viernes, 10 de febrero de 2012

Ya no somos niños

La amenaza fantasma

Una magnífica película de aventuras. Digan lo que digan. Vuelve La amenaza fantasma, tan excitante, divertida, emocionante y espectacular como el primer día.

sábado, 28 de enero de 2012

Los descendientes (2011)

Clooney en Hawai

Los descendientes me parece una película fallida de Alexander Payne, buen director y mejor guionista de las comedias agridulces Election (1999) y A propósito de Schmidt (2002). Es la historia de un hombre que debe sacar adelante a sus dos hijas sin la ayuda de su mujer, que acaba de sufrir un terrible accidente que la ha dejado en coma. Aunque entretenida y agradable, Los descendientes no encuentra su tono ideal (que pretende un punto intermedio entre Billy Wilder y Jason Reitman), abusa de George Clooney, de las camisas horteras, de la voz en off y de las chanclas hawaianas.


sábado, 14 de enero de 2012

The Artist (2011)

Una máquina para volar

The Artist funciona mejor como un divertimento francés delicioso que como cine mainstream como ahora nos lo quieren vender los norteamericanos. Al margen del éxito que ha tenido y de todos los premios que logrará, The Artist es una película fabulosamente anticuada, rescatada de las ruinas del cine mudo y del blanco y negro. Además de ir a contracorriente The Artist es divertida y emocionante. No creo que sea la película del año pero desde luego es una rareza que funciona (y esto es realmente sorprendente) con una eficacia asombrosa. Por cierto, ¿de dónde han salido dos actores tan maravillosos como Jean Dujardin y Bérénice Bejo?
 
 

domingo, 1 de enero de 2012

Drive (2011)

La celebración del cine


Empezamos con una paradoja. Un thriller de acción norteamericano de coches y hostias se lleva el premio a Mejor Director en la pasada edición de Cannes, el Festival de la gente que fuma en pipa y te recibe en bata. ¿Se puede conciliar el thriller ochentero, el viejo cine de blaxploitation, y el cine erudito de Cannes? Se puede.

Sabemos que en el cine todo debe sumar, pero también sabemos que en el cine menos es más. La cosa se complica. Cada vez es más habitual encontrar películas plagadas de referencias / homenajes / plagios a otras obras que nos desafían a descubrir el mayor número posible de ellas. Lo fácil es utilizar ese juego de referencias como si se tratase de un trivial. Lo difícil es conseguir que esas referencias sumen al conjunto del film y definan su personalidad.

Drive toma la vía difícil. Sus referencias -bien variadas-, desde los títulos de crédito rosa sobre negro de Risky Business (Brickman, 1983) hasta el palillo en la boca de Stallone en Cobra (Cosmatos, 1986), todas ellas, lejos de ser meras anécdotas para estimular al cinéfilo de pro, suman en la construcción de la personalidad del film.

Ryan Gosling en Drive es un hombre que por no tener no tiene ni nombre, él conduce y sólo conduce, no más. Mecánico en un taller, especialista en secuencias de riesgo de cine y delincuente a sueldo. Gosling es un imán irresistible, en los compases mudos, cuando observa, mira o ve, cuando oye o escucha, cuando murmura, cuando descansa, cuando estalla. Y Drive es una película capaz de convertir a un conductor en un héroe de acción estoico e impávido, ataviado además con una cazadora y un escorpión dorado (fetichismo al poder) tallado a su espalda.

Nicolas Winding Refn es un realizador danés que ha visto mucho cine, pero también ha trabajado mucho en el cine y tiene un gusto enorme y una ambición europea que logra remover las aguas de un género a estas alturas ya tan norteamericano como lo es el thriller negro. Así lo pienso, creo que Drive es una película muy ambiciosa en comparación con el tipo de películas que se produce cada año de este género y con este presupuesto.

Drive se gusta, se recrea en sus momentos álgidos. Porque es consciente de que los tiene. La música sube, el sonido directo desaparece y las imágenes se ralentizan como si alguien parase el tiempo. No es ningún secreto que estamos hablando de una película efectista. Pero no hay nada despectivo en eso, no vamos a entrar de nuevo en ese debate.

Podemos hablar de la escena del ascensor, una escena que destaca por sus contrastes. En ella nos movemos desde el romanticismo del primer y apasionado beso de amor (cambio de luz incluido) entre el protagonista e Irene (Carey Mulligan) y la brutalidad desquiciada con la que el mismo protagonista revienta la cabeza a golpes al hombre que pretende matarlos. Y todo está ahí, en la misma escena.


