Mil maneras de morder el polvo (2014)

Hacia el western por el chiste fácil


Mil maneras de morder el polvo está repleta de cameos y referencias a otras películas. La última de ellas parece otra broma estúpida más (después de muchas) en la que vemos a Jamie Foxx enfundarse su traje de Django desencadenado. Considerando la película de Tarantino como el western más hablado de todos los tiempos (Tarantino habla por los codos y sus personajes también), a lo mejor no es casualidad la referencia directa a aquélla en este western donde el protagonista soluciona (o eso intenta) sus duelos a muerte a base de incontinencia verbal.

Si lo que le pedimos a Mil maneras de morder el polvo es perdurar en el tiempo, será un fracaso grande, pero MacFarlane tiene buena mano para el producto de consumo rápido y entretenido. Quizá su segunda película no sea tan antológica como lo fue la primera, Ted (2012), pero repite fórmula con eficacia: la relectura de un género clásico a través de la sátira irreverente primero, que después y cómodamente se va adaptando a los cánones tradicionales de lo que funciona en una sala de cine. Que un tipo ya adulto y exitoso como MacFarlane no le tenga miedo al caca-culo-pedo-pis (que se dice por ahí) demuestra los pocos complejos que lleva consigo.

Eso sí, MacFarlane le debe unas cuantas cenas a Charlize Theron. ¿Qué demonios sería de nosotros si no nos enamorásemos en hora y media de ella? Las ovejas, los bigotes y las balas importan porque ella está esperando. Hasta en eso se parece esta película a Ted, donde Mila Kunis brillaba elevando el nivel de sus compañeros de reparto. Pese a lo dicho, si se cruzan con un amigo al que Mil maneras de morder el polvo le parezca convencional y chabacana, no le retiren el saludo, puede que esté en lo cierto. Eso no significa que sea menos disfrutable. 


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