ésta es una película de Fincher. Como diría Hitchcock, el director es la estrella. Un thriller modélico, ejemplar. El maestro haciendo lo que mejor hace. David Fincher en plena forma.


domingo, 21 de septiembre de 2014

¿Es realmente importante 'Boyhood'?

Boyhood (2014)


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“Siempre es ahora”. Que una película que se ha rodado durante 12 años termine con una frase como ésta nos conduce directamente a la paradoja número uno del año cinematográfico. Voy a empezar con una confesión para no quedarme con esa espina hasta el final. Boyhood no es la obra maestra que esperaba. Y eso no es necesariamente malo.

Esta película ha sido anunciada como un proyecto que Richard Linklater ha rodado durante 12 años con los mismos actores y la intención de que los intérpretes envejezcan con el personaje. El director de las tres películas de Jesse y Celine (Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer) ha trabajado en paralelo con Boyhood repitiendo malabares de tiempo y narración.

En el film no ocurre nada dramático que dé cohesión al conjunto. Si esperas ver una película dramática bien armada con un guión sólido, unas buenas interpretaciones, sus tres puntos de giro, su planteamiento, nudo y desenlace, métete en otra sala. Algunas situaciones se sienten forzadas y algunos personajes secundarios quedan muy simples, especialmente las figuras de los tres padrastros y la escena del acoso en los baños del instituto, pero probablemente este proyecto no nació con la intención de ser una narración ejemplar sino algo más parecido a un juguete de presupuesto muy modesto. Esto es un experimento. Es solo una sucesión de escenas-pasajes-instantes, algunos más interesantes que otros, en la vida de Mason, un chaval al que conocemos con 6 años y vemos crecer hasta cumplir los 18.

La puesta en cuadro de Linklater es su habitual estilo desnudo, libre de notas a pie de página o comentarios guiados. Las transiciones entre las escenas de cada año son bruscas. Y me explico: no son bruscas porque se sientan falsas, sino porque no están diseñadas para transmitir un mensaje codificado por parte del director. Lo que nos lleva a tratar el tema de las elipsis. En un proyecto como éste era de cajón que Linklater se iba a jugar el tipo más que nunca en la sala de montaje. Dónde cortar y cómo cortar es siempre determinante, pero aquí va más allá de lo esencial, se convierte en una cuestión de principios.

No hay voces ni carteles sobreimpresos que nos indiquen en qué año estamos. Pasamos de una escena a otra con el único indicativo del rostro y el cuerpo cambiantes de Ellar Coltrane, y la música. Apuesta personal de Linklater, sustituir esos molestos carteles por canciones para contextualizar cada año, componiendo una suerte de banda sonora de grandes éxitos (íntimos) de la última década.

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Dice Linklater que no tenía un guión cerrado cuando empezó a rodar hace 12 años Boyhood. Que Ellar Coltrane, el actor que da vida al niño protagonista, crecería y con él crecería la película. Él se interesó por la fotografía y así lo plasma Boyhood. Si Coltrane se hubiese interesado por el boxeo hoy tendríamos una película distinta. Podemos decir que la participación en el film de este niño ha influido enormemente en su vida posterior. Esto no es ninguna novedad, todos los críos que han debutado en el cine han visto cómo sus vidas cambiaban radicalmente en adelante. Lo que hace especial a Boyhood es que no solo la película cambia al chico, sino que (al mismo tiempo) también el chico cambia a la película.

“Simplemente pensé que habría algo más”, dice la madre al despedirse de su hijo cuando éste abandona el hogar. Éste es un pensamiento muy triste para una película llena de vida y optimismo (como da muestra el salto de fe que hizo todo el equipo al embarcarse en el proyecto) pero que no puede hacer otra cosa que rendirse al paso del tiempo y a su inevitable colocón de nostalgia. Y qué fabuloso trabajo hacen Ethan Hawke y Patricia Arquette, que también se han sumado al reto de envejecer ante la cámara, como los papás de Mason.

¿Será Boyhood una película realmente importante dentro de unos cuantos años? No lo sé y saberlo no es cuestión de viajar en el tiempo. El secreto está aquí: somos nosotros quienes hacemos importante una película. Y somos nosotros, espectadores embobados en una sala oscura, quienes trabajamos para completar esta historia. Para completar la vida de este chico con la historia de nuestra vida.

domingo, 27 de julio de 2014

Infiltrados en la universidad (2014)

Channing Tatum y Jonah Hill son una pareja hilarante


Si conectas con la pareja de protagonistas Channing Tatum y Jonah Hill las risas están garantizadas. Esta segunda parte de Infiltrados en clase es aún más reflexiva sobre su propia condición, ya sea como secuela, como episodio de una serie televisiva, como buddy movie, como thriller de acción o incluso como comedia romántica entre los dos protagonistas. “Infiltrados en clase” era a Glee lo que “Infiltrados en la universidad” es a Community. Ambas series comparten con esta saga el brillo de reinventarse mofándose de sus defectos. Lo que hace especial a Infiltrados en la universidad es su inteligencia para reírse de sí misma, que no se agota en ningún minuto.