Vamos a decirlo ya. Ver y escuchar Drive es una gozada, un placer enorme. El trabajo de luces está diseñado con un cuidado asombroso. El trabajo de sonido es espectacular en su doble vertiente ruidos y música -atención especial al repertorio de temas-. Y el trabajo de cámara, a pesar de lo turbio y lo malsano del fondo del film, es limpio, elegante y sutil.

Pocas películas son tan conscientes de saberse un clásico, una obra de culto a la que los amantes del cine deberán rendir religioso tributo. Y con total seguridad, Drive lo es.



lunes, 26 de diciembre de 2011

Un Dios Salvaje (2011)

Un salón y cuatro buitres


Un niño le parte un diente a otro niño en lo que dura el recreo de un colegio. Las dos parejas de padres de los niños se reúnen para solucionar el conflicto de manera adulta y, a ser posible, civilizada. Un Dios Salvaje es la adaptación de una obra teatral de la autora francesa Yasmina Reza.

Encerramos a cuatro actores en un salón hasta que acaben por subirse por las paredes y sacarse los ojos. Este punto de partida es a la vez audaz y arriesgado, ya que vuelve a sacar a la palestra el doble tema de cómo transformar una obra de teatro en una obra de cine y cómo puede resolver el cine el caso de un espacio reducido y cerrado.

Con una premisa de ese calado y bajo la dirección de un cineasta de renombre y prestigio internacional como lo es Roman Polanski, Un Dios Salvaje ya solo necesita dos bazas para ser una película genial. Un texto preciso y afilado, y un reparto cojonudo e inspirado.

Un Dios Salvaje necesita un póker de actores dramáticos con un registro cómico brutal. Y solo lo consigue a medias. Christoph Waltz y John C. Reilly, lo tienen. Jodie Foster y Kate Winslet, no. Así de sencillo. Tampoco consigue su propósito el guión. El texto de Yasmina Reza lejos de ser preciso y afilado es previsible, forzado y, a veces, hasta cargante.

A mi juicio, Un Dios Salvaje, aunque méritos no le falten para ser atractiva, amena e interesante, es una obra menor y decepcionante dentro de la carrera de Polanski.



viernes, 16 de diciembre de 2011

En movimiento

Un Método Peligroso


Toma final. Un movimiento ligero de cámara. Travelling de acercamiento hacia Fassbender sentado en un diván de su jardín. Mirada perdida en el horizonte. La música se va apagando y queda el rumor del agua. Corte a negro.

Michael Fassbender juega a ser Carl Jung. Y Cronenberg juega a insinuar que Jung soñó con una pesadilla premonitoria de la Primera Guerra Mundial. ¿Puede un simple movimiento de cámara sugerir el horror de un hombre desamparado ante la sola idea de haber predecido un acontecimiento de esa magnitud?

lunes, 28 de noviembre de 2011

Melancholia (2011)

Estados de ánimo




“Yo era el centro diminuto y cálido alrededor del cual se congregaba la vida del mundo.” (Palahniuk, El club de la lucha)

Una ablación de clítoris en plano detalle o el fin del mundo en plano general. Lars von Trier parte de una imagen aberrante, insufrible y desoladora para desgranar un posible núcleo de calor humano, íntimo y personal que conviva con esa imagen.

Me preocupaba especialmente el rumbo de Melancholia, el último film estrenado del director danés Lars von Trier, en el sentido de que hace dos años defendí su Anticristo (2009) como una especie de alto en el camino del cineasta que abrazaba por fin la excelencia técnica y visual, y este nuevo trabajo debía ser consecuente con los pasados logros.

Y Melancholia confirma esa metamorfosis en Lars. Probablemente muy pronto se entregue a otro tipo de cine, porque de lo que no cabe duda es de que Lars es un cineasta valiente y controvertido al que le gusta ponerse retos y ser siempre sorprenderte e imprevisible, para bien o para mal. A la espera de un nuevo rumbo en su trayectoria, Melancholia sigue la estela del esplendor visual que alcanzó Anticristo.

¿Ha hecho Lars una película para Vanity Fair? Con su noche de bodas y todo. Sí. ¿Es posible casar a Lars con una película de ciencia ficción?

Imaginemos pues que Melancholia es un film de catástrofes. Un planeta va a entrar en la órbita de la Tierra y es posible que colisione con ésta. Sin embargo no hay huida de ninguna clase. Todo son estados de ánimo, cambios de humor, fluidos, intuición, aceptación, resignación, sumisión, mentiras, engaños, dudas y fe. Esa es la hoja de ruta de Melancholia.

