sábado, 20 de diciembre de 2014

La batalla de los cinco ejércitos (2014)

Volver a casa




“Si muchos de nosotros diéramos más valor a la comida, a la alegría y a las canciones que al oro atesorado, este sería un mundo más feliz”. Le dice Thorin a Bilbo. El hobbit recibe este halago en el momento más emocionante de La batalla de los cinco ejércitos.

Para los seguidores de las adaptaciones al cine que hace Peter Jackson de J.R.R. Tolkien, el estreno de La batalla de los cinco ejércitos es ya una nueva celebración navideña que añadir al calendario. Es la última entrega de la trilogía de “El hobbit” y tenemos al dragón Smaug volando enfurecido hacia la Ciudad del Lago para acabar con cualquier resto de vida. Así nos despedimos de La desolación de Smaug hace un año. Y retomamos la historia desde ahí. Benedict Cumberbatch da voz a un dragón majestuoso, que disfruta más presumiendo y retorciendo el lenguaje que incendiando ciudades. Con Smaug fuera de la Montaña Solitaria se libra La batalla de los cinco ejércitos, un enfrentamiento entre enanos, elfos, hombres, trasgos y huargos, por hacerse con el control y el tesoro de la Montaña, un lugar estratégico en la Tierra Media.

Smaug (impresionante animación por captura de movimiento e impresionante doblaje) y su enfrentamiento con Bardo es uno de mis momentos favoritos de esta entrega, aquí algunos otros: Smaug cayendo en silencio sobre la Ciudad del Lago, Thorin (Richard Armitage) perdiendo la cabeza por el oro cual rey shakesperiano, una conversación entre Bardo (Luke Evans) y Thorin a través de un conducto en medio de las piedras que protegen al Rey bajo la Montaña, y Gandalf (Ian  McKellen) cargando su pipa sentado junto a Bilbo descansando tras la batalla.

Dentro de las seis películas del canon de Peter Jackson adaptando a Tolkien, La batalla de los cinco ejércitos es la más entretenida y concisa; la más corta también. 144 minutos que no se hacen largos, a pesar del gusto del director por adornar los enfrentamientos heroicos de los personajes protagonistas.

Jackson merece ser tratado con independencia del escritor británico J.R.R. Tolkien. Peter Jackson –con la complicidad de Andrew Lesnie, su operador de cámara– es un perfeccionista, un controlador obsesivo, un megalómano. Eso hace que su trabajo quede en algunas ocasiones artificial, asfixiado por salir de la cabeza de una máquina casi inhumana de hacer películas, también con sus momentos repetitivos y rimbombantes. Pero él y su equipo tienen un sentido del espectáculo asombroso y en esta entrega lo confirman.

Martin Freeman está sensacional dando vida al hobbit protagonista. Es un personaje central muy atractivo: Bilbo labra su propio devenir, tiene carácter, toma decisiones personales valientes. Y quiere el anillo. Todo ello lo hace Freeman con convicción y sin descuidar el alivio cómico, que tan bien le sienta a una película muy seria, muy épica, y muy todo.

Escuchamos la canción de los créditos finales en la voz de Billy Boyd, viejo amigo de estas aventuras. La elección de este actor –que anteriormente dio vida a Pippin, uno de los personajes que acompañaron a Frodo en su misión de destruir el anillo– para interpretar este tema nos da una muestra del espíritu de comunidad que impera en el viaje de Jackson por los cromas verdes y la Tierra Media. “The Last Goodbye”, preciosa canción, es un suave y agradable punto final a ese viaje.


Peter Jackson ha recibido todo tipo de críticas por transformar “El hobbit”, una novela no muy extensa (con tono infantil–juvenil) que sirve como anticipo a los acontecimientos que ocurren en “El señor de los anillos”, en una trilogía probablemente hinchada con motivos comerciales: otras tres películas de épica hipervitaminada que, sin embargo, se enroscan milagrosamente –en tono, registro y estética– a las tres películas que conocemos como El señor de los anillos. En total, seis obras rodadas, editadas y estrenadas entre el año 2001 y el presente 2014: 1034 minutos (unos 172 minutos de media por entrega) uniformes y con continuidad. Una hazaña memorable que ha cambiado para siempre el lugar que ocupa la obra de Tolkien en la cultura popular –para bien o para mal, eso cada uno lo decide–.
Llegados a este punto, estas consideraciones me hacen pensar algo. Por encima del oro atesorado por sus películas en las taquillas de medio mundo, puede que la verdadera razón de Jackson para volver por tres años a la Tierra Media sea porque quizá (solo quizá) rodar estas películas sea su particular vuelta a casa. Ya saben. El lugar de la comida, la alegría y las canciones. El lugar para comer en familia y cantar con los amigos. No estoy seguro, pero me gusta pensar que es así, y no puedo evitar por eso querer a estas películas.


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