Así explica el jefe Hardy a los agentes de policía Jenko (Channing Tatum) y Schmidt (Jonah Hill) el porqué de una nueva misión: “Señoritas, a nadie le importaba una mierda una segunda parte de Jump Street, pero tuvisteis suerte. Ahora este departamento ha invertido un montón de pasta para asegurarse de que Jump Street siga adelante. El único problema es que los coreanos compraron la iglesia de nuevo, así que nos mudamos a la acera de enfrente”. En esta nueva misión Jenko y Schmidt deben infiltrarse en la universidad como alumnos y en su paso por la facultad suplirán las carencias educativas y (especialmente) emocionales que ambos arrastran.

Si se piensa bien, segundas partes no tienen por qué ser malas, al contrario, pueden ampliar y explotar las virtudes que hicieron de la primera un éxito y aprovechar que ya tienen a su público ganado. Es algo que en su día hicieron películas icónicas como El padrino II (Coppola, 1974) y El imperio contraataca (Kershner, 1980) o, muy recientemente, Resacón II (Philips, 2011) y El caballero oscuro (Nolan, 2008).

Después de protagonizar clásicos como Supersalidos o El lobo de Wall Street, aquí Jonah Hill engrandece su mito de colega ideal de cualquier hombre y, además, aparece en los créditos como guionista. Es cierto que esta secuela repite el esquema de “Infiltrados en clase” pero no se hace nada repetitiva por dos cosas. La primera es que parte de una idea concepto con gancho. Y la segunda es que Hill y Tatum forman una pareja hilarante. La música es otro recurso que se utiliza con mucho acierto para multiplicar el efecto de las bromas visuales e incluye temas como “Too Hard” de Kurt Vile o “Missing You” de John Waite

No sé si habrá tercera parte. Probablemente la saga ya esté explotada al máximo, porque “Infiltrados en la universidad” no escatima en gastar todos los cartuchos y quemar todas las bromas posibles al respecto. Gracias a eso tenemos una película divertidísima, con una sola pega, un exceso de duración: le sobran 20 minutos y un giro de guión. Pero merece la pena.


jueves, 10 de julio de 2014

Open Windows (2014)

El colmo del mirón


Las dos primeras películas de Nacho Vigalondo recaudaron poco dinero en taquilla y, Open Windows, la tercera, estrenada esta semana, va camino de un resultado similar. Vigalondo se desenvuelve muy bien con los medios de comunicación y ha encontrado un público fiel en internet, pero no ha conseguido conectar esa buena imagen con un éxito en taquilla. De momento sus películas se cuecen en festivales de segunda y sitios web de descargas.

Sabiendo eso es un logro que el cineasta cántabro continúe en su escapada sin mirar atrás, sin preocuparse de mimar al tipo de público que llena las salas de cine de España. Creo yo que el miedo a que cada película pueda ser la última hace que Vigalondo exprima y concentre muchas de sus ideas geniales en Open Windows. No se contenta con un arranque prometedor y un desarrollo eficaz. Satura el desenlace de nuevas propuestas. Puede que Vigalondo sea demasiado agresivo en su puesta en escena. Y es seguro que en el último tercio la trama se retuerce demasiado.

En la historia conocemos a Nick (Elijah Wood), creador de una página web sobre su actriz favorita, Jill Goddard (Sasha Grey). Su actividad en esa web llega a ser enfermiza, pues Nick captura y cuelga cualquier imagen o noticia que encuentra sobre la actriz, casi de manera obsesiva. Esa noche Nick, después de haber ganado un concurso, por fin tendrá la oportunidad de conocer a Jill. Nick espera con su ordenador portátil en la habitación del hotel en el que tendrá lugar la cita. A partir de aquí las cosas se desmadran. El mirón se enfrenta a lo que quiere mirar.

Al igual que con Disturbia (Caruso, 2007) es obligatorio citar a La ventana indiscreta de Hitchcock, por las similitudes en el planteamiento y en la idea inicial, pero lo que en Disturbia era solo reverencia al maestro, en Open Windows sirve a Vigalondo para echar a volar, para experimentar con un trabajo de puesta en escena muy discutible y, por eso mismo, muy aplaudible.

Hagamos recuento. Tercer largometraje de Vigalondo: tercer triunfo total.