Un prólogo y dos episodios. Dos hermanas, Justine y Claire. La primera, enferma, bipolar, triste, deseosa de la llegada del planeta. La segunda, responsable, madre, esposa, temerosa de la llegada del planeta.

Para un film de carácter intimista e introspectivo como éste es inimaginable un final tan espectacular y grandilocuente en el que el empleo del color, los efectos especiales, el sonido y la música de Wagner acaben por devorar a las dos protagonistas del film. Y sin embargo así cierra Melancholia.

Lars von Trier culmina una jugada espesa a nivel narrativo y gris a nivel emocional con el plano final más devastador que le recuerdo a la historia del cine. En todos los sentidos. Un planeta comiéndose a otro.

Por la noche, la versión rubia de una Kirsten Dunst azul se desnuda a la luz de Melancholia. No es una metáfora. El fin del mundo está aquí, con su estruendo, su furia y su polvo. Literal. Tal cuál.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Super 8 (2011)

Devoción por Spielberg


Acaba de llegar, y sin embargo parece como si Super 8 ya llevase mucho tiempo con nosotros y ya todo estuviese dicho sobre ella. He de confesar primero de todo que disfruté de la película durante el tiempo que duró la sesión, y que a pesar de que no comparta el entusiasmo general, me parece un trabajo entretenido y divertido, pero que desgraciadamente nunca va más allá de eso.

Producida por Steven Spielberg y dirigida por J. J. Abrams (el creador de Perdidos) Super 8 no esconde en ningún momento su condición de homenaje al cine de ciencia ficción y aventuras que en los años 80 producía la Amblin (sirvan como ejemplo cintas como E.T., Gremlins, Los Goonies o Regreso al Futuro).

Ahora bien, ¿por qué J. J. Abrams se empeña en demostrar que ésta es una película nostálgica a base de martillo? ¿Por qué no deja que su película crezca sola en lugar de llevarla de la mano en cada cruce? ¿Por qué Abrams no deja que su película cruce la calle en rojo ni una sola vez?

Porque en Super 8 Abrams es el padre cargante y machacón que quiere que su hijo juegue con los mismos juguetes que a papá le encantaban de pequeño. Y no puede ser. Eso nunca funciona. Los niños quieren las tonterías que le ven al vecino. Los niños no lloran con las fotos en blanco y negro del álbum de papá.

Tan preocupado estaba Abrams de diseñar la película según dicta el manual que el tito Spielberg le regaló las navidades pasadas, que olvidó que Encuentros en la Tercera Fase y E.T. ya estaban hechas hace mucho tiempo, y con más y mejor criterio. Aunque eso sí, la actuación de la niña Elle Fanning está bien cerca de ser imborrable.

Los nostálgicos de calcetín alto gritarán de emoción al disfrutar de Super 8, pasando por alto que otros realizadores también norteamericanos (por ejemplo, Night Shyamalan, Richard Kelly o Alex Proyas) abordan la ciencia ficción mirando al pasado sin tanto bombo y con un pulso cinematográfico y una puesta en cuadro mucho más reveladora que la de Abrams.



lunes, 31 de octubre de 2011

¡Olvídate de mí! (2004)

Eterno resplandor de la mente inmaculada




En una noche de terror como ésta, como cualquier noche, no hay nada más aterrador que desempolvar ¡Olvídate de mí! (2004), una película que habla de lo terrorífico que es el olvido y de los recovecos oscuros del desamor. Una película sobre un imposible, el desamor como ejercicio de memoria.

En una época como ésta, como cualquier época, en la que todo parece inventado, dónde hasta lo original raya siempre lo predecible, es muy difícil encontrar a un hombre valiente que piense y trabaje de manera independiente a todo lo que ya se ha pensado antes, aunque ello le cueste nadar a contracorriente. Es muy difícil dar con ese tipo de persona. Pero no sólo ahora. Ahora y siempre.

Por eso mismo no puedo dejar de frotarme los ojos ante obras tan maravillosas como ¡Olvídate de mí!. La segunda película de Michel Gondry pertenece a esa extraña estirpe de películas milagro que esconden no solo a uno, sino a un equipo entero de hombres dispuestos a dar rienda suelta a su talento suicida y que son capaces de transformar su trabajo en una aventura inmensa. Éste es el prototipo de héroe del siglo XXI.


Lo es Charlie Kaufman, nacido en 1958. Un guionista neoyorquino que ha parido los libretos más originales y divertidos que se han escrito para cine en lo que va de siglo. Un cruce entre Franz Kafka y una estrella del rock. Kaufman escribe ¡Olvídate de mí!, cuyo título original Eternal Sunshine of the Spotless Mind viene a significar algo así como el eterno resplandor de la mente inmaculada.

