Cisne negro (2010)

La sangre en la bañera


Luces fuera. Una bailarina cruza de puntillas un escenario en penumbra. Un foco ilumina el centro del escenario. Una presencia extraña salta de la oscuridad a la luz. Y baila con ella. Arranca Cisne negro.

Una brillante bailarina de una compañía de ballet neoyorquina vive obsesionada por lograr el doble papel de reina de los cisnes en la nueva adaptación de la mítica obra de Tchaikovsky. Su técnica es perfecta, de un amaneramiento fríamente calculado, tiene cada movimiento estudiado al detalle y es capaz de convertir la danza en un espectáculo articulado mecánicamente y eso le da de sobra para interpretar al cisne blanco. El problema es meterse con el cisne negro. El problema es levantarse a media noche al baño y cruzar el pasillo a oscuras. El problema es zambullirse en la bañera, desearse a sí mismo y sangrar. Ahí te encuentras con el cisne negro.

Darren Aronofsky recoge la interpretación nítida, inocente y limpia de Natalie Portman y la arrastra por una cama de clavos, barro y ascuas. Y Portman prendida de fuego, rabiosa y colérica, encendida, se saca de encima un tour de force desde el estómago. Cisne negro parte desde el apego a la carne de Natalie Portman del mismo modo que ya hizo su director Aronofsky en The Wrestler con Mickey Rourke, partiendo desde la espalda y con la nuca como punto de referencia. Pero Cisne negro no solo nos trae al Aronofsky de The Wrestler, aquí converge la síntesis de su mejor cine. El camino que marca Pi, Réquiem por un sueño, La fuente de la vida y The Wrestler acaba ineludiblemente aquí. Como la cumbre de un artista al que le venía perdiendo su ambición y entusiasmo.

El mayor acto imaginable de amor propio en el cine sería echar el telón de un film con una ovación cerrada que acaba por inundar los propios títulos de crédito, nombre del director a la cabeza. Y así cierra Aronofsky su Cisne negro. Sin embargo pocos reproches se le pueden hacer al cineasta, que en su quinta película alcanza definitivamente una madurez de la que da muestra su enérgico (y atronador) trabajo de cámara filmando las escenas de danza. Más allá de su maravillosa banda sonora, de su discreto guión y de su reparto sobresaliente, el impacto de Cisne negro, está marcado por la planificación de la puesta en cuadro de Aronofsky, y solo así se logra un verdadero hito cinematográfico.

¿Tramposa? Sí. Y nos encanta. El cine es un juego de trampas. Y ésta escalada de histeria y obsesión en forma de laberinto repleto de trampas acaba por encaramarse a un cine apoteósico en un tercio final descarnado, desenfrenado, auténtico y terriblemente enfermizo.


Última advertencia (y definitiva) a los espectadores confusos de Cisne negro. Este glorioso espectáculo dejaría temblando al mismísimo Tchaikovsky. Porque Aronofsky no entiende de sutilidades. Dejen la sutilidad en el guardarropa. Aquí hemos venido a sangrar.



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