Joel y Clementine se quieren. Pero a la vez uno se quiere olvidar del otro. Hasta aquí puedo leer, porque todo en esta película es descubrimiento. Un constante descubrimiento y una huida sin salida por el recuerdo de un amor imposible de borrar. Como decía Nolan en la promoción de su Inception (2010), tu mente es la escena del crimen.

Pero a diferencia de en Inception aquí lleva la batuta un cineasta libre y sin complejos, sin ataduras, sin miedo a explotar un cine genuino y auténtico. Michel Gondry, nacido en 1963 en la ciudad francesa de Versalles, es un cineasta que ha tocado todos los palos del audiovisual. Gondry trabaja con el guión de Kaufman con respeto pero sin temor alguno a transformarlo, a zarandearlo, a enriquecerlo, a matizarlo, a llenarlo de detalles que le hacen cobrar vida.

Su trabajo de planificación a cámara en mano es un ejercicio naturalista, ágil e inestable que permite acercarse a las perturbaciones del protagonista. Un Jim Carrey nostálgico, triste y melancólico, que desata un minimalismo expresivo absolutamente imprescindible. Imposible imaginarse a otro actor en su papel.


Los logros narrativos y estéticos de esta obra maestra han influido en proyectos tan ambiciosos como dispares y raros, como puedan ser 500 días juntos (Webb, 2008) o Inland Empire (Lynch, 2006). Y sin embargo ninguno de ellos ha alcanzado el nivel de genialidad, belleza y emoción de este maravilloso film.


jueves, 6 de octubre de 2011

No habrá paz para los malvados (2011)

Un pelotazo seco y contundente


Enrique Urbizu no es escritor de subrayados, y como tal, tampoco es muy dado a ser un cineasta de subrayados. En materia de puesta en cuadro es un realizador eficaz y práctico y ata su talento al lucimiento de una narrativa particular. Las películas de Urbizu destacan por su narrativa seca y contundente, desprovista de cualquier tipo de sentimentalismo, además de por su tratamiento del thriller como género capaz de revelar entre sus recovecos problemáticas sociales.

La caja 507 apuntaba al entramado de corrupción política y periodística que había detrás de la especulación inmobiliaria. No habrá paz para los malvados, su nueva película, pone el punto de mira sobre las grietas del sistema policial, sobre cómo éstas pueden llegar a convertirse en un coladero para organizaciones terroristas que pretender atentar contra la seguridad nacional. Y no sólo eso. La nueva película de Urbizu está recorrida por el escalofrío de la crisis. Y lo está desde su misma concepción.

Porque No habrá paz para los malvados en principio iba a tener un plan de rodaje más largo, pero entonces llegó el presupuesto y fue menor del que Urbizu y su equipo esperaban. El film nació ya con recortes por problemas económicos y al menos 20 páginas de guión descartadas. Quién sabe si quizá con un presupuesto superior ésta hubiese sido la primera película que indagase en el 11–M.

Desde el punto de vista narrativo No habrá paz para los malvados es un trabajo interesante que se construye a partir del contraste entre dos personalidades bien diferenciadas, como lo son la juez Chacón, interpretada por Helena Miquel, y el inspector de policía Santos Trinidad, al que pone cuerpo y voz un asilvestrado José Coronado. Ambos están involucrados en la investigación de una red de narcotráfico que esconde una célula de terrorismo yihadista islámico (ahí donde mediado el film se abre el tercer punto de vista). Helena Miquel es la actriz revelación del año. Coronado, en una nueva demostración de todo su potencial como actor, está sencillamente colosal.

En palabras del propio Coronado, su Santos Trinidad es “un auténtico hijo de puta”. Un hombre con un pasado (suponemos, pues en Urbizu nada es explicativo) brillante en lo profesional y tormentoso en lo sentimental. Por lo tanto un hombre liberado de toda esperanza, incapaz de ceñirse a un protocolo o de seguir unas normas establecidas. Una bestia parda con una placa en su cazadora de cuero y con ganas, muchas ganas, de dar guerra.

Los Goya ya tiemblan.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Obra monumental imposible de abrazar

El árbol de la vida

Extraña, deslumbrante, y sin embargo inclasificable, difícil de emparentar, de calificar y de vaticinar su futuro.

El hilo invisible (2017)

Para el chico hambriento El artista como loco déspota, la moda como vehículo de apariencias y el amor como enfermedad. ‘Phantom